Editorial: Tapar huecos y no hacer vías

Editorial: Tapar huecos y no hacer vías

Para acabar con los cráteres de la ciudad, no se puede condenar a Bogotá a que deje de hacer vías.

11 de marzo 2015 , 09:10 p.m.

Esta semana, el director del Instituto de Desarrollo Urbano (IDU) de Bogotá sorprendió con una propuesta tan osada como polémica: que la ciudad deje de invertir en nuevas vías y se concentre en rehabilitar la malla vial actual. Es decir, renunciar a generar más corredores viales y que se utilice el poco presupuesto en arreglar el 40 por ciento de la red que se encuentra en pésimo estado, esto es, unos 6.200 kilómetros-carril.

No es un secreto que el karma de la capital ha sido y sigue siendo el de las lamentables condiciones en que están sus calles, para no hablar de la malla vial local, cuyo deterioro alcanza el 56 por ciento y representa la mitad del total de vías de la ciudad.

La justificación del director de la entidad, William Camargo, es que cada año el retraso en reparaciones aumenta y se hace más costoso. Al punto de que se requeriría casi el mismo presupuesto que hoy demanda la primera fase del metro para tapar los huecos que existen: 10,5 billones de pesos. Calcula, además, que serían necesarios entre 10 y 12 años e inversiones cercanas a los 600.000 millones de pesos anuales para que Bogotá se ponga al día en esta materia.

Si se interpretan bien las palabras del funcionario, de lo que hablamos aquí es de una situación de emergencia: Bogotá no resiste más cráteres ni vías hechas a medias o deterioradas no solo por el paso del tiempo, sino por el incremento del parque automotor. Y urgen medidas extremas, como las que se plantean. La pregunta es: ¿esa es la solución? ¿Debe la capital del país sacrificar su crecimiento en malla vial mientras soluciona un problema que hace mucho les tomó ventaja a todas las administraciones?

A primera vista, sonaría lógico que, en aras de mejorar la movilidad se sacrificaran nuevos proyectos viales, sobre todo cuando l presupuesto no alcanza. Pero el debate debe tratarse con la sensatez que amerita el asunto.

Condenar a la capital a no tener nuevas avenidas y nuevas calles no va a solucionar las fallas estructurales de fondo: el auge de los vehículos, el transporte de carga que circula por el centro de la ciudad, la falta de información sobre el número de vías que surgen con cada proyecto urbanístico. Ni siquiera los trancones se acabarían con mejores calles.

Si bien a esta Administración no le cabe toda la responsabilidad por el estado de la malla vial, sí tiene que reconocer que le ha faltado capacidad de ejecución, como advierten órganos de control, bien sea por problemas administrativos, por engorrosos trámites licitatorios o por falta de visión de largo plazo.

Cabe recordar aquí lo que sucedió con proyectos como la Avenida Longitudinal de Occidente (ALO), que quedó en el limbo, o con la propuesta de autopistas urbanas que se ofrecieron al comienzo del gobierno.

Nadie discute que reparar las calles no sea una prioridad. Lo que se cuestiona es si la falta de recursos es razón suficiente para que Bogotá deje de construir los corredores que necesita y demanda su desarrollo, con el impacto que ello representa en términos de productividad. Con esa lógica, tampoco deberían hacerse cárceles. Hay que ser creativos a la hora de hallar soluciones que nos alejen, en todo caso, del peor de los escenarios: que ni se tapen todos los huecos ni se hagan nuevas obras.


EDITORIAL
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