Llamas, mangos y un vestido que cambia de color

Llamas, mangos y un vestido que cambia de color

Por qué está bien que los medios cubrieran, o cubriéramos, el tema del vestido.

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27 de febrero 2015 , 06:55 p.m.

Ha pasado antes y de seguro volverá a pasar. La red comienza a hervir de actividad con un motivo trivial, por lo general en servicios como imgur o Reddit, y de pronto, no importa si es Lady Gaga con sus guantes rojos en los Óscar o Barack Obama viendo televisión, la misma imagen y el mismo tema están por todas partes.

Esta semana fue particularmente prolífica, porque a los últimos estertores de los memes sobre 50 Sombras de Grey y un nuevo gaffe del vicepresidente de EE. UU., se sumaron dos llamas prófugas en Phoenix, Arizona y, cómo no, un vestido a rayas.

Y como sucede cada vez que en la red se desata un frenesí, los medios acudieron a registrarlo. Y como sucede cada vez que el frenesí comienza a bajar, pasar o hastiar, alguien hizo un nuevo meme con la cachetada de Batman a Robin y muchos otros optaron por criticar a los medios.

“¿Y nos preguntamos que por qué estamos como estamos? Increíble que esta sea la noticia más leída”, se lamentaba un comentarista en la nota principal sobre el camaleónico vestido. "Es ridícula tanta bobada sobre ese tema”, decía otro. Finalmente, otro disparaba un clásico de la redacción digital: “¿Tan mal está EL TIEMPO?”.

En esta columna aventuraré una posición en la que tengo completa fe: Que lejos de ser un síntoma de la debacle del periodismo serio y un clavo más en el ataúd de los medios tradicionales, el hecho de que emisoras como La W, revistas como Semana y, sí, periódicos como EL TIEMPO hayan dedicado tiempo y espacio al asunto no es ni increíble ni ridículo, y ni siquiera está mal.

Esto, por dos razones: la primera es coyuntural, y la segunda es una consecuencia de los tiempos.

La coyuntural es que, y hablo solamente del caso del vestido, la noticia no era tan ridícula como parecía. Al comienzo muchos creyeron que se trataba de una trivialidad, de un vestido que en unas fotos se veía blanco y en otras, en virtud de un filtro o un juego de luces, se veía azul. Más tarde descubrieron que se trataba de un vestido que unas personas veían blanco y dorado y otras, mirando la misma foto al mismo tiempo, veían azul y negro.

vestido

La discusión se elevó entonces a los terrenos de la fotografía, la neurociencia y hasta la física. Numerosas explicaciones, que no viene al caso repetir, surgieron para explicar el fenómeno. Pero para entonces ya el tema estaba en todos los medios, ya había un hashtag, docenas de memes, avisos publicitarios… y la misma red que impulsó el fenómeno se declaró hastiada de él. Pero el tema no deja de ser interesante o relevante solo porque sufrió de sobreexposición.

Pero dije que hay dos razones y que la segunda no es puramente coyuntural. La segunda razón es que el del vestido, o el de las llamas, o el del iPhone doblado y cualquiera de los episodios anteriores en que un tema explotó en las redes y fue recogido por la prensa son el testimonio de los medios haciendo algo que por años se les reclamó hacer: oír a sus audiencias y hablar de lo que ellas hablan.

Para que conste: no se trata de hacer la agenda de los medios a partir de Twitter, o abrir sus ediciones con el tuit o el meme de la semana. Pero hay una distancia entre el “Esta es la explicación detrás del tema del que todos han estado hablando” y el simple “Miren lo que me encontré en Internet” (si me preguntan, la expresión “video de no-se-qué-cosa causa furor en redes” debería ser criminalizada). Hay una distancia entre : “Esto no es una noticia de abrir” y “Esto no tiene cabida en nuestra oferta informativa”. Las secciones de noticias ligeras no son un invento de Internet, y al menos en sus orígenes, los memes son una muy necesitada dosis de participación de muchas voces (millones, en este caso) en el discurso mediático.

Es fácil descartar el tema por banal y sí, por reiterativo, pero en realidad hay ángulos interesantes tras el debate de los colores. Algunos remiten a la imposibilidad de conocer cómo perciben el mundo los demás. Otros hablan de cómo pueden engañarnos nuestros propios sentidos. Hubo marcas comerciales que lo capitalizaron al crear piezas memorables y divertidas. Entender la conversación y sumarse a ella no es un pecado, y eso aplica tanto a Lego como a The Washington Post.

No les falta razón a quienes resienten que en un día en que debió analizarse el paso histórico que se dio para proteger la neutralidad en la red, entre varios otros temas, los internautas estuvieran persiguiendo llamas o examinando los colores de una prenda por lo demás intrascendente. “Eso no es noticia”, suele ser el reclamo. Pero lo cierto es que sí lo es. Ciertamente no la más importante, ni la más significativa, pero lo es. Al menos en el sentido clásico -y limitado- de “el relato de un acontecimiento de actualidad que suscita el interés del público”. En ese sentido, no es menos actual o interesante que la caída de Madonna, la nueva sede de Google o la muerte de Leonard Nimoy, todas noticias que estuvieron el jueves o el viernes en la primera página de la edición digital de The New York Times. El tema capturó nuestra atención por un momento y nos dio un texto común sobre el cuál conversar. Pasado su ciclo nos hastió y nos dejó, es de esperar, algunas lecciones.

Alguna vez un profesor me contó la historia de un periodista al que, de camino a su trabajo, le cayó un mango en la cabeza. Al mirar hacia arriba vio las ramas cargadas de frutos verdiamarillos y, tras una rápida multiplicación, calculó que en esos momentos maduraban unas 1,5 toneladas de mangos en los árboles de la avenida principal de su ciudad. El solo dato era interesante, pero planteaba más preguntas: ¿Qué pasaba con ellos? ¿Habría alguien que los consumiera? La duda, me aseguraba mi maestro, lo llevó a escribir una bonita crónica sobre familias pobres que mandaban a sus hijos a recoger mangos para que sus mamás pudieran preparar dulces y mermeladas que después vendían. Todo por un mangazo en la cabeza.

Sinceramente no sé si la del mango sea una historia real, pero el ejemplo es claro: descartar temas por triviales, sin analizarlos, nunca ha sido una buena práctica periodística, como tampoco lo es saltar detrás de cada idiotez que otros cuentan sin confirmar o contextualizar. Pero en un universo de noticias las 24 horas con un público que dispone de las mismas herramientas para sumar su voz a las nuestras tampoco es inteligente creer que está por debajo de nuestra dignidad entrar a entender y quizás aportar a una discusión solo porque en un principio nos parecía estúpido tanto escándalo sobre la foto de un vestido azul y negro.

O blanco y dorado. Yo lo veo blanco y dorado.

WILSON VEGA
Editor de Redes Sociales

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