La lucha continúa

La lucha continúa

La lucha por la igualdad debe continuar porque las autoridades siguen alentando el racismo.

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09 de marzo 2015 , 04:29 p.m.

A cincuenta años de su inicio, es evidente que la marcha por los derechos civiles de las minorías en Estados Unidos que encabezara el reverendo Martin Luther King en Selma (Alabama) no ha terminado. No porque no haya habido avances en temas de derechos civiles. La elección de Barack Obama a la presidencia los testifica, pero sugerir que el racismo ya no existe en la nación sería un craso error. Como bien dijo el Presidente en el mismo lugar en el que Martin Luther King arengó a la multitud al encabezar la marcha para exigir el derecho al voto para todos los ciudadanos, el progreso es obvio, pero incompleto y contradictorio.

Cómo explicar de otro modo el hecho de que los discursos de King y del Presidente se hicieran en un puente que honra la memoria de un hombre declarado héroe del ejército confederado durante la guerra civil, que fue promotor activo de la esclavitud y Gran Dragón del Ku Klux Klan.

El propósito explícito de la marcha de Selma a la capital Montgomery, en marzo de 1965, fue reclamar el derecho al voto de todos los ciudadanos. Para evitar la exclusión, la ley del derecho al voto aprobada en 1965 requería una preacreditación del gobierno federal antes de que los estados con un historial de discriminación pudieran cambiar el proceso de votación existente. De entonces a la fecha, la Suprema Corte ha emitido fallos que han minado la preacreditación federal. Es decir, en vez de avanzar en el tema, lo que ha habido son retrocesos sancionados por el Poder Judicial con el beneplácito de los congresistas más conservadores.

Como bien señaló en su momento la magistrada Ruth Ginsburg, “la triste ironía de la decisión de la mayoría es su total fracaso en comprender el porqué del éxito del VRA. El tribunal parece creer que la ley del derecho al voto ya no se necesita”.

La lucha por la igualdad debe continuar porque las autoridades locales siguen alentando o solapando el racismo, como lo hemos comprobado con el informe de la oficina del Procurador de Justicia sobre el departamento de policía en Ferguson que denunció la existencia de un patrón de discriminación racial que guiaba a los agentes policiacos a prácticas abusivas y opresoras.

Los datos sobre el acoso a las minorías que revela el informe son demoledores. En 9 de cada diez casos en los que la policía hizo uso de la fuerza, las víctimas fueron afroamericanos y todas las personas mordidas por un perro de la policía fueron de raza negra. Igual que sucedía en 1965. No en balde, durante la reciente ceremonia de los Óscar el cantante John Legend nos recordó: “Vivimos en el país que más encarcela en el mundo. Actualmente, hay más hombres negros bajo control correccional (cárcel o libertad condicional) que los que había esclavizados en 1850”.

Pero no se vaya a pensar que la discriminación y el racismo solo afectan a los afroamericanos. Se espía a los ciudadanos estadounidenses musulmanes y se sospecha de los líderes y activistas de esa comunidad sin que exista presunción de culpabilidad, según revelaron los documentos filtrados por Edward Snowden. Y qué decir de la segregación y del maltrato a la comunidad latina y los asesinatos de latinos desarmados a manos de las policías de California, Texas, Washington y otros tantos estados.

La lucha por la igualdad debe continuar reformando instituciones, reforzando leyes y educando a la gente, pero para que realmente termine la discriminación es imprescindible encarar la historia con la verdad. Algo que a Estados Unidos, como a la mayoría de los países, le ha costado mucho trabajo aceptar porque ha mitificado su historia con el propósito de solidificar el nacionalismo, el patriotismo y el sentido de pertenencia, y ha ocultado muchas de sus instancias moralmente incorrectas.

Sergio Muñoz Bata

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