Sobre la amistad

Sobre la amistad

Aunque parezca utópico, nos queda la amistad para ir convirtiendo este país en una geografía vivible

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18 de marzo 2015 , 07:17 p.m.

El poeta Jotamario Arbeláez acaba de publicar en El País de Cali uno de los más bellos textos que yo haya leído sobre esa afortunada desviación del amor llamada amistad: ‘La ciudad de los amigos’. He leído el escrito fingiendo no ser su amigo. De esa forma me obligaba a buscarlo y decirle que a alguien que escribe así sobre la amistad hay que tenerlo de amigo.

Una de las cosas más gratificantes que uno encuentra a cierta altura de su vida es el hecho comprobado de no tener enemigos, que si creyó haberlos tenido no fue más que un malentendido. Una de nuestras grandes frustraciones debería ser, en cambio, no habernos podido reconciliar con los amigos que, por una suma de malentendidos, superables si se excluía la vanidad, parecían enemigos. Un enemigo es a veces el viejo amigo a quien no se tuvo la delicadeza de decirle ‘me equivoqué, lo siento’.

Las guerras son espantosamente, horriblemente inútiles, no solo porque las partes pretendan destruirse hasta la humillación, sino porque, infligida la derrota, no queda cabida para la amistad, sino para el resentimiento y la venganza.

“La amistad conserva los muertos con vida, saca vino del agua, le da ojos al que está ciego, impide que a las prostitutas les tiren piedras”, escribe Jota. “Gracias a la amistad se conserva la esperanza de que no se acabe la especie, el vecino duerme tranquilo, se hace más vivible la tierra, cobra fuerza la carcajada”.

Las amistades, como los amores, se cultivan, se riegan y se abonan. En la adolescencia de mi generación, casi todos los que leíamos libros nos conmovimos con las historias de Herman Hesse: Demián, El lobo estepario, etc. La amistad tocaba los límites de la ambigüedad. Y esa era la inquietante belleza platónica de esos textos. Tal vez por eso no es aconsejable volverlos a leer: conmueven una sola vez.

La menos amistosa de las actividades humanas es la política. Está hecha de pragmatismo y resultados, se vuelve más eficaz en la medida en que renuncia a principios morales como el respeto y la lealtad. La política y el deseo de acumular fortuna transgreden más fácilmente las normas de la amistad. En la política y en los negocios se pierden los mejores amigos.

Jotamario –que es un poeta juguetón y gocetas– es capaz de ser optimista y decir que “en pocos lugares como en Colombia es tan cálida y tan firme la mano de la amistad”. Si es así, se me ocurre pensar que los colombianos somos lo que dice Jota por una especie de mecanismo defensivo: desde que somos un país, no hemos dejado de matarnos.

Muchos aceptarán conmigo que somos un país de desconcertantes extremos: la ferocidad que nos separa está en el polo opuesto de la sensiblería que a veces nos une. Vamos de 'La copa rota' a 'La cuchilla', de las Hermanitas Calle. Pero si la ferocidad es el trabalenguas de quienes por odiarse buscan destruirse, la sensiblería, que no hace daño a nadie, sería mil veces preferible: es la más sencilla y desvergonzada expresión de la amistad, preferible al par de piedras inamistosas de los resentidos.

Entre líneas, sin atreverse a decirlo, Jotamario Arbeláez –mi amigo desde hace 50 años– quiso decir que, aunque parezca utópico, nos queda la amistad para ir convirtiendo este país en una geografía vivible. Fue el gran sueño de Walt Whitman, el juglar de la fraternidad en la poesía moderna. No es que vayamos a volvernos amigos de todo el mundo. Lo aconsejable sería vacunarse contra la peste rabiosa de una guerra que ha vuelto enemigos a quienes podrían tolerarse y tratar de vivir relativamente juntos. Juntos, respetándose. No estaría mal hablar también del efecto civilizador de la amistad.

Addenda: a mis amigos de Casa de Citas, gracias. Y ¡salud!

Óscar Collazos

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