Editorial: Cultura sicarial

Editorial: Cultura sicarial

El asesinato de los Vanegas recuerda la tendencia a recurrir a la violencia para dirimir conflictos.

25 de febrero 2015 , 09:18 p.m.

Los relatos de los tenebrosos sicarios que participaron en el asesinato de los cuatro hermanos Vanegas Grimaldo en Florencia (Caquetá), publicados por este diario el pasado fin de semana, son estremecedores. Espeluznantes testimonios cargados de cinismo, sevicia y salvajismo, ante los cuales es natural sentir asco y repudio. Un rechazo lógico que tiene que traducirse en acciones institucionales, pero también personales, para proteger a los niños.

Dicho lo anterior, esta radiografía del crimen que conmovió a todo un país debe dar, asimismo, pie para una reflexión ligada a la coyuntura por la que atraviesa hoy Colombia: la del umbral de un posconflicto. Hay que subrayar varios detalles, como que el crimen no tuvo nexos con el conflicto, con ningún grupo ilegal, aun cuando los autores quisieron usar la máscara de uno de ellos –las Farc– para reforzar su intimidación. Otro aspecto tiene que ver con que por lo menos uno de los participantes sí había estado vinculado a los paramilitares, donde se curtió como delincuente, llegando a dominar diversas prácticas criminales. “Tenía experiencia desplazando gente”, afirmó uno de ellos, como si esta se tratara de una experticia más de su perfil profesional.

El punto aquí es que este macabro hecho deja en evidencia lo que los expertos han llamado las “tecnologías de la violencia” y de qué manera están arraigadas entre ciertos sectores. Están presentes a lo largo de toda esta historia: desde la decisión de Luzmila Artunduaga de “asustar” a los Vanegas Grimaldo hasta la increíble naturalidad con la que los autores materiales hablaron y planearon el acto, pasando por la frialdad con la que uno de ellos, alias ‘Chencho’, sobre la marcha, decide, ante la ausencia del padre, quitarles la vida a los menores.

El terrible episodio revela la facilidad con la que históricamente se ha recurrido a la violencia letal como método de resolución de problemas en Colombia. Un aspecto que varios de los académicos de la Comisión Histórica del proceso de paz resaltaron y que si bien tiene relación con el origen y la prolongación del conflicto, es una variable independiente del mismo. Es decir, que se firme la paz no garantizará que esta deje de ser una forma de dirimir conflictos cotidianos o políticos.

A nadie puede dejar tranquilo la banalización de la muerte que subyace en las conversaciones previas a la masacre. Tampoco, insistimos, la facilidad con la que se recurrió a la violencia para resolver el problema y la disponibilidad de la oscura “mano de obra” para proceder. Es un fatal acervo cuya desactivación es tal vez el gran reto del posconflicto. Sobre todo si se asume que este aumentará con el regreso a la civilidad de miles de antiguos combatientes.

El reto es muy complejo y necesita mucho más que recursos económicos. Tiene bastante que ver con reformar la justicia y lograr que esta sea eficiente para recuperar la confianza de la gente, y ejemplarizante, para disuadir a los criminales. También con el fortalecimiento del tejido social y la atención debida a la primera infancia.

En suma, es apostarle a una larga transformación cultural que se base en insistir de todas las maneras, en todos los lenguajes y por todos los canales posibles, en que la vida es sagrada, hasta que cale definitivamente.

 

EDITORIAL
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