Jorge Villamil, un músico inmortal

Jorge Villamil, un músico inmortal

Hace cinco años falleció el compositor colombiano. Creó sanjuaneros, boleros, porros y vallenatos.

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26 de febrero 2015 , 06:59 p.m.

Al lado del novelista José Eustasio Rivera, autor de 'La vorágine', el médico y compositor huilense Jorge Villamil Cordovez es considerado el “otro” huilense universal. Sus 172 canciones, que abarcan múltiples géneros, son las más interpretadas dentro y fuera del país.

Como defensor del gremio de los creadores, participó en la modernización de Sayco y estuvo en los inicios del Reinado Nacional del Bambuco.

Los Tolimenses, Garzón y Collazos, Silva y Villalba fueron sus primeros grandes descubridores e intérpretes.

Para conjurar el olvido sobre su vida y obra, el periodista huilense Vicente Silva Vargas lo incluyó en la serie de televisión 'Maestros'. Además, investigó a fondo su vida y su obra, al punto de que es el autor de la biografía 'Las huellas de Villamil'.

El periodista Vicente Silva reunió en el programa ‘Maestros’ a los grandes de nuestra música: atrás, de izq. a der.: Antonio M. Peñalosa, Jorge Velosa, Emiliano Zuleta, Villamil, Rafael Escalona, Rafael Campo Miranda, Héctor Ochoa y Álvaro Villalba. Abajo: Jaime R. Echavarría, Adolfo Echeverría, Estercita Forero, Silva, Leandro Díaz y ‘Cholo’ Valderrama.

Para usted que lo conoció en profundidad, ¿quién fue Jorge Villamil?

Un hombre polifacético, hijo de un terrateniente que coadyuvó en la fundación de Fedecafé, de familia ultragoda, aunque él se calificaba de centro, un autodenominado “campesino ilustrado que prefirió el arte a la ciencia, con el criterio de que “médicos había muchos y músicos, muy pocos”.

Es el compositor que más ritmos colombianos abordó, desde sanjuaneros, rajaleñas y bambucos hasta porros, cumbias y paseos vallenatos. En total compuso la letra y la música de 173 canciones y fue coautor de otras seis.

También hizo boleros, baladas, boleros morunos, un calipso y un pasodoble. Junto con José Eustasio Rivera se puede decir que es el “opita más grande” (por encima de los tres presidentes de allá y otros personajes). Es tal vez el huilense que mejor supo perfilar a los opitas y el hombre que con su música contribuyó a que el Huila fuera conocido más allá del cerro del Pacandé.

¿Por qué es tan importante Jorge Villamil?

Además de médico-compositor, fue uno de los gestores de la modernización de Sayco y la necesidad de darles un estatus a los compositores colombianos.

Como si fuera poco, en los años 60 fue gestor de paz en una de las tantas comisiones creadas por Lleras Camargo y Guillermo León Valencia para procurar la paz con las guerrillas liberales que luego se convirtieron en las Farc.

En esas gestiones por El Pato y Guayabero (regiones de Huila, Caquetá y Meta mencionadas en El Barcino, volvió a encontrarse con Pedro Antonio Marín (alias ‘Tirofijo’), el recogedor de café que en los años 50 llegó del Viejo Caldas para trabajar como recogedor de café de la hacienda del Cedral. De su vocación pacifista surgieron por lo menos diez canciones ('El Barcino', 'El retorno de José Dolores', 'Adiós al Huila', 'Cantemos a la paz', 'Los aserríos'…)

Villamil (segundo de derecha a izquierda, mirando a la cámara), en una casa de colonos de la región de El Pato y Guayabero.

Simultáneamente, con ricos y pobres de Neiva, ayudó a crear en 1961 el Reinado Nacional del Bambuco, otro de los emblemas culturales de la región (con todos sus aciertos y contradicciones).

Es el colombiano que más ha compuesto sanjuaneros y rajaleñas, y como tal hizo en los años 60 lo que los antropólogos llaman trabajo de campo, para conocer con los campesinos cómo era que sonaban las tonadas populares interpretadas y creadas por ellos. Eso le sirvió de base para componer parte de su cancionero folclórico.

Es tal vez el compositor colombiano más interpretado en el mundo; especialmente, con canciones como 'Llamarada y Espumas', de las cuales se conocen más de 200 versiones en español, inglés, italiano, finé, portugués, etc.

Entre los artistas famosos que lo han cantado están: Javier Solís, Felipe Pirela, Soraya, Nati Mistral, Vicente y Alejando Fernández, Daniel Santos, Emilio José, Los Melódicos, Amalia Mendoza, Los Chalchaleros, Olimpo Cárdenas, Julio Jaramillo, Néstor Zavarce.

Otros, en otras latitudes, fueron Lorenzo Santamaría, Juan Erasmo Mochi, Pepe Aguilar, Antonio Aguilar, Felipe Arriaga, Manolo Muñoz, Lucha Villa, Lola Beltrán, Flor Silvestre, Yolanda del Río, Ayda Pérez, Estela Núñez, María Elena Sandoval, Yolanda del Río, Chelo, Lupita D’Alessio, Olivia de Montenegro, Malena Reyes, Edith Márquez, Rosario Pineda y Alicia Juárez. Y hay más: Jerónimo, Olga Guillot y Chucho Avellanet.

Del lado colombiano: Garzón y Collazos, Silva y Villalba, Los Tolimenses, los Hermanos Martínez, Isadora, Claudia, Carmenza Duque, Beatriz Arellano, Vicky, Ángela y Consuelo, René Devia, Arnulfo Briceño, Zabala y Barrera, Los Tejada, Cantares de Colombia, Helenita Vargas, Alci Acosta, el Combo de las Estrellas, Fruko y sus Tesos, la Sinfónica de Colombia, la Filarmónica de Bogotá, la Sinfónica de Vientos del Huila. Y sigue un largo etcétera…

En realidad, en mi investigación, tengo más de 300 intérpretes de su música, entre colombianos y extranjeros

¿Cómo se gestó su vocación musical?

Su vocación nació en la hacienda El Cedral, la más grande plantación cafetera del sur colombiano en los años 30, 40 y 50 hasta cuando la violencia fue acabando con la producción y sacó corriendo a don Jorge y su familia. Allá, los artistas eran sus padres y los campesinos recogedores de café que habían aprendido a tocar a puro oído los bambucos y rajaleñas de la tradición popular.

Como no había televisión y la radio apenas estaba empezando, a Jorge hijo le tocó hacerse músico oyendo a los jornaleros, escuchando a su padre y disfrutando de una vieja victrola RCA Víctor, que era un artículo exótico y suntuoso para la época.

¿Cómo era su forma de componer?

Nunca fue a la academia (él decía que era analfabeto musical). La única vez que intentó aprender notación fue expulsado del conservatorio por un cura italiano, el padre Andrés Rosa, que lo sacó de las orejas “para no dañar su vocación natural para la música”.

Su forma de componer era elemental y curiosa: captaba en su mente la idea central de un personaje, una situación o un paisaje y empezaba a silbarla y a silbarla ideando la letra y buscando su ritmo (era un gran silbador). Cuando ya la tenía lista, tomaba la guitarra o el tiple y la convertía en música de cuerdas que luego pasaba al papel escribiendo frase por frase hasta tenerla terminada. Luego guardaba el papel y lo pasaba a limpio, pero no le consultaba su contenido ni su idea a nadie.

Sus descubridores musicales fueron Los Tolimenses, pero quienes lo afianzaron nacionalmente fueron Garzón y Collazos. Sin embargo, los éxitos arrolladores después de su llegada de México en los años 60, cuando fue a especializarse (aunque terminó tomando tequila y jalándole a la música con José Alfredo Jiménez y otros artistas), fueron Silva y Villalba, que en 1969 ganaron la Orquídea de Plata Phillips.

¿Lo de médico como se expresa en su vida y obra artística?

Muy poco, yo diría que casi nada, entre otras cosas porque su papá lo obligó a estudiar medicina. Sin embargo, hay un aspecto que me llamó la atención en toda su obra: era un gran alcahueta. Le gustaba escuchar los dramas y las tragedias amorosas de otras personas para convertirlas en canciones; por eso concluyo que si bien fue un gran médico, ortopedista famoso y prestigioso que no quiso hacer dinero con su profesión, fue mejor como médico del alma. Le gustaba dar consejos, recomendaciones, sugerir… una especie de celestino (y lo admitía). Fruto de sus recetas amorosas son canciones como Llamarada, Llorando por amor, Acíbar en los labios, Oropel, Sabor de mejorana.

¿Tenemos injustamente olvidado al maestro Villamil?

No diría que expresamente a Villamil sino a toda la música folclórica de Colombia, en especial la de la zona Andina. Hoy es un gran suceso (casi que una noticia extraordinaria) escuchar en las cadenas radiales o en las emisoras de provincia un pasillo, un bambuco, un vals, un torbellino.

Parece que nos avergonzara mostrar una música valorada en otras naciones, como México (en Yucatán existe el bambuco yucateco llevado hace más de un siglo por Pelón y Marín).

Nos da pena divulgar la música de cuerdas porque eso puede parecer de ‘campeches’ (como decimos en el Huila a la gente no muy pulida), corronchos o montañeros (como dicen en Antioquia).

Hay un arribismo rampante en los medios de comunicación, y esta música se nos está convirtiendo en algo de museo, pero museo de pueblo, ojalá bien escondido y empolvado.

A eso contribuyen también muchos gobiernos locales de la región Andina que prefieren contratar seudovallenatos, reguetón, champeta y música norteña que alabe a los pícaros.

Es increíble que se ignore a propósito toda una corriente cultural que nació en la parte media de la Colonia (hace más de 300 años) y que comprende más del 70 por ciento del territorio nacional.

En resumen: la música andina colombiana hoy es una música marginal que al paso que va solo se podrá escuchar en guetos o en lugares de culto, alejados de todo modernismo, porque se corre el riesgo de que lo nuevo se contamine por los malos gustos de los viejos.

Villamil también fue protagonista de sus composiciones…

Claro, en mi libro cuento que más de un centenar de sus obras tienen fundamento en gente de carne y hueso. Unas, en las que fue protagonista (Espumas, Garza morena y El Detenido), y otras, en las que se enteró de los detalles o los protagonistas le compartieron sus cuitas.

Uno de los aspectos más llamativos de él es su condición de cronista musical de gran factura. Le menciono unos pocos: El Barcino, El embajador de la India, Si pasas por San Gil, Mirando el Valle del Cauca, Llano Grande, Luna roja. También fue un gran pintor del paisaje que le hizo canciones a Bogotá, Nariño, Cartagena, Santander, Norte de Santander, San Andrés, Popayán, los Llanos, el Huila.

En el sentido estricto de ir cantando de pueblo en pueblo al estilo de Francisco el Hombre o de Alejo Durán, yo diría que no era un juglar, pero en un concepto más amplio sí podría aplicársele porque quizá ha sido el músico colombiano que más les ha cantado a pueblos y regiones.

A donde iba y le pedían que hiciera una canción, él lo hacía o, si no se lo pedían, él mismo, sin cobrar un peso, lo hacía. De sus visitas a pueblos y ciudades hizo canciones memorables, como Luna roja, Mirando el Valle del Cauca, Balcón de la Sierra (al valle de Aburrá), Playas de San Andrés, La mestiza (a la Virgen de Las Lajas), El Milagroso (al Cristo de Buga)…

¿Al lado de qué compositores lo ubicaría?

Está entre los más grandes del interior y la costa Caribe. Para no hacer largo el cuento, escojo ocho compositores: dos de los pioneros que a finales del siglo XIX y principios del XX ayudaron a forjar una canción andina autónoma y original, como Pedro Morales Pino y Luis A. Calvo, y dos que más adelante, después de 1950, contribuyeron a afianzar esa música interiorana: el gran José A. Morales y Jorge Villamil. Del Caribe escojo cuatro gigantes: José Barros, Pacho Galán, Lucho Bermúdez y Rafael Escalona. Esos son mis ocho colosos de la música nacional.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ G.
Especial para EL TIEMPO

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