Así era Bernardo Jaramillo, el gran líder de la UP

Así era Bernardo Jaramillo, el gran líder de la UP

El 22 de marzo de 1990 un sicario acabó con la vida del político. Familiares y amigos lo recuerdan.

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21 de marzo 2015 , 10:46 p.m.

Paula Tatiana Jaramillo Zapata murió el 30 de marzo del 2014. Tenía 34 años y una afección en los pulmones que la había postrado en cama durante un largo periodo. Cuando niña, se volvió triste. A veces, parecía ausente. Tímida. El último día de su vida, le preguntó a su madre si la muerte era horrible. “Creo que mi papá ya viene por mí”, le dijo. Y comenzó su adiós. (Lea también: 'Bernardo Jaramillo murió en mis brazos')

Su papá se llamaba Bernardo Jaramillo Ossa. Tenía 34 años, había nacido en Manizales y la mañana en que lo mataron, en el Puente Aéreo de Bogotá, iba acompañado de su mujer y 16 guardaespaldas del antiguo DAS. No llevaba chaleco antibalas. Era el candidato a la Presidencia de la Unión Patriótica (UP) y uno de los hombres más amenazados del país. Sabía que lo iban a matar y a veces temía, pero ese día, rumbo a Santa Marta, decidió que no se iba a poner el chaleco porque el peso y la escoliosis que padecía le provocaban fuertes dolores de espalda. Además, se dirigía a la Costa en busca de sol y playa. ¿Para qué un chaleco? Acababa de salir elegido senador e iba a preparar el pleno del Partido Comunista y la UP, y también, las líneas maestras de lo que sería su campaña presidencial. (En video: 25 años del asesinato del líder político Bernardo Jaramillo)

Mariella Barragán lo había conocido en Barranquilla en 1988, durante un foro sobre reforma constitucional. Los presentaron unos amigos en común. Ella, abogada de la Universidad de los Andes, había terminado su especialización y había regresado a su ciudad natal para litigar. Un día, lo vio en la televisión. “Me encantaría conocer a ese hombre”, pensó. Fue amor a primera vista. Dos meses después, Jaramillo, separado y padre de dos hijos (Paula Tatiana y Bernardo), se plantó en su casa y pidió su mano. Su historia juntos se acabó a las 8:05 de la mañana del 22 de marzo de 1990, cuando un joven sicario descargó sobre él una ráfaga de tiros de metralleta. “Mi amor, estos hijueputas me mataron”, fueron algunas de las palabras que alcanzó a decirle a Mariella, que lo sostenía entre sus brazos y que se deshacía en llanto.

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Bernardo Jaramillo, Mariella Barragán, Clara López (actual candidata a la alcaldía de Bogotá) y su compañero, Carlos Romero, durante una visita a La Habana. Foto: Archivo particular.

Al otro lado del teléfono, la voz de Bernardo Jaramillo Ríos suena cansada. Desde la muerte de su hijo ha sufrido reiterados quebrantos de salud (perdió un ojo por desprendimiento de retina) y el fallecimiento de su esposa (el pasado 16 de diciembre) y de su nieta han acabado por disparar sus niveles de estrés. Dice que el dolor está intacto. Y que no perdona. “Lo más triste es pensar que eso se quedó así. Que no hay nadie que se haya hecho responsable por lo que le pasó a mi hijo. Solo una vez pude hablar con el director del DAS de esa época, Miguel Maza Márquez (hoy preso por su supuesta implicación en el magnicidio de Luis Carlos Galán), para pedirle que investigara con más interés el asesinato de Bernardo. Nunca más volvió a responder mis llamadas”.

De su único hijo varón, recuerda que era un niño vivaracho que siempre salía en defensa de los más pobres. La vena contestataria, cuenta, le venía del abuelo paterno, que había sido comunista y que le leía revistas que hablaban de Rusia y de China. De todo lo que se fraguaba en aquellos años al otro lado del planeta. Su hermana Clemencia, la pequeña de la familia, se volvió su sombra. Como no había más niñas en la casa, él era su mejor amigo y su compañero de juegos. Cuando terminó su carrera de veterinaria zootecnista, Clemencia se fue a asesorar a ganaderos de Apartadó (Antioquia). Y cuando se desató el terror contra la UP, tuvo que abandonar la zona. Allá se quedó su compañero. Y hasta ahí le llegó el matrimonio.

El año en que mataron a Bernardo Jaramillo, Clemencia trabajaba en Cali, en una tienda veterinaria cuyo dueño odiaba al entonces líder de la UP. Lo odiaba tanto, que prefirió ocultar que era su hermana. “En esa época no querían darme empleo en ninguna parte porque decían que éramos guerrilleros. Era una persecución permanente, una situación horrible”, recuerda Clemencia. La última vez que vio a Bernardo fue en enero de 1990, en una reunión familiar. Estando allí, su madre le preguntó: “mijo, y entonces, ¿usted va a quedar de presidente?”. “No creo, mamá, eso ya está organizado. Va a ganar Gaviria. Lo que pasa es que yo soy la piedra en el zapato”, contestó él.

La familia Jaramillo tenía muchas razones para temer un desenlace fatal. Mariella Barragán dice que todos sabían que tarde o temprano Jaramillo sería el próximo. La cacería que se había desatado contra la UP era tan encarnizada, que a veces no había resquicio para la esperanza. “Varias veces me dijo que iba a morir joven. Pero éramos fuertes y pensábamos que lo que hacíamos era importante, que la convicción de alumbrar un nuevo proyecto político era incluso superior al precio que tuviésemos que pagar. Estábamos locos, creo”. Jaramillo era un demócrata que soñaba un país con justicia social, libertad, educación, sin pobreza y con trabajo digno. Influenciado por las ideas aperturistas de la Perestroika, era un libre pensador. Sin dogmas, sin rigidez, estaba empeñado en las transformaciones sociales con consenso. En el diálogo.

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Una imagen histórica: en el extremo derecho de la mesa, Bernardo Jaramillo. En el izquierdo, Carlos Pizarro, líder del desmovilizado M-19 al que asesinarían en abril. Foto: Archivo particular.

La Unión Patriótica surgió en 1985 de las entrañas de los acuerdos de paz que había firmado el entonces presidente, Belisario Betancur, y la guerrilla de las Farc. Esta formación, a la que se sumaron con entusiasmo amplios sectores de la sociedad (líderes estudiantiles, indígenas, sindicatos), iba a ser también la plataforma en la que se integrarían, una vez inmersos en la vida civil, los miembros de las Farc que emprendieran una lucha política y sin armas. El partido, entonces, había nacido “en un contexto político de solución al conflicto armado”, según afirma Luis Emiro Valencia, uno de los líderes históricos de la UP.

En las elecciones legislativas de 1986, la Unión Patriótica alcanzó una insólita acogida. El saldo, 14 congresistas (cinco senadores y nueve representantes a la Cámara), además de 18 diputados y más de 300 concejales. En mayo, en las presidenciales, el entusiasmo fue incluso más allá: Jaime Pardo Leal, el candidato presidencial, obtuvo más de 320.000 votos. Se trataba de la votación más alta que hasta ese momento había obtenido un partido de izquierda en Colombia. Patricia Ariza, una de las fundadoras del teatro La Candelaria, de Bogotá, recordaba en el documental El baile rojo que la fuerza con la que irrumpió la Unión Patriótica en la escena política nacional fue directamente proporcional a la saña que la terrible alianza entre paramilitares, políticos y agentes del Estado empleó para exterminarla. “La Unión Patriótica era una alternativa de poder y de gobierno, y esa fue la verdadera razón para su exterminio”, afirma Luis Emiro Valencia.

Aída Avella, la actual presidenta de la UP, ha documentado, junto con la organización Reiniciar, algo más de 6.000 casos contra militantes de ese movimiento que incluyen asesinatos (más de 2.000), masacres, desapariciones, encarcelamientos y exilio. “Ni siquiera se dieron a la tarea de dar la pelea a través de la discusión política, lo que hicieron fue matarnos”, relata Avella.

Según consta en las espantosas estadísticas que recogió el periodista Roberto Romero Ospina en el libro Expediente contra el olvido, entre 1985 y 1988 el genocidio daba cuenta de unas 573 muertes. Tan solo en 1988 hubo 270. Meta fue el departamento donde se derramó más sangre: en total, 385 homicidios y desapariciones.

Con todo ese panorama en frente y después del asesinato, en octubre de 1987, de Jaime Pardo Leal, un joven Bernardo Jaramillo Ossa asumiría la presidencia del partido. Para entonces, las negociaciones entre las Farc y el Gobierno estaban rotas y los enfrentamientos habían alcanzado niveles atroces. Jaramillo aseguró que había altas personalidades del Estado vinculadas a los grupos paramilitares y exigió que le respondieran al país por la masacre contra la UP. Desafiando posturas internas de algunos sectores del partido que avalaban la lucha armada, vaticinó que la guerrilla no lograría jamás la victoria por la vía de las armas; condenó los secuestros, las extorsiones y la voladura de oleoductos e instó a ambos bandos a sentarse a negociar la paz. Cuando le decían que la UP era el brazo político de las Farc, respondía: “una cosa es que como movimiento tengamos coincidencias con la insurgencia y otra, que seamos un movimiento al servicio de los grupos insurgentes del país”.

Su amigo Guillermo Banguero, designado por las Farc para formar parte de la dirección de la Unión Patriótica, recuerda cómo Jaramillo lo convenció de lo ineficaz y absurdo de la lucha armada. “Él tuvo mucha paciencia, pues yo venía de una organización con una estructura político-militar”. Y se atreve a afirmar que, de no haberse producido la muerte de Jaramillo, este habría terminado fundando una nueva agrupación política. De hecho, hubo acercamientos con el recién desmovilizado M-19 y con su líder, Carlos Pizarro, que también estaba en la contienda electoral y a quien asesinarían en abril. Eran tiempos tan oscuros, que en ocho meses cayeron bajo las balas tres candidatos presidenciales (el primero había sido Luis Carlos Galán, en agosto de 1989).

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En los años que siguieron un manto de olvido se posó sobre la masacre de la UP. De la muerte de Jaramillo –declarada crimen de lesa humanidad– había un solo culpable, el joven sicario que luego sería ajusticiado. Después, se acusó a Fidel y a Carlos Castaño. De quién y por qué, con nombres y apellidos, ordenó el exterminio, no hay rastro.

A Mariella Barragán le indigna tanto el olvido como la impunidad. Y todavía le duele pensar que el país entero le dio la espalda a la aniquilación de un partido político. “Esta es una sociedad enferma. Nos dejaron solos”, lamenta. Cuando le preguntan si ha perdonado, responde con otra pregunta: “¿Perdonar? ¿A quién? 25 años después, aún no sabemos quién mandó a asesinar a Bernardo Jaramillo”.

TATIANA ESCÁRRAGA
Editora Redacción Domingo

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