'Un óscar para Collazos'

'Un óscar para Collazos'

Las palabras del escritor enaltecen la amistad, eso que nos da la última posibilidad de esperanza.

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27 de marzo 2015 , 06:43 p.m.

Lo conocí gracias a Guido Tamayo a su regreso de Barcelona; corría el año de 1992. Tuvimos de inmediato la empatía por el Chocó y la literatura. Él, porque había pasado su infancia en Bahía Solano, y ya tenía una reconocida trayectoria en las letras. Y yo, por mi tránsito como corresponsal de este diario en ese maravilloso y paradójico departamento del Pacífico colombiano y la publicación de mi ópera prima El desencantado de la eternidad, una recreación de las fiestas de San Pacho en Quibdó. Tuve la fortuna de ser su editor en la Biblioteca del Darién (Colcultura), con la publicación de Fragmentos del Pacífico, una serie de relatos suyos sobre el Chocó y Buenaventura, antes de comenzar su periplo europeo.

Recuerdo de esa época remota a un Óscar vital, irónico, y su voluptuosidad de animal literario. El azar me permitió tenerlo de jefe en el programa Al filo de la madrugada, de Señal Colombia, un magazín de las veleidades y sorpresas que trae la noche.

Como jefe, fue laxo y bonachón, exhibía una inmensa ternura detrás del director conspicuo y de alto vuelo intelectual. Una vez que realicé una crónica nocturna sobre el tango en Bogotá, llegué a Inravisión pasado de tragos y lo encontré de frente; él tuvo la sabiduría de pasar de largo para evitarnos un bochorno mayor. Luego, celebrando su medio siglo de existencia en su apartamento de las Torres del Parque, no olvido a las cinco de la mañana en un excéntrico ritual –somos recolectores de imágenes– cantando, con su boca de negro ‘jaggeriano’ Satisfaction, de los Rolling Stones, y luego emular al monstruo Pavarotti con una fidelidad sorprendente. También lo acompañé con Ruth, mi compañera de ruta, a un matrimonio fallido en una finca de la Sabana. Si algo ha distinguido a Collazos es su generosidad, en las malas y en las buenas, un gran anfitrión, un amigo de sus amigos.

Ahora, que una súbita tempestad ha nublado su vida, mas no su lucidez, que sigue allí resguardada como un faro inalterable, dijo en medio del caos: “Una de las cosas más gratificantes que uno encuentra a cierta altura de su vida es el hecho comprobado de no tener enemigos, que si creyó haberlos tenido no fue más que un malentendido”. Estas palabras lo enaltecen y enaltecen la amistad, esa cosa vaporosa y duradera, esa línea sutil que nos da la última posibilidad de la esperanza.


Alfonso Carvajal

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