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La colombiana que salvó a enfermos de ébola en Sierra Leona

La colombiana que salvó a enfermos de ébola en Sierra Leona

La médica Mónica Trujillo asistió a pacientes infectados por el virus en ese país africano.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
24 de marzo 2015 , 10:51 p. m.

El 19 de noviembre de 2014, Mónica del Pilar Trujillo, colombiana de 42 años, oriunda de Neiva, llegaba al aeropuerto internacional Indira Gandhi, de Nueva Delhi, en busca de un rostro conocido.

Había superado tres semanas de cuarentena en Inglaterra, donde los médicos descartaron que la pediatra se hubiera contagiado de ébola durante su estancia en Sierra Leona.

Estuvo frente a frente con el virus, sobrevivió a la peor epidemia jamás conocida de éste y, aun así, dice, “después de una experiencia tan intensa, estaba llena de amor por el mundo”. (Lea aquí: Guinea: el país donde no tocarse es ley).

Por fin, entre la multitud del terminal aéreo, vio a su esposo Luke y a sus dos hijos Benjamin y Sebastian. “Bienvenida, mamá”, “te amamos”, “te necesitamos”, decían los carteles que levantaban los niños para Mónica.

Mientras el fin de la aventura se sellaba con un abrazo y con lágrimas, a ella le quedaba una sensación de su paso por África: “la riqueza sigue acumulándose en sectores privilegiados y los pobres son cada vez más pobres”.

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Cuando los compañeros de facultad de Mónica estaban a un paso de cursar el año rural, buena parte eligieron como destino pueblitos cercanos a Neiva que no irrumpieran demasiado en sus vidas, que no los desconectaran demasiado del confort de la capital.

Luego de un viaje de placer a la selva, Mónica llamó a la Secretaría de Salud de Amazonas y preguntó con modestia si hacía falta personal y si los cupos del rural no estaban muy competidos. La respuesta fue: “¡Ay!, niña, por favor, ¡véngase para acá!”.

Sin titubeos se embarcó y llegó a San Rafael de Cara-Paraná, a 15 horas en bote de Puerto Leguízamo, navegando por el río Putumayo y continuando por las aguas del Cara-Paraná.

En el mundo de teléfonos y computadores 'dejaba la cena caliente en casa': los amigos, la medicina que encuentra respuestas en los libros y a Luke Arend, su novio inglés con quien solo pudo comunicarse a través de cartas durante los casi dos años del rural.

El centro de salud, precario, contaba con una bacterióloga, una enfermera, una odontóloga y Mónica, que con la partida de dos colegas se convirtió en la única médica.

Si los pacientes, principalmente miembros de la etnia uitoto y comunidades del Perú que encontraban en San Rafael la atención más cercana, llegaban con traumas graves, difícilmente sobrevivían porque el traslado al hospital más cercano tardaba 15 horas.

Eran comunes las enfermedades respiratorias, las lesiones en la piel y, sobre todo, los casos de malaria. De hecho, pocos querían permanecer en la zona.

Mónica recuerda a un soldado bogotano que se disparó en la pierna, destruyéndose la tibia y el peroné. Quería que lo sacaran de la zona, estaba desesperado por la humedad, la incomunicación, por vivir en carpas y por la zozobra de un posible ataque de la guerrilla.

A él lo evacuaron en helicóptero de inmediato, pero no ocurrió con la misma prisa para la mujer embarazada con preclamsia que llegó al consultorio de Mónica en la Nochebuena de 1999, ni al par de gemelos que nacieron de sus entrañas y que sobrevivieron de milagro por una “incubadora” improvisada con lámparas y cobijas.

La experiencia en la selva le simplificó la decisión de entregar vida, alma y profesión a los más aislados y desatendidos.

Su novio Luke, antropólogo, estaba vinculado como logista con Médicos sin Fronteras en Angola, y la animó a unirse a la organización.

Ella, por amor y por vocación, emprendió la aventura. La pareja se casó en Neiva en 2004 y su primer nido de amor fue una casa para personal humanitario en Sudán, donde vivían con lo esencial y carecían de sanitario. Desde entonces, Asia y África han sido su hogar.

La travesía

Sudán del Sur, 2005

Archivo: Mónica Trujillo

Tras 22 años de guerra civil entre el norte y el sur, un acuerdo de paz permitía la autonomía de Sudán del Sur. Mónica estaba a cargo de un hospital pediátrico con 120 camas en la ciudad de Malakal, ciudad de esta nueva región.

Una epidemia de cólera amenazaba y a la doctora solo la acompañaba un médico local y un equipo de “oficiales clínicos de salud”, personal de la zona cuyo entrenamiento es similar al de un enfermero, pero por la falta de médicos tienen potestad para ver pacientes y formular.

En julio de 2005, murió en un accidente aéreo John Garang, presidente de la región autonóma de Sudán del Sur.

Archivo Mónica Trujillo

La población creyó que lo habían asesinado y reaccionó con revueltas, quemaron casas, hubo disparos al aire y atentados contra musulmanes. Mónica se refugió en un cuarto con su esposo y los trabajadores locales. Mientras tanto, los pacientes estaban solos en medio de la agitación. Pese a lo que se escuchaba, la pediatra se puso la camiseta de Médicos sin Fronteras y, “en el nombre de Dios”, caminó con algunos compañeros por la calle hasta el centro de salud. La mayoría de madres habían huido con sus hijos y solo quedaban los pacientes más graves.

India, 2006

Archivo Mónica Trujillo

Mónica y Luke se instalaron en Assam, estado del noreste de India, en la frontera con Bután. Llegaron a una zona con alta incidencia de malaria y donde la gente moría de esta enfermedad por falta de medicamentos apropiados.

Archivo Mónica Trujillo.

Estaban a cargo de un proyecto de reducción de malaria, cuando Mónica quedó en embarazo. Aunque estaban en un lugar del mundo donde faltan médicos y la atención es precaria, la pediatra trabajó allí hasta los ocho meses.

Kenia y Somalia, 2008

Archivo Mónica Trujillo

Su esposo trabajaba en Somalia, pero las condiciones de seguridad eran tan riesgosas que él y su familia tenían que vivir en Kenia, país vecino.

Durante los seis meses de la misión, asesinaron a tres personas del equipo. Mientras tanto, en Nairobi, capital de Kenia, Mónica, con un bebé en brazos, trataba de hacer amigas en los centros comerciales.

Mianmar, 2008

Archivo Mónica Trujillo

Mónica trabajaba en la ciudad de Yangon como asesora médica en un proyecto para el tratamiento del sida. En cinco clínicas estaban tratando a 12.000 pacientes con antiretrovirales. Ninguna organización estaba dando tratamiento y el gobierno solo atendía a 1.000 personas.

Archivo Mónica Trujillo

En plena dictadura militar quedó embarazada de su segundo hijo.

Zambia, 2009

Archivo Mónica Trujillo

Hubo epidemia de sarampión y Mónica estuvo dos meses en una misión para controlar la propagación.
La pediatra no conocía a nadie. Ni siquiera sabía dónde quedaba el supermercado. El servicio de salud no era bueno, y con un bebé de tres meses y otro de dos años, sabía que si se enfermaban gravemente habría que remitirlos a Sudáfrica.

La vida, pese a ser un país fuertemente afectado por el VIH, era tranquila.

Colombia, 2011

Era hora de un año sabático. Sus hijos asistieron al colegio en Neiva, aprendieron español con acento opita y experimentaron por primera vez qué significaba tener tíos y abuelos. Su esposo cursaba una maestría en el London School of Hygiene and Tropical Medicine.

India, 2012

Archivo Mónica Trujillo

Desde entonces hasta la actualidad, Mónica trabaja en Nueva Delhi como voluntaria con los dalits, o parias, los miembros de la población india más pobres y discriminados por no pertenecer a ninguna de las cuatro castas de la creencia tradicional hindú.

“Son los intocables. La gente piensa que si los miran o los tocan se van a contaminar”, cuenta. Sin embargo, Mónica asiste a Mothia Kan, un tugurio donde vive un grupo de dalits, y atiende a los que están enfermos.

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Cuando Mónica Trujillo vio por televisión que la epidemia del ébola se le salía de las manos a las familias de África Occidental, a los hospitales, a los gobiernos, al mundo; que Médicos sin Fronteras había alcanzado los límites máximos de recursos humanos porque pocos doctores querían enfrentarse al riesgo, sintió algo en su corazón, y se preguntó: “¿Qué hago aquí sentada?”.

Sabía que la mortalidad del virus era entre el 50 y el 90 por ciento y que no existía una vacuna o medicina para curarlo. Sabía que si viajaba a alguno de los países donde la epidemia estaba fuera de control podía morir. Sabía, como se lo repitieron insistentes sus amigas cercanas, que tenía dos hijos que la necesitaban.

Pero algo la empujó, tal vez las palabras serenas de su esposo Luke: “Si ese es tu llamado, ve. Nosotros vamos a estar bien”.

“Cuando ves a tanta gente muriéndose y sin médicos, no te puedes quedar mirando sin hacer nada”, expresa Mónica al recordar cuando de un momento a otro se confirmó a sí misma que era en África donde debía estar.

El 20 de septiembre dejó India e inició el camino hacia Sierra Leona. Hizo una breve parada en Bélgica para un entrenamiento y el 25 llegó al centro de tratamiento de ébola que Médicos sin Fronteras instaló en Bo, la segunda ciudad más populosa de esta nación africana.

En Sierra Leona, al occidente de África, la esperanza de vida es de apenas 55 años. En octubre, se estimaba que unas cinco personas se infectaban cada hora por ébola, y el país apenas se repone de una guerra civil de más de una década que dejó entre 20.000 y 75.000 personas asesinadas y mutiladas.

El centro de tratamiento de Bo, uno de dos que había en el país, fue inaugurado una semana antes de la llegada de Mónica. El equipo del lugar lo conformaban 150 personas que atendían a diario a más de 50 pacientes, entre quienes debían distribuirse 35 camas según la gravedad.

Mónica se sentía impotente cada vez que no había mucho por hacer, más allá de brindar tratamiento sintomático: para la deshidratación, líquido oral o intravenoso; para el dolor, acetaminofén o morfina; para el vómito, alguna píldora y buena alimentación; para el ébola, nada. “Tu sistema inmunológico te dice si puedes contra el virus o no. No hay más opción”, sentencia Mónica.

Archivo Mónica Trujillo

A la impotencia le seguía el miedo. En ocasiones pensaba que aunque el traje de protección cubría cada milímetro de su piel, al retirarlo podía haber algún desacierto, y lo hubo para algunos de sus compañeros.

Silje Lehne Michalsen, una médica noruega que la acompañaba en la misión, se contagió de ébola durante el ‘triage’, el lugar donde se valoraban a los pacientes antes de ser admitidos. Si bien en cuanto manifestó fiebre fue trasladada a su país de origen y logró salvarse, a Mónica le pareció que con este suceso la enfermedad se le volvió más personal.

Y fue todavía más personal cuando su gran amiga Kaci Hickox, la enfermera norteamericana que desafió la orden de cuarentena y salió a montar bicicleta por las calles de la localidad de Fort Kent, al norte de Maine, sintió la discriminación y el aislamiento obligado en Estados Unidos, como si se tratara, dice Mónica, de una delincuente.

La realidad para Mónica era que las posibilidades de infección siempre estaban allí, pero el temor debía ser controlado, dice, porque con demasiado miedo el médico pierde concentración y se convierte en un riesgo para él mismo y para los demás.

También la muerte la descomponía. De 125 pacientes que recibió en un mes, 105 tenían ébola, 48 sobrevivieron y al resto le cuesta olvidarlos.

Archivo Mónica Trujillo

“Esta es la enfermedad más horrible que he visto en mi vida”, dice Mónica, y agrega que casi siempre supo cuando alguien infectado no iba a sobrevivir: cuando llegaba al centro deshidratado, confundido, agitado, empapado en las heces y el vómito y, en algunos casos, sangrando hasta por los ojos.

Recuerda por ejemplo a Satmata, una mujer con seis meses de embarazo a quien el dolor la hacía arrastrarse por el piso, gritar y arrancarse la aguja por la que le suministraban suero. Miraba a Mónica a los ojos y le decía: “¡Help!, ¡help!, ¡help!”.

“Con el ébola, la muerte llega demasiado rápido. Es difícil, te afecta. Pero tienes que enfocarte en lo positivo, en ver que hay pacientes que se están curando con tus cuidados, que en Bo logramos, contra todo pronóstico científico, que la tasa de fatalidad fuera del 35 %”. (Lea también aquí: Jorge, el padre de 120 huérfanos del ébola).

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El 19 de noviembre del 2014 fue un día de tres milagros para Mónica Trujillo. Dos de sus pacientes más enfermos fueron dados de alta y, aunque pocos lo creyeran, una bebé logró sobrevivir.

El primero fue Hassan. “Llegó al centro de tratamiento casi muerto. No se movía ni hablaba; tenía una diarrea constante. Estaba confundido, desorientado y aletargado”, contó la pediatra en un relato para Médicos sin Fronteras.

Las enfermeras lo alimentaban y le daban agua cada media hora, hasta que un día Mónica entró a la zona de alto riesgo y él hablaba otra vez. Al día siguiente, se sentó en la cama y le dijo a la doctora: “Mañana voy a caminar”, y al otro día pudo salir al lugar donde se recuperaban los sobrevivientes.

“No podía creer la transformación. Incluso su rostro había cambiado y poco antes de ser dado de alta estaba rodeado de un grupo de amigos y jugaba a las cartas con ellos”, recuerda la pediatra colombiana.

El segundo fue Mohamed, el mejor amigo de Hassan y el paciente más enfermo que vio Mónica en Sierra Leona. Después de un episodio psicótico, se fue fortaleciendo cada vez más, hasta que jugaba cartas, hacía chistes y fue dado de alta con su amigo.

La tercera fue la sobrina de Hassan, Kumba, de 10 meses de edad. Pese a haber llegado en una ambulancia repleta de pacientes con ébola y pese a haber sido amamantada por su madre, infectada con el virus, la niña dio negativo en las pruebas.

“Valió la pena, Sierra Leona valió la pena”, expresa Mónica emocionada por el viaje que si bien pudo matarla, le dio más vida, porque para ella, “no pesan los 40 grados de temperatura dentro del traje, las lagunitas de sudor que se te arman en las botas y en las gafas, el riesgo, el miedo y la nostalgia, cuando a cambio de todo eso premias a otros con la vida”.

MARIANA ESCOBAR ROLDÁN
Redacción EL TIEMPO
marrol@eltiempo.com
@marianaesrol

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