'Ruega por nosotros', un libro sobre la tragedia gay de dos sacerdotes

'Ruega por nosotros', un libro sobre la tragedia gay de dos sacerdotes

Alfonso Carvajal convierte en ficción el asesinato amoroso, en el 2011, de dos religiosos en Bogotá.

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03 de marzo 2015 , 07:12 p.m.

“Nuestro lugar preferido era Ferchos Bar, en diagonal a la iglesia de Lourdes. Eso era una mera casualidad. Lo digo para, de antemano, espantar las malas lenguas circundantes. Un bar pequeño, pero bastante íntimo y animado. No olvidaré el afiche grande de Freddie Mercury con el rostro desnudo, papacito, cantando 'We Are the Champions', ni me imaginé nunca que estaría condenado a la muerte, igual que él”.

Quien esto relata es René, uno de los dos sacerdotes protagonistas del libro 'Ruega por nosotros' –desde este viernes en librerías–, de Alfonso Carvajal, que se aventuró a novelar el sonado caso de la muerte amorosa, la noche del 26 de enero del 2011, de dos religiosos que les pagaron a unos sicarios, cuando uno de ellos se enteró de que tenía sida.

Gracias a su sensible mirada literaria y poética, lo primero que a Carvajal se le vino a la mente, cuando se enteró de la noticia, fue su parecido con la tragedia Romeo y Julieta, de Shakespeare. De esta manera, la historia comenzó a obsesionarlo, hasta que por primera vez se decidió a llevarla al terreno de la ficción literaria.

Carvajal sentía que sobre el caso habían hablado todos los estamentos de la sociedad, “pero René y Rómulo, ya desaparecidos de la faz de la Tierra, estaban condenados al silencio y a la mera especulación. La creación literaria permitió su propia versión de los hechos”, anota.

¿En qué momento comenzó a pensar en convertir en novela esta sonada noticia?

Cuando ocurrió el drama me enteré por los medios de prensa, y rápidamente la noticia desapareció del escenario. Era un tema que tocaba muchas llagas morales de nuestra sociedad. Luego, por casualidad, tuve la oportunidad de conocer una tesis de dos estudiantes de Periodismo de la Universidad Minuto de Dios titulada 'Un crimen casi perfecto', que está focalizada desde el punto de vista de los autores del asesinato de los sacerdotes. Allí confiesan cómo habían sido el trato con sus víctimas y el fatal desenlace. En ese momento entendí que tenía la parte final de la historia. Y comenzó la obsesión, durante año y medio, por construir a través de la ficción y algunos hechos verídicos el resto de la novela. Este arranque fue definitivo para sumergirme en las aguas contradictorias del acto de la creación.

¿Qué tan cercana a la realidad transita la trama?

Es una historia donde los límites entre realidad y ficción desaparecen. O se complementan. Lo que pasó es tan fantástico y cruel que encajaba perfectamente en una obra de ficción. Unos personajes que, luego de un cómico intento de suicidio, pagan por su propia muerte era algo increíble. Una amiga psicóloga que leyó la novela pensó que estaba exagerando, pero cuando visitó internet para saber algo del tema, descubrió que se acercaba mucho a la realidad. Es decir, que logré armar el rompecabezas con algunas piezas de la realidad y otras, muchas, de la ficción.

Usted comenta que sintió que estaba ante ‘ Romeo y Julieta’ gay del siglo XXI...

Pensé en Shakespeare de inmediato. En Hamlet y principalmente en Romeo y Julieta. Los elementos de la tragedia estaban ahí, había que trabajarlos, imaginarlos y darles un orden, caótico, pero al fin al cabo un orden. Sin lugar a dudas, es una historia de amor y muerte. Entonces pensé en dos personajes acosados por las fuerzas retardatarias de la sociedad. Acorralados, pero que juntos podían vencer cualquier adversidad. El pacto de amor de los sacerdotes lo relacioné de alguna manera con Romeo y Julieta, pero como una tragedia contemporánea, en los albores del siglo XXI. También me recordó el texto que el poeta Artaud dedica a Van Gogh, aquí los protagonistas de alguna manera fueron “suicidados por la sociedad”. Y también son mártires y verdugos de sí mismos. El epígrafe de Rimbaud es contundente y resume la situación: "Definitivamente el cielo está arriba y el infierno lo vivimos aquí abajo".

Definitivamente, ¿la realidad supera la imaginación?

O al revés. Hace poco leí a Javier Cercas que decía: “La realidad mata, la ficción salva”. A los protagonistas la realidad los mató, y yo intento salvarlos con la literatura. Hacerlos visibles y rendirles un homenaje contando su tragedia.

La novela logra una atmósfera muy fidedigna del universo gay, que no es el suyo. ¿Cómo fue el proceso de investigación?

Sí. Espero que así sea. No pertenezco a ese universo, pero la distancia me hace respetarlo. Me alimenté especialmente de películas y algunos testimonios de personas que conocen muy bien el mundo gay. Un mundo marginal, erótico, promiscuo, como lo es también el heterosexual. La sexualidad es algo natural, el deseo está latente en todos, pero la religión ha transformado esto en un sentimiento de culpa y pecaminoso. El dogma impide cualquier rasgo de autocrítica y de avanzar hacia caminos más civilizados. El oscurantismo sigue siendo un enemigo de la razón y la inteligencia. En literatura, me ayudaron las lecturas de Genet, Fernando Vallejo y la franqueza pública de Álvarez Gardeazábal. Pero, sobre todo, porque es una historia de amor y el amor rompe los moldes de género como los concebimos tradicionalmente. El amor es un sentimiento irracional, libre y maravilloso para todos.

¿Cómo logró configurar la personalidad y la carga psicológica de los dos protagonistas?

Me atraen las novelas de corte psicológico, en eso han sido grandes maestros Dostoievski, Tolstói y Kafka, especialmente con 'La metamorfosis'. El reto aquí era meterse en la piel y en el alma de René y Rómulo, los protagonistas. Dos sacerdotes que estaban rodeados e inmersos en temáticas muy complejas: el sida, el amor, la homosexualidad, la religión, una fe inquebrantable (fueron muy queridos por la comunidad por su sincera vocación pastoral), y ahondé en qué debieron sentir y por qué decidieron finalmente mandarse matar. Eso implicó cargas psicológicas y morales muy profundas y dolorosas, pero que al final también fueron un método atípico de liberación.

En librerías desde este viernes. Ediciones B, 150 páginas, $ 34.000.

De manera paralela, usted también le desnuda al lector el peso psicológico del sicario. ¿Qué representa este personaje?

Uno de los victimarios tenía unos antecedentes muy complejos. Pobreza, inestabilidad laboral, familia numerosa; y la muerte de una hija en extrañas circunstancias lo había marcado profundamente. Por estructura literaria y el azar de una miserable realidad socioeconómica llega a ser al final un componente trascendental en la historia. Un determinador determinado por otros.

Algunos diálogos interiores de los protagonistas llevan implícito un duro cuestionamiento a la Iglesia católica...

A la Iglesia, pero también a la sociedad, que ha permitido que tengamos ideas en ciertos aspectos como si estuviéramos en el Medioevo. La sexualidad es un tabú dentro de la Iglesia, y eso con el tiempo se ha convertido en un arma letal contra ella misma. Pero también obedece a la creación de la estructura literaria. Como los protagonistas ya estaban muertos, acudí a un relato polifónico, es decir, voces en primera persona, tercera, epifanías oníricas y monólogos interiores, para dinamizar la historia, y allí, además de los protagonistas, aparecieron los fantasmas de la conciencia y la culpa tratando de copar el escenario.

En su novela ‘Hábitos nocturnos’, usted ya había reflexionado también sobre los sacerdotes católicos. ¿Por qué esta reincidencia?

Es algo inconsciente. Eso lo puedo asegurar. Y puede ser una forma de rebelión contra el poder extensivo y represivo que tiene el catolicismo en el mundo occidental. O, acudiendo a una razón más ficticia, puede que en una vida anterior fui víctima de la Inquisición. En realidad, es un mundo complejo, donde lo dramático, la belleza y lo sobrenatural, la fe, se combinan de una manera paradójica.

Uno de los tonos centrales de la narración es el de una larga confesión...

Es cierto, pero más que una confesión era darles voz a los protagonistas de la historia. Sobre el caso han hablado la Iglesia, los fiscales e investigadores, algunos feligreses, Medicina Legal, psiquiatras, cada uno desde su punto de vista, pero René y Rómulo, ya desaparecidos de la faz de la Tierra, estaban condenados al silencio y a la mera especulación. La creación literaria permitió su propia versión de los hechos.

¿Por qué recurre a la famosa ‘cuarta pared’ para hablarle al lector?

Fue algo espontáneo. Finalizando la novela, tuve la revelación de otra voz dentro de la trama: y era la voz, las voces de la literatura, donde aparecían el lector, el escritor, los personajes, la ficción a secas, exigiendo un lugar en el texto para explicarse, para darle vida a una historia que nadie quería escribir y que la sociedad quería enterrar muchos metros bajo tierra.

¿Es consciente de que se metió con un tema polémico? ¿Pensó en algún momento en engavetar el proyecto?

Siempre me rondó ese dilema. Era caminar sobre abismos de tipo moral. Muy peligrosos, pero también era un reto estético y moral tratar de contar desde la ficción lo que ocurrió. Nunca se me pasó por la cabeza archivar la historia. Alguien muy cercano a ellos me dijo: “A eso hay que echarle tierra”. Y eso es lo que hacen la Iglesia y la sociedad contra algunas verdades que no desean admitir. Esta actitud me dio fuerzas para no ceder en este caso a las presiones psicológicas, principalmente a la culpa, el mayor grillete de represión de la Iglesia, y en ese choque de contrarios salió avante la literatura.

CARLOS RESTREPO
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

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