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El regreso de las humanidades

El regreso de las humanidades

La cultura es todo. No es la cenicienta de los ministerios. Es el pilar del Estado.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
06 de abril 2015 , 06:50 p. m.

En 1982, en la Ciudad de México, durante la conferencia mundial sobre políticas culturales, los asistentes emitieron una declaración de 54 puntos específicos, redactados de manera sucinta y sencilla. Esa declaración fue una especie de recomendación para los gobiernos de todo el mundo. Una de esas recomendaciones, para mi gusto la médula espinal de ese documento, dice: “El hombre es el principio y el fin del desarrollo”. Luego dice que la educación y la cultura son los encargados de proveer nuevos modelos de desarrollo, en tanto vindican el bienestar de los seres humanos.

Esos dos puntos bien podrían ser los pilares de cualquier constitución política de un Estado moderno.

No se trata de llenarse de plata a costa de lo que sea. Se trata de conseguir recursos para el buen vivir de los colombianos. Desde esta perspectiva, novedosa en tanto olvidada, ningún fin económico justificaría el maltrato a la sociedad. Es decir, se le caería el piso humanístico a un refrán popular que ha hecho carrera tácita en muchas decisiones políticas: “El fin justifica los medios”.

Para poder cumplir esa recomendación el Estado tendría que modificar en la práctica (en la teoría ya lo ha hecho) su concepción de cultura, por ende su concepción de educación. No se trata solo de fortalecer la banda municipal, otorgar premios de poesía, equipar teatros, promover la creación artística. También se trata de formar seres humanos conscientes de su responsabilidad en el mundo. Regresar a la enseñanza de las humanidades en el colegio: historia y geografía humana, por ejemplo. Regresar a una educación cívica y cultural, no chapada a la antigua, sino moderna, con todos los retos que el siglo XXI exige en cuanto a medioambiente y respeto por las distintas manifestaciones culturales y de pensamiento.

Las distintas casas de la cultura en el país se encargan de llenar el vacío que presentan los colegios en cuanto a humanidades se refiere. Lo llenan hasta donde pueden, porque tienen una muy limitada cobertura debido al escaso presupuesto que manejan. Los niños y jóvenes que asisten a estas escuelas de formación artística tienden a comprender y entender mejor al otro, ‘lo diferente’, porque tienen más herramientas para hacerlo, más elementos de juicio. Con un tambor aprenden a entender de dónde vienen y quiénes son: aprenden de la esclavitud, el mestizaje, la conformación de su nación específica. Bailan jotas, bullerengues, guaneñas; interpretan a Mozart, a Tchaikovsky, y fados y rancheras; representan obras de Bertolt Brecht y tragedias de Shakespeare. Historia, geografía, filosofía, ciencias naturales, ecología. En fin, aprenden sobre la gran variedad de manifestaciones culturales del mundo, sobre la amplia tesitura de lo que significa un ser humano. Aprenden sobre la complejidad.

De paso, por supuesto, se convierten en ciudadanos de primera; entes políticos capaces de entender discursos, de dialogar con ellos, de emitir juicios propios.

La cultura es todo. No es la cenicienta de los ministerios. Es el pilar del Estado.

Es muy revelador que en colegios y universidades se les diga “clases de costura” a la historia, a la filosofía, a la geografía, a la ecología y a las diferentes disciplinas artísticas. Así se les dice por considerarlas irrelevantes. Aunque los exalumnos recuerden vívidamente y con alegría esas clases de “costura”.

Tal vez sea el momento de articular la educación cultural y artística al pénsum de colegios y universidades. De regresar a las humanidades para hacerle honor a esa recomendación: “El hombre es el principio y el fin del desarrollo”.


Cristian Valencia
cristianovalencia@gmail.com

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