Editorial: La comida criolla es inocente

Editorial: La comida criolla es inocente

La presencia de platos típicos en la mesa no riñe para nada con hábitos alimentarios sanos.

06 de marzo 2015 , 08:40 p.m.

En un plato típico, además de los ingredientes, confluyen factores como el acceso a los insumos, el clima, el costo, la ideología y hasta los valores religiosos de una región. Es, en sí mismo, un reflejo social y en ocasiones determinante de la proyección de un lugar.

El pudín Yorkshire logra identificar a los ingleses tanto como la pasta a los italianos y la arepa de huevo, al caribe colombiano, porque son una prolongación de las costumbres y de los sitios que representan.

Sin embargo, los platos criollos y otras formas tradicionales de alimentación se enfrentan a retos impuestos por la industrialización en la producción de comidas y a las formas globalizadas de consumo. Hoy se tiende a llamar comida típica solo a la que se prepara artesanalmente en ciertos hogares, y comida normal a la elaborada a partir de procesos estandarizados que desbordan lo doméstico. Incluso, se habla de una tensión entre las formas naturales de alimentación y los procesos sociales que, claramente, se desequilibra en contra de la comida criolla.

Pero más allá de ser un haber cultural y hasta orgullo patrio, la comida tracional, la dieta ciudadana, como se sabe, es vital en la salud de la población y es importante lo que se haga para estudiarla y guiarla. Un valioso estudio, conocido esta semana, del Centro de Orientación Nutricional y Alimentación de la Facultad de Ciencias Básicas de la Universidad Javeriana, cuantificó las calorías de los platos típicos más representativos del país, que al tenor de sus resultados permite una sola conclusión: hipercalóricos.

Prueba de ello es que las 1.822 calorías de una bandeja paisa son suficientes para aportar las necesidades diarias de una persona en promedio, lo que también sería posible con dos porciones de arroz con pollo o una de cocido boyacense. Relaciones que, como era de esperarse, sirvieron de argumentos a algunos teóricos para tachar a la comida vernácula de poco sana y, de paso, responsabilizarla de la creciente epidemia de obesidad y sobrepeso.

No sobra aclarar que la sociedad moderna y globalizada promueve estilos de vida que en general representan riesgos para la salud, como la obesidad, la hipertensión y la diabetes. También, que se ha demostrado que el sedentarismo es el principal desencadenante de este tipo de desenlaces, seguido de cerca por el gran surtido de alimentos preparados de manera industrial que la gente ingiere como parte de su dieta regular.

En contraste, la frecuencia con la que la gente del común incluye un ajiaco, un sancocho, un tamal o un plato de lechona es significativamente baja, tanto que dichos platos se han convertido en algo exótico en la dieta colombiana que, si acaso, forman parte del menú de celebraciones especiales y esporádicas.

Grandes sí son las porciones, hay que reconocerlo. Pero, desde de la primera infancia, la reducción de las cantidades y de los tamaños de las porciones, además del fraccionamiento de las tres comidas convencionales, debe ser una constante en la génesis de hábitos alimentarios sanos, los cuales para nada riñen con la presencia de los platos típicos en la mesa. La comida criolla por sí sola no es responsable de ningún mal. Satanizarla es un atentado que solo adelgaza a nuestra cultura.


EDITORIAL
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