Crimea: un año en el nuevo mapa de Rusia

Crimea: un año en el nuevo mapa de Rusia

El episodio de la península ucraniana deja claro que el amplio libreto ruso de expansionismo.

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21 de marzo 2015 , 05:24 p.m.

Rusia se anexionó por la fuerza y un referéndum cargado de dudas hace ya un año la provincia ucraniana de Crimea, una región que había estado bajo administración de Ucrania desde la desintegración de la Unión Soviética, cuya población es mayoritariamente rusófona, pero que nunca votó a partidos que pidieran la integración con Rusia y que tiene un profundo significado histórico y cultural para los rusos.

La geopolítica animó a Moscú a utilizar la revuelta ucraniana de febrero del 2014 que tumbó al expresidente Víktor Yanukóvich –aliado ruso– para enviar sus tropas a Crimea y hacerse con la península, tras un referéndum denunciado por la inmensa mayoría de la comunidad internacional.

Desde entonces y tras la rebelión armada de los prorrusos en el sureste de Ucrania –apoyados por tropas y maquinaria militar rusa– Ucrania vive en plena desestabilización, con su economía de rodillas a expensas de los préstamos del Fondo Monetario Internacional e intentando consolidar un frágil alto el fuego para curar sus heridas. (Lea también: Vladimir Putin planeó anexar a Crimea a Rusia antes del referendo)

El historiador británico Orlando Figes, especialista en historia de Rusia, explicaba en una entrevista a EL TIEMPO justo tras la anexión que, a pesar de la ilegalidad de esta, los rusos la apoyan mayoritariamente por razones históricas.

“Desde Sebastopol, que es una ciudad muy rusa, la flota del mar Negro podía imponer la voluntad del zar al imperio otomano, asegurando así para Rusia el control de los estrechos que dan al Mediterráneo. Geopolíticamente, la flota del mar Negro era esencial para los intereses del imperio ruso en Oriente Próximo”.

Además, según Figes, “desde el siglo XIX Crimea se fue consolidando como el lugar favorito de vacaciones para la élite rusa, algo que continuaron millones de turistas soviéticos en el siglo XX. Por todo esto, los rusos no ven a Crimea como algo extranjero”. Y por eso apoyan mayoritariamente su anexión.

Un año después, Figes cree que la anexión rusa de Crimea “ha desestabilizado a Ucrania sustancialmente, no solo por quitarle una parte de su territorio y su principal base naval militar, sino porque establece una cabeza de puente desde la que Rusia tiene planes mayores para crear un corredor por tierra desde su frontera pasando por Donetsk y Mariúpol hasta Crimea. Ucrania no podrá resistir la presión y tendrá que aceptar una federalización que significará que Rusia tendrá la dominación y el control práctico del este de Ucrania”.

En un discurso pronunciado el 18 de marzo del año pasado, el presidente ruso, Vladimir Putin, expresó tres ideas que son contrarias a lo que Europa defendió desde el fin de la Segunda Guerra Mundial: nacionalismo, identidad definida por la etnia más que por las instituciones o la geografía y reaccionarismo social basado en valores religiosos.

Putin se puede presentar así como el defensor de los “rusos étnicos”, las poblaciones rusófonas que quedaron fuera de Rusia tras la caída de la Unión Soviética, amenazando así a varios de sus vecinos como Ucrania, Estonia, Letonia, Lituania, Kazajistán, Bielorrusia o Moldavia.

Luke March, especialista en Rusia de la Universidad de Edimburgo, explicó a EL TIEMPO que, en su opinión, la anexión de Crimea le sirvió a Moscú como catalizador para fomentar el separatismo en las regiones del sureste de Ucrania. “La acumulación de tropas rusas en la frontera provocó el miedo a una invasión y radicalizó aún más la situación. Fue justo tras las protestas de la plaza de Kiev que el Gobierno estaba intentando establecerse. La revuelta en el sureste solo empezó después de la anexión de Crimea”.

Ante la cuestión de si hubiera ocurrido igual sin el caso de Crimea, March responde: “Es una pregunta para futuros historiadores, pero personalmente lo dudo. El apoyo moral, mediático y militar ruso fue esencial y se produjo justo después de la anexión de Crimea”.

March cree también que esto “desestabilizó profundamente la región. Rusia tomó Crimea y ya es de facto rusa, sea cual sea la situación legal. Las autoridades de Kiev no pueden aceptarlo por su propia legitimidad, así que vamos a un impasse de décadas. La desestabilización más amplia del este hace que Donetsk y Lugansk se conviertan en conflictos congelados como los de Abjasia o Transnistria. Están en un limbo entre Rusia y Ucrania y serán una fuente de tensión durante décadas”.

Francisco de Borja Lasheras, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores en Madrid, cree que “la anexión de Crimea fue clave en una primera etapa de desestabilización de Ucrania tras la caída del expresidente Yanukóvich. Fue una anexión por uso de la fuerza. Si se hubiera limitado a Crimea sería un conflicto localizado, pero Crimea sirvió de modelo para sucesivas declaraciones de independencia de Donetsk y Lugansk, fue una violación clara del derecho internacional y de los principios de la Carta de Helsinki”, de 1975, donde se consagran puntos vitales para la seguridad continental.

Grandes desafíos para los crimeos

Un año después, con una inflación al alza y una economía vacilante, la mayoría de las empresas occidentales abandonaron Crimea -que también sufre las sanciones de la Unión Europea y de EE. UU.-, el desempleo sube con fuerza y Moscú promete inversiones y planea la construcción de un puente para unirla por tierra a Rusia sin tener que pasar por Ucrania.

IDAFE MARTÍN PÉREZ
Para EL TIEMPO
Bruselas.

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