Culto a la personalidad / Opinión

Culto a la personalidad / Opinión

Es curioso como buscamos al genio solitario cuyo esfuerzo individual se vuelve orgullo nacional.

26 de febrero 2015 , 07:59 p.m.

Hace 110 años, un físico empleado de la Oficina Federal de Propiedad Intelectual, en Berna (Suiza), publicó 4 artículos científicos que cambiaron nuestra visión del espacio, el tiempo, la masa y la energía para siempre. Este empleado, llamado Albert Einstein, contribuyó de forma sustancial a formar las bases de la física moderna y se convirtió en el científico más conocido del mundo.

Decir que sin el trabajo de Einstein no tendríamos pantallas de televisión, sistemas de posicionamiento global o energía nuclear sería simplificar un legado científico monumental.

Por eso es difícil separar el trabajo de Einstein de la caricatura del científico excéntrico y distraído con la que se inmortalizó en la cultura popular. Para muchos, Einstein es el epítome de la genialidad, la prueba viva del virtuoso escondido tras las malas notas en matemáticas, el científico rebelde, aislado e infalible. Pero la realidad es más complicada.

Si Einstein no hubiese aprendido bien matemáticas, no habría entendido el contexto de sus descubrimientos. Si Einstein hubiese estado en aislamiento, lejos de los diálogos activos de las discusiones científicas de su tiempo, no habría podido afinar sus ideas o construir sobre los cimientos que otros habían construido.

Si él no hubiese tenido un trabajo para mantener a su familia después de graduarse de física, no habría desarrollado sus ideas.

Si Einstein no hubiera tenido experiencia en una fábrica de instrumentos eléctricos, probablemente no habría desarrollado la intuición profunda de la física que después imprimió en su trabajo.

Es curioso ver la forma en que seguimos buscando al genio solitario, al excéntrico triunfador cuyo esfuerzo individual se convierte en orgullo de toda una nación y hace olvidar el sistema en el cual nacen las frustraciones de sus habitantes.

Buscamos al Einstein del afiche y no al que descubre el mundo, paso a paso y en comunidad. Les exigimos a nuestros científicos las soluciones de los problemas de nuestro tiempo, sin darles espacio para transmitir su conocimiento o ayudar a generar nuevas ideas.

Esperamos que nuestros ciudadanos encuentren valor en la educación, pero utilizamos la ciencia como un fetiche y dejamos de enseñarles en qué tiempo viven y en dónde están parados. Deseamos construir una tierra de ensueño como Disneylandia, pero esperamos que quienes vienen a hacerlo la traigan en su maleta.

JUAN DIEGO SOLER
Ph. D., investigador del IAS (Francia)
@juandiegosoler

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