Antonio Navarro, 25 años después de la paz del M-19

Antonio Navarro, 25 años después de la paz del M-19

El político y exguerrillero reflexiona sobre sus años en esa guerrilla y los acuerdos con las Farc.

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14 de marzo 2015 , 10:58 p.m.

Antonio Navarro Wolff llega con retraso. Incómodo por las muletas que el médico lo ha obligado a usar. En mayo de 1985, un atentado con granada le afectó el habla e hizo que le cortaran la pierna izquierda. La prótesis que lleva ha terminado por afectar el músculo y le han recomendado guardarla al menos por 15 días.

Viste de luto. Ni siquiera han pasado dos meses del suicidio de su hijo Gabriel y le cuesta hablar de ello. “Estoy muy afectado. Todo lo afectado que puede estar un padre en estas circunstancias”, dice y zanja el tema. Su antídoto para luchar contra semejante tragedia ha sido volver pronto al trabajo. Sumergirse en la vorágine de la rutina. No pensar. (Lea también: 'Estoy aplastado': dice Antonio Navarro tras la muerte de su hijo)

Las últimas semanas han sido especialmente emotivas. El pasado 9 de marzo se cumplieron 25 años de la firma de los acuerdos de paz con la guerrilla del M-19 que permitieron la incorporación a la vida política y civil de sus miembros. Cuarenta y ocho días después, el 26 de abril, en plena campaña presidencial, su líder, Carlos Pizarro, fue asesinado y Navarro asumió el objetivo de alcanzar la Presidencia. Quedó en tercera posición.

El hoy senador por el partido Alianza Verde tomó el camino –no siempre fácil, no siempre agradecido– de la paz y aún hoy sigue enarbolando las banderas que en su momento defendió el M-19: “el propósito de conseguir un cambio en la sociedad colombiana era y sigue vigente”, dice. (En fotos: Hace 25 años el M-19 entregó las armas y firmó la paz)

Hijo de una familia de clase media en la que nacieron siete hermanos (“mi papá tuvo épocas en las que tenía bastante dinero, era comerciante, trabajó con Coltejer muchos años, entonces ganaba plata con el comercio y la perdía con la agricultura”), ingresó a las filas de la guerrilla en 1974.

En esta entrevista, Navarro, copresidente de la Asamblea Nacional Constituyente que dio a luz la Constitución de 1991, reflexiona sobre sus años en la subversión y sobre lo que supone para el país el actual proceso de paz con las Farc.

¿La del M-19 es una historia de ira y reconciliación?

No. De ira nada. Esa fue una decisión racional de análisis de la situación del país. Le hicieron un fraude al general Rojas Pinilla. Y si a un general conservador, retirado, le hacen fraude, entonces, ¿a quién iban a respetar en un resultado electoral? Ahí no hubo ira. Se alzaron en armas por la convicción de que las instituciones no tenían una salida distinta. Y cuando nos dimos cuenta de que el alzamiento armado no iba a llegar a ninguna parte, también concluimos que había que buscar un camino diferente. Claro que la historia de Colombia había sido así a lo largo de 150 años, había la tradición de que se usaba la lucha armada cuando no había soluciones institucionales, de manera que no hubo nada pasional. Eso fue absolutamente racional, si queremos llamarlo así. Y el disparador fue el 19 de abril de 1970.

Usted entra en 1974. ¿Cuál fue la chispa que lo empujó?

El M-19 aparece en enero de 1974. Antes estaba en un proceso de organización silencioso y clandestino. Yo no sabía que eso estaba pasando; me empezaron a buscar desde el año 73 algunos muchachos de Cali y yo no les creí hasta que sacaron la espada de Bolívar y se presentaron. Entonces fui yo el que empezó a buscarlos para que me dieran cupo.

Yo había sido un estudiante de ingeniería juicioso, nerd. A finales de los 60 y principios de los 70 fue la época de los grandes movimientos estudiantiles. Eso llegó a Colombia con retraso, pero poco a poco me fui acercando. Yo era el presidente del consejo estudiantil de ingeniería y terminé metido en un movimiento de esos en el año 72. Debía tener unos 22 o 23 años.

¿Pero pudo ser otra guerrilla?

Analizamos claramente todas las opciones. Las Farc, el Epl y el Eln eran marxistas. Había prorrusos, prochinos, pro-Cuba... Y a mí no me llamaba la atención vincularme a grupos con esa vocación internacional. Entonces, cuando apareció una guerrilla nacionalista como el Eme, fue un plus. En ese tiempo Bolívar era la figura del partido conservador y Santander, de los liberales. Digamos que Bolívar era la principal figura del orden conservador y Santander, del republicanismo liberal. Cuando se produjo el robo de la espada se quería reivindicar su figura revolucionaria, resaltar su labor de agente de cambio. Eso me pareció absolutamente deslumbrante.

¿Tuvieron algún vínculo con las Farc?

Conversaciones sí hubo. Sé que Álvaro Fayad e Iván Marino Ospina se reunieron con las Farc en 1983. Querían convencerlos de ir juntos a la negociación que se estaba adelantando por esa época. Se vieron con todo el secretariado en Casa Verde, en La Uribe. En ese momento yo estaba en Cauca, en la zona del río Naya.

¿Y cuál fue la respuesta?

Que sí, que había mucha simpatía. Pero a la hora de la verdad, en el momento decisivo, dijeron que no.

¿Cuál era su percepción de las Farc en ese momento?

Yo tenía una visión bastante crítica. Es que las Farc habían matado a algunos de mis compañeros, personas que estaban bajo mi mando allá en el Cauca.

¿Por una disputa territorial?

No. La historia ocurrió en una vereda cerca de un pueblo que se llama López de Micay. Nosotros estábamos pensando ir el día que iba el helicóptero del Banco de la República con el oro y cogerlo para financiarnos. Entonces mandamos a dos compañeros a hacer inteligencia. Estando allí llegaron las Farc, los muchachos se identificaron, les contaron cuáles eran sus planes y en la madrugada les dispararon, les echaron gasolina y los quemaron. Obviamente no teníamos una buena idea de las Farc; aun así, sé que en las reuniones de Pizarro con Rafael Pardo, en el 89, se volvió a intentar una negociación conjunta. Hasta allá llegaron dos delegados. Fue la última vez.

¿Y ahora cuál es su percepción?

Creo que las Farc han entendido que la victoria es imposible y que una guerra sin victoria no tiene sentido. Y esa es una condición necesaria para que haya un proceso de paz. Creo que ellos por fin lo entendieron, pero eso no es suficiente. Mire el Eln. Nunca ha tenido perspectiva de victoria y, sin embargo, ahí está. La idea de que primero hay que derrotar a la guerrilla para luego sentarse a negociar no se cumple en la historia de Colombia. La única guerrilla que ha sido derrotada en la historia contemporánea del país fue el grupo Ricardo Franco, un grupo disidente de las Farc. Se mataron entre ellos.

¿Las últimas noticias que llegan de La Habana y el anuncio del cese de los bombardeos a campamentos de las Farc, al menos por un mes, nos marcan, ahora sí, el camino de no retorno?

No. Yo espero que sí, pero sin solución para el tema jurídico no se puede encontrar un acuerdo. (Lea también: 'Farc debe mirar el ejemplo del M- 19; se puede lograr la paz': Santos)

¿Hacia dónde se debería perfilar el tema jurídico?

Habría que encontrar una fórmula en la justicia transicional que permita la participación en política. Esa sí es una condición indispensable. Es el corazón de los acuerdos.

¿Sin cárcel?

Ya le dije que en el marco de la justicia transicional se tiene que buscar una solución. Yo no soy experto en eso.

¿Le parece viable la propuesta del expresidente Gaviria?

Me parece bien. Este conflicto no es solamente de guerrilleros, sino también de militares y de la sociedad. Mucha gente ha estado vinculada de manera directa e indirecta. Desde ese punto de vista hay que encontrar una solución para todos.

Hacia el M-19 había cierta simpatía que incluso creció después de la vinculación a la vida política, a pesar de la toma del Palacio de Justicia. Hacia las Farc hay, podría decirse, un odio visceral...

Hay menos opinión favorable y ellos no se ayudan. Ellos no interpretan bien los signos de lo que hay que hacer. Cuando empezamos la negociación, nosotros teníamos el lío del Palacio de Justicia, que había sido sumamente grave. Había que recuperar la opinión pública y eso fue lo que nos dedicamos a hacer durante todo el proceso de negociación. Las Farc, en cambio, no tienen en cuenta la importancia del apoyo de la opinión pública.

Hay quienes ven en la paz un proceso muy doloroso por el alto precio que supone.

Es mucho más doloroso seguir con 146.000 desplazados anuales y hacer fiesta porque el 2014 fue el periodo de menos desplazados en los últimos 20 años. ¿Eso no es doloroso? Víctimas de minas antipersonal, muertos, ¿eso no es doloroso? Pareciera que es más dolorosa la paz que la guerra. Y es exactamente lo contrario. Se trata de evitar más dolor.

Pero el dolor, para muchos, se asocia a impunidad, a que no haya castigo para los victimarios...

Eso es algo que hay que revisar a lo largo de nuestra historia. Se dice que los castigos fuertes inhiben la reincidencia. A los jefes paramilitares los extraditaron y están presos en Estados Unidos y, sin embargo, la reincidencia en bacrim es altísima, algo que no ocurre con los guerrilleros de los años 90, que no fuimos a la cárcel.

15 lecciones aprendidas

El perdón y la reconciliación son posibles. Los guerrilleros que dejen las armas deben continuar organizados. Lo más efectivo en la reinserción es la educación. Incorporar desmovilizados a cuerpos de seguridad del Estado es posible y ha producido buenos resultados. Estos son algunos de los enunciados que contiene un documento firmado por Antonio Navarro Wolff y que se titula 15 lecciones aprendidas sobre la paz en 25 años. En esta reflexión, el político y exguerrillero profundiza sobre las cuestiones que, en su opinión, deberían ser tenidas en cuenta de cara al proceso de paz que se adelanta con las Farc en la Habana. Entre otras cosas, Navarro asegura que la más importante de las lecciones es que “hay que ganarse el corazón y el respaldo de la opinión pública para la paz y para la acción política en el posconflicto. Ello fue lo que nos permitió lograr un tercio de los constituyentes de 1991 en las elecciones de diciembre de 1990 a voto limpio. El resultado más importante de la paz de 1990 fue la Constitución de 1991 y, sin embargo, la Asamblea Constituyente no se negoció en la mesa de paz (...)”.

TATIANA ESCÁRRAGA
Editora Redacción Domingo

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