Editorial: Un desafío a toda la humanidad

Editorial: Un desafío a toda la humanidad

Muchas batallas que libra el EI se dan en lugares que albergan invaluables tesoros arqueológicos.

27 de febrero 2015 , 07:41 p.m.

La combinación de ignorancia y salvajismo que subyace al fanatismo queda en evidencia luego de observar el video conocido esta semana, y cuya autenticidad certificó el pasado jueves la Unesco, en el que fanáticos seguidores del Estado Islámico destrozan milenarias piezas de museo en Mosul (Irak) pertenecientes a la cultura asiria.

El blanco de estos arrebatos bárbaros y soberbios son estatuas que datan de los siglos VII y VIII a. C. La motivación es una combinación de su interpretación extrema del islam suní, el salafismo, que tacha de idolatría la veneración de estatuas y tumbas y la burda intención de hacer tábula rasa en los lugares que caen bajo el dominio de esta organización. Extremistas y fanáticos como son, para ellos solo valen su presente y el futuro que a las malas pretenden imponer a los pueblos en los que irrumpen.

En esta ocasión, por tratarse de culturas a las que todas las demás civilizaciones posteriores les deben avances tan significativos como la escritura, es un desafío a toda la humanidad. Y, de paso, se constituiría en un nuevo y doloroso ejemplo para citar cada vez que alguien recuerde cómo el pasado y el patrimonio suelen engrosar las listas de víctimas de los conflictos. Casos abundan: desde la voladura del Partenón, cuando era utilizado como polvorín por los turcos, hasta los Budas de Bamiyán, en Afganistán, dinamitados por los talibanes en el 2001.

Pero las malas noticias no terminan acá. El dominio de Mosul por los yihadistas hace imposible, por lo pronto, conocer más detalles del saboteo. Una tragedia que, además, no es exclusiva de esta zona. Muchas de las batallas que hoy se libran en Siria e Irak se dan en lugares que albergan invaluables tesoros arqueológicos y cuya protección no es prioridad para ninguna de las partes. O, de llegar a serlo, es solo con el fin de sustraerlos y ponerlos a circular en el mercado negro y obtener recursos con el propósito de financiar sus aparatos militares, como ya lo ha hecho el propio Estado Islámico. Una organización para la cual solo tiene valor aquello que sea funcional a su delirante causa.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com
@OpinionET

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