¿Por qué se está perdiendo la 'fe' en la ciencia?

¿Por qué se está perdiendo la 'fe' en la ciencia?

Cuestionamientos de escépticos están haciendo perder la credibilidad en el conocimiento científico.

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28 de febrero 2015 , 11:02 p.m.

La semana pasada, un niño de apenas año y medio murió en Alemania por culpa del sarampión, una enfermedad que allí se creía erradicada. El desconcierto aumentó cuando se supo que hay 574 casos más de afectados en ese país y que el 90 por ciento de ellos nunca se vacunó, según reportó el diario berlinés Tagesspiegel. Y esto se debe, principalmente, a un movimiento antivacunas que ha venido cobrando fuerza en todo el mundo. De hecho, en Estados Unidos ya se han registrado 154 casos de sarampión en lo que va de año.

“Es inaceptable que, después de los esfuerzos de los últimos 50 años para tener disponibles vacunas seguras y efectivas, el sarampión siga costando vidas, dinero y tiempo”, se lamentó Zsuzsanna Jakab, directora de la oficina regional de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Pero el problema va mucho más allá de quienes desconfían de las vacunas: escépticos, negacionistas y amantes de las teorías conspirativas, entre otros, están generando, y por distintas razones, una suerte de descrédito de la ciencia en varios campos y logrando gran acogida en amplios sectores de la sociedad.

Por ejemplo, la mitad de la población estadounidense cree que el ser humano no es el principal culpable del cambio climático, y solo una de cada tres personas en ese país confía en los alimentos transgénicos, pese a que el 88 por ciento de los científicos asegura que son seguros, según una encuesta del Pew Research Center.

“Vivimos en una época en la que todas las disciplinas del conocimiento científico enfrentan una organizada y a menudo furiosa oposición. Empoderados por sus propias fuentes de información y sus propias interpretaciones de la investigación, los escépticos han declarado la guerra al consenso de los expertos (...) y hay tanto debate sobre esa tendencia, que la ciencia misma duda de si se ha convertido en un meme de la cultura popular”, señala la revista National Geographic, que este mes lleva el tema a su portada.

También los expertos se sienten amenazados: en solo cinco años, el número de miembros de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia que consideran que “es un buen momento para la ciencia” ha retrocedido desde el 76 por ciento hasta el 52 por ciento el año pasado.

Un panorama desolador

El cisma entre la ciencia y la cultura popular, similar al que sufrió ese campo del saber cuando se enfrentó a los dogmas de la religión, puede tener efectos devastadores, alertan expertos.

Por ejemplo, las autoridades se respaldan en que no hay evidencia de que la alteración genética de una semilla en un laboratorio sea más peligrosa que el uso de agroquímicos en un cultivo. Sin embargo, el 40 por ciento de los encuestados por YouGov en el 2014 quisiera que los transgénicos fueran prohibidos. Y eso preocupa a los científicos que defienden que, de otro modo, no habrá suficientes alimentos para las siguientes generaciones, y que, por tanto, prohibirlos pondría en riesgo la seguridad alimentaria del planeta y el avance científico en este campo.

La mediación de intereses políticos, económicos o religiosos incide mucho. Y el cambio climático es un buen ejemplo. De hecho, en países como Estados Unidos se asocia a un partido político: el 71 por ciento de los demócratas e independientes encuestados por el Pew Center apuntó a la acción humana como principal responsable del calentamiento global, pero solo un 27 por ciento de los republicanos sostuvo ese punto.

Es el caso también de las teorías creacionistas que se enseñan en algunas escuelas evangélicas y que niegan la teoría de la evolución de Darwin. Pese a que se cree que son minoritarias, solo el 65 por ciento de los estado-unidenses consultados piensa que el ser humano ha evolucionado a lo largo del tiempo.

¿Qué sucede para que se sigan negando teorías con casi dos siglos de vigencia y contrastada evidencia científica? Expertos como Eduardo Posada, presidente de la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia, contrapreguntan si realmente alguna vez hubo una unión entre ciencia y cultura popular.

“Los mitos del oscurantismo son antiguos”, afirma Moisés Wasserman, químico y exrector de la Universidad Nacional. “La ciencia distingue entre las apariencias y lo que tiene una realidad física. Y eso es relativamente nuevo en la humanidad, mientras que el mito, las creencias, la religión y las anécdotas son algo que ha estado con nosotros por miles y miles de años. Ahora muchos ven la ciencia no solamente como algo innecesario, sino incluso peligroso y negativo. Hay intereses detrás, por supuesto, y la ignorancia es un negocio muy rentable”, añade.

Andrew Shtulman, estudioso del desarrollo conceptual y cognitivo de Occidental College, explica que cuando recibimos una información científica que contradice nuestro conocimiento intuitivo del mundo, este último nunca termina de borrarse. Al contrario, se refugia en los recovecos de nuestra mente, influyendo en nuestros pensamientos y comportamientos de forma implícita.

Por eso en la era de la sociedad de la información, donde prolifera una avalancha de datos y estudios, la mayoría de la gente busca aquellos que validan su punto de vista o creencias intuitivas, sin prestar mayor atención a su rigor científico.

La ciencia moderna nos ha conferido el conocimiento necesario para vivir una vida más saludable, más segura y más próspera que la que nuestros antepasados podrían haber imaginado. Pero “las mismas condiciones de libertad política y de pluralismo cultural que han alimentado el avance de la ciencia han multiplicado el número de quienes acreditan o validan el conocimiento colectivo”, facilitando así la difusión y extensión de creencias sin base científica, resume el investigador de la Universidad de Yale Dan Kahan en su ensayo ‘Haciendo una comunicación del clima basada en la evidencia’.

El ejemplo perfecto es que hoy mucha gente, en vez de consultar a un médico, recurre a internet, olvidando que en la red hay tantas verdades como mentiras y que pueden poner en riesgo su propia vida.

A esto se suma la dificultad que suelen tener muchos científicos para comunicar con claridad sus avances a la sociedad. “A la mayoría le preocupa más el reconocimiento de sus colegas, de los expertos, que la difusión para la gran masa”, dice Daniel Cadena, director del Departamento de Ciencias Biológicas de la Universidad de Los Andes.

Y para completar, los medios de comunicación suelen destacar aquellas investigaciones científicas cuyas conclusiones van en contra de la evidencia existente.

En busca del consenso

Más allá de que la cultura popular esté lo suficientemente formada para poder distinguir el rigor de una investigación, para personas como la geofísica Marcia McNutt, editora de la revista Science, no se puede perder de vista que la ciencia no es un cuerpo de hechos inamovibles, sino “un método de conocimiento”.

De hecho, la duda metódica es uno de sus pilares, pero, paradójicamente, buena parte de la masa contemporánea lee la no existencia de un consenso científico como algo sospechoso.

“Esperar que haya unanimidad es pedirle demasiado a la ciencia”, considera Cadena. “Los hechos científicos no son hechos porque un profesor de Harvard opinó tal cosa; lo que debería importar es la evidencia científica. La ciencia tampoco es infalible. Hay muchas preguntas sin responder y cantidad de cosas que todavía no entendemos”, agrega.

“Es preocupante que muchas personas rechacen la ciencia como un cuerpo de conocimiento, el saber que se ha acumulado a lo largo de cientos de años de cuidadosa observación y experimentación controlada. Pero es aún más preocupante que rechacen la ciencia como método de indagación. La ciencia es nuestra mejor herramienta para descubrir cómo funciona el mundo, y sin esa herramienta descendemos hacia el reino de los rumores y la superstición”, dice Shtulman.

Todo esto demuestra que “la evidencia ya no importa”, como expresa en una columna de opinión de The New York Times el profesor Riley E. Dunlap, sociólogo de Oklahoma State University. “Así, llega a ser posible crear una realidad alternativa”, añade.

El problema final, señalan los expertos, es que esas opiniones calan en las políticas públicas, y la historia recuerda casos de horror donde gobiernos tomaron pésimas decisiones de política pública por no basarse en la evidencia científica.

Es el caso de Thabo Mbeki, el expresidente de Sudáfrica, que prohibió los antirretrovirales al creer que no tenían eficacia en la lucha contra el sida, lo que causó cientos de muertes.

“Un gobierno efectivo en una sociedad democrática depende de que los votantes sean capaces de tomar decisiones basadas en información precisa. Si las voces de expertos científicos continúan siendo ahogadas por las de los ideólogos, ya sea de izquierda o derecha (...), perjudicará a todos –crean o no que la Tierra se está calentando–”, defiende en su columna de The Washington Post Mark Lynas, ambientalista de la Universidad Cornell.

Los temas más polémicos

Vacuna y autismo

Estudios ya desacreditados sugerían que existía un vínculo entre las vacunas y el autismo. Fruto de ello, centenares de personas decidieron no vacunar a sus hijos. El resultado hoy es que en el 2014 EE. UU. tuvo el más alto número de casos de sarampión en dos décadas, por ejemplo. Hoy, dos tercios de la población creen que las vacunas deberían ser obligatorias, un 18 por ciento menos que hace cinco años. Sin embargo, el 86 % de los científicos aconseja exigirlo, según el Pew Research Center. Los datos son elocuentes: se estima que entre el 2000 y el 2013 la vacuna contra el sarampión evitó 15,6 millones de muertes.

Transgénicos

Dos tercios de los adultos consultados por el Pew Research Center sugieren que los científicos no tienen una clara comprensión sobre los efectos en la salud de los alimentos transgénicos. La única prueba que reseñan los expertos es que no hay evidencia de que sean más dañinos que los alimentos cultivados con agroquímicos. Sin embargo, pese a que solo uno de cada cuatro entrevistados aseguró que revisa las etiquetas de los alimentos que consume para comprobar si están genéticamente modificados, el 40 por ciento de los estadounidenses estaría a favor de que las autoridades estatales prohibieran su venta, según YouGov.

Cambio climático

Uno de cada cuatro estadounidenses consultados por el Pew Research Center no cree que haya evidencias sólidas de que el calentamiento global esté sucediendo, y solo la mitad cree que el ser humano sea responsable. Eduardo Posada, presidente de Acac, advierte que las distorsiones en esta materia las producen intereses políticos y económicos: “Hay países que no quieren adoptar políticas de reducción de emisiones porque eso implica rebajar su competitividad, y eso influye en las percepciones”, señala. En EE. UU. se ha hecho incluso una petición pública para pedir a los medios que dejen de llamarlos “escépticos” y hablen de ellos como “negacionistas climáticos”.

Evolución

La biología moderna está basada en los principios de la teoría de la evolución de Darwin. Sin embargo, en Estados Unidos el 31 por ciento cree que los humanos han existido en la forma actual desde el comienzo de los tiempos, y reclaman que las teorías del creacionismo sigan ofreciéndose en las escuelas. El 65 por ciento dijo que el ser humano ha evolucionado a lo largo del tiempo, pero solo un 35 por ciento de ese grupo cree que se deba a la selección natural, que expuso Darwin. Alrededor de un 24 por ciento dijo que la evolución estuvo guiada por un ser supremo, según el Pew Center.

IRENE LARRAZ
Redacción Domingo

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