¿Y usted vino a comer o a tomar fotos?

¿Y usted vino a comer o a tomar fotos?

Fotografiar los platos no es del agrado de varios chefs; algunos ya lo prohíben en sus restaurantes.

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04 de abril 2015 , 06:28 p.m.

Varios cocineros de los puestos altos de las guías han prohibido o, al menos, puesto limitaciones a la fiebre fotográfica que afecta hoy día a los clientes de los restaurantes, que se pasan un buen rato haciendo fotografías de los platos que les van sirviendo, para colgarlas luego en las redes sociales. Es una nueva faceta del –al parecer– inevitable exhibicionismo del ser humano.

El fenómeno no es nuevo; lo que cambia es el tema fotografiado. Verán: antes de la popularización de las cámaras de video, cuando uno iba a casa de un amigo corría el riesgo de verse obligado a ver el álbum con las fotos de su boda.

Al llegar los videos domésticos, el álbum de fotos se convirtió en la grabación de acontecimientos familiares: la boda, en primer lugar, pero también cualquier monería hecha por sus hijos pequeños. El visitante se veía obligado, por cortesía, a hacer un buen rato de espectador, fingiendo un interés que estaba muy lejos de sentir.

Hoy, a la que te descuidas, tus amigos te abruman con las fotografías que han hecho con su celular.

Vamos progresando: antes estos eran peligros que uno corría solo cuando iba de visita; ahora, la contemplación de fotos que no le interesan lo más mínimo es un riesgo que se presenta en montones de situaciones cotidianas.

Por si esto fuera poco, y por si pretendías evitarlo, ahora te las ponen en casa, en tu correo electrónico, en las redes sociales. Y gran parte de estas fotografías invasivas corresponden a platos que el autor ha consumido en tal o cual restaurante.

Cada vez es más difícil librarse de esas exhibiciones. Y cuando uno va al restaurante se encuentra con una especie de convención de fotógrafos: todo el mundo fotografía la comida que tiene delante.

Yo recuerdo que en el desaparecido El Bulli, de Ferrán Adrià, solíamos comentar que nunca faltaban dos o tres mesas de japoneses que hacían compulsivamente fotos a todo lo que les ponían delante; pero por entonces ya sabíamos que los japoneses veían el mundo a través de una cámara, y que solo admirarían a gusto la torre Eiffel cuando llegasen a casa y viesen el video, no cuando estaban ante ella.

Pues bien: hoy, chefs como Heston Blumenthal o David Muñoz, por citar solo a dos, han prohibido o, al menos, restringido la actividad fotográfica de sus clientes.

Las razones son múltiples; el inglés dice que se molesta al resto de la clientela y al servicio, cuando la gente se levanta para encontrar un enfoque, o monta una especie de miniestudio encima de la mesa, con trípode, flash y demás aparatos. Mientras que el español no quiere que aparezcan en las redes sociales fotografías de dudosa calidad que no hacen justicia a sus creaciones. Ambos tienen razón, y sobre todo el segundo: el nivel de esas fotografías es, generalmente, penoso.

La fotografía gastronómica es un arte. Hay grandísimos profesionales. Y cuentan que en las fotos más espectaculares casi nada es lo que parece, porque han de apelar a cantidad de trucos para que el plato tenga el mejor y más apetitoso aspecto. Un ejemplo: los helados, que se derretirían rápidamente bajo un foco, se sustituyen por puré de papas teñido del color apropiado.

De verdad: cuando vayan al restaurante, disfruten de la comida, no la vean a través de la pantalla del celular. Y, sobre todo, no castiguen a sus amigos. En fin, signo de los tiempos: antes, cuando se iba a empezar a comer, se bendecía la mesa; hoy se toman fotos. ¡Qué manía esta de exhibirse a todas horas!

Del ‘food styling’ al ‘food porn’

Pocas cosas tan sofisticadas como la fotografía gastronómica profesional. Pero junto a ella, y muy de la mano de las nuevas tecnologías y las redes sociales, ha proliferado una tendencia conocida como ‘food porn’.

Dos corrientes principales la caracterizan. De un lado, una donde predomina la exaltación de lo altamente calórico, con primerísimos primeros planos y con comida muy evidente: hamburguesas desbordantes de queso y tocineta, papas fritas, carne asada, pasteles, etc. Es un ‘devórame’ muy explícito, bastante burdo y, ciertamente, poco saludable.

Y, paralelamente, está la de una gran oleada de creadores de ‘food porn’ que se esfuerzan por mostrar a qué punto puede llegar a provocar y seducir un plato de comida, pero sin caer jamás en la vulgaridad. Es más, con algunas muy bien logradas expresiones de sutileza y elegancia. Aunque, sin perder nunca el objetivo: disparar el deseo, que se nos haga agua la boca...

Solamente en Flickr hay un grupo dedicado al ‘food porn’ que cuenta con más de 56.000 miembros y una búsqueda con la etiqueta #foodporn en Instagram arroja más de 50 millones de resultados.

Muchos de estos ‘creadores’ se nutren de lo que les sirven en los restaurantes de alto nivel y aquí es donde viene el choque con un número creciente de chefs que los ven con malos ojos por múltiples razones: primero, porque ante el afán de la foto, la comida pasa a un plano secundario; porque le quitan ‘glamour’ al restaurante; porque molestan al personal de servicio o a otros comensales con sus repetidas tomas y desde distintos ángulos y porque muchas de sus fotos no hacen honor a los platos.

Es como un circo (...), trastornan totalmente el ambiente”, se quejó el chef estadounidense David Bouley.

En su defensa, los amantes de fotografiar platos dicen que lo que hacen es un “homenaje” al chef y “publicidad gratuita”.

Dos caras de una misma moneda. Y si bien cada chef es libre de prohibir en su restaurante lo que a bien tenga, esto de la pornografía gastronómica -y sobre todo, del exhibicionismo gastronómico- no tiene pinta de ir a desaparecer.

CAIUS APICIUS
Reportajes Efe
Madrid.

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