Zapatico, el payaso que se ríe de sus desgracias en Cali

Zapatico, el payaso que se ríe de sus desgracias en Cali

A Jair Astudillo, de 55 años, no le tocó una vida fácil y se resiste a caer contando chistes.

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26 de febrero 2015 , 09:59 a.m.

“Si esa cosa se va a quedar así, es mejor que se muera”, fueron las palabras que pronunció Jaime Alberto Astudillo para referirse a su hijo, Jair, el mayor de siete hijos que acababa de nacer con los pies torcidos.

Esa mañana de mayo, del año 1959, iniciaba la historia de un hombre que a pesar de las adversidades no ha dejado de sonreír, Jair Astudillo ha tenido que vivir en carne propia la triste historia del payaso que ríe por no lamentar las amarguras de la triste vida.

“Aún tengo algunas cicatrices que me dejó mi padre, nunca hemos tenido una buena relación. En parte yo nací con tantos problemas por los golpes que él le daba a mi madre”, asegura Jair Astudillo, o ‘Zapatico’, como se le conoce en una esquina, en el sur de la capital del Valle del Cauca.

Desde temprana edad, la vida se empecinó en golpear a Jair. A sus dos años una secuela de Polio sacudió su cuerpo, que hasta ese entonces padecía de cadera dislocada y permanecía con sus pies torcidos. A los 14 años la epilepsia no le permitió terminar octavo grado en el colegio Santa Librada, “el médico que me atendió me dijo que era el estudio o mi tratamiento, yo preferí mi tratamiento porque quería curar mi enfermedad”, asegura.

Luego de pasar por un año de 36 pastas diarias, con tan solo 15 años, Jair no se recuperó, por el contrario, ahora el Parkinson se añadía a su lista de padecimientos. Solo un golpe de suerte le permitió enderezar sus pies, con lo cual se sintió satisfecho.

“Al terminar el bachillerato me dio artritis, decidí conseguirme el dinero de alguna manera, así que empecé a contar chistes en los buses, con eso me ganaba lo suficiente para vivir y la gente me colaboraba por verme en silla de ruedas”, recuerda Jair.

Todos los días, el joven devoraba pequeños libros con chistes, fue muy juicioso con su rutina ya que pensaba que con este método viviría para siempre. Perfeccionó su espectáculo y las Papagayo, las Blanco y Negro y las Alameda se convirtieron en su escenario. Con 22 años, Jair era el ‘cuentachistes’ más reconocido del transporte de la ciudad.

“Un día un señor me propuso aprender el arte de la zapatería. De todo se aprende en esta vida y yo me arriesgué a trabajar el oficio”, cuenta y lanza un suspiro con una mirada de decepción en su rostro.

El nacimiento de ‘Zapatico’

Jair aprendió el oficio del zapatero, perfeccionó su arte y se fabricó su primer par de zapatos, el izquierdo con una plataforma de seis centímetros, producto de su cadera dislocada. Fabricaba para hombres y mujeres, ganaba bien y veía con buenos ojos el dejar que su vida dependiera de crear calzado. Pronto la vida le demostraría lo contrario.

Fue a los 24 años. Como siempre Jair había llegado a su trabajo, para iniciar con la elaboración de calzado e irse lo más temprano a su casa, en el barrio El Jardín, en el suroriente de la ciudad. Antes del mediodía, una sensación de calor abrazó su espalda, luego sus ojos se cegaron y cayó inconsciente al suelo. La epilepsia lo atacó de nuevo.
“Cuando me llevaron al doctor, resulta que el pegamento Bóxer, el cual usábamos para elaborar el calzado, incrementaba la posibilidad de que mis ataques epilépticos se repitieran con frecuencia. De nuevo, tenía que buscar qué ponerme a hacer”, sostiene el hombre que hoy cuenta con 55 años de vida.

En ese entonces, el médico le recomendó vender lotería y aunque el dinero le alcanzaba, Jair quería conseguir un poco más para quedarse en definitiva con un lugar en las calles de Cali, un lugar donde conseguir su sustento, ese mismo que le negó su padre a causa de sus enfermedades.

“A mi padre yo lo perdoné hace mucho. No me gusta hablar de él, solo trato de convivir con él y de vivir mi vida”, asegura.

El punto de la calle 52A con carrera 6 se convirtió en su zona, empezó a usar pelucas, usaba trajes más brillantes y ocasionalmente echaba algún chiste a algún conductor desprevenido. Compró un paquete de bombones y desde algo más de 30 años no se ha movido de ese lugar, donde ya los conductores lo conocen como el payazo ‘Zapatico’.

'Pan de cada día'

Jair se levanta todos los días a las 6 de la mañana, su habitación es de tres por cuatro, lo suficiente para tener una cama, un armario y un televisor con un reproductor que le permite escuchar baladas. La iluminación no es buena, sus paredes blancas tienen rastros oscuros y sobre uno de los muros posa un reloj que se detuvo alguna vez y que él no se molesta en arreglar.

Antes de bañarse se toma sus medicamentos, una pasta de Keppra y otra de lamotrigina lamictal para controlar la epilepsia, además toma Rivotril, Etifoxina y Bupropión, lo cual le ayuda a mantenerse calmado, ya que son innumerables las noches en las que ha considerado la muerte como una solución a lo difícil que ha resultado su vida.

“Hace mucho tiempo me enteré un puñal en el abdomen, por un milímetro no herí mi intestino, desde entonces me medicaron para evitar que lo intentara de nuevo”, habla mientras se maquilla para salir a trabajar.

En medio del desorden, sosteniéndose con fuerza de la pared, mientras difícilmente camina hasta el armario, revisa unos 15 segundos cuál de sus 19 trajes utilizará este día. Cuenta con 50 pelucas, algunas elaboradas por él, otras han sido regalos, también tiene boinas y sombreros.

En su casa, vive con un hermano y su esposa, en el tercer piso de la vivienda viven sus padres, con quienes no habla mucho. Asegura que es muy temperamental y esto le ha costado la lejanía con sus familias y amigos.

Hacia las 9 de la mañana sale para esa esquina ubicada en el sur de la ciudad, diagonal a la Plaza de Toros de Cañaveralejo. Regresó a ese punto ya que cuando quiso retomar la costumbre de los buses, el MÍO no se lo permitió.

Todos los días trabaja desde las 10 a.m. hasta las 6 p.m. Hace algunos años adquirió la costumbre de elaborar carteles con mensajes, como uno dedicado a las motocicletas que no transitan por el carril derecho, lo cual le costó, hace un año, una incapacidad de cinco meses luego de ser arrollado por una.

“Me gusta dejarle claro a la gente que hay quienes trabajamos como vendedores o echamos un chiste, pero hay otros que solo quieren pedir y que les den. Eso es detestable”, sostiene.

Entre los carros ‘Zapatico’ se acerca y sonríe, hay personas que no bajan el vidrio, otros le dan dinero y no reciben los bombones; algunos sonríen cuando este payaso con muleta se hacer y les dice “no chupe dedo, chupe bombón”. Antes de caer la tarde, ‘Zapatico’ tendrá cerca de 40.000 pesos en el bolsillo, suficiente por el día y demasiado para las discapacidades que le impidieron ser una persona diferente.

MIGUEL ÁNGEL ESPINOSA
CALI

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