El llanto que le dio a Colombia un título mundial de béisbol

El llanto que le dio a Colombia un título mundial de béisbol

Isidro Herrera, hace 50 años, le lloró a Tony Pacheco para que lo dejara lanzar en el último juego.

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25 de febrero 2015 , 07:16 p.m.

‘Barrita de Tiza’, como se conoció a Justo Taborda, el ‘recogebates’ y mascota de las selecciones Colombia de béisbol, le dio un recado al oído de Isidro Herrera: “Dice el maestro Tony Pacheco que bajes ya para hablar con él”.

Era el comienzo de la noche del viernes 26 de febrero de 1965, y Colombia, bajo la dirección técnica del cubano Pacheco, acababa de vencer 11-5 a México, en el estadio local Once de Noviembre, en el segundo partido de tres extras por el desempate final de la XV Serie Mundial de Béisbol Aficionado (terminaron igualados con marca de 7-1).

Isidro, en el sitio de la caseta del equipo visitante (estadio Once de Noviembre), donde le imploró al técnico Tony Pacheco, en 1965, que le permitiera lanzar.

Lanzador derecho del seleccionado, Herrera se aprestaba a quitarse el uniforme en la habitación 202 del segundo piso del hotel San Felipe, que compartía con los otros cinco lanzadores, los dos receptores y el asistente técnico Manuel ‘Capi’ Castillo.

El pelotero bajó de inmediato a la habitación-oficina, única con aire acondicionado, donde se alojaba Pacheco, quien lo esperaba sentado al otro lado de un escritorio. El cubano lo invitó a que se sentara en una silla frente a él y, en seguida, le habló:

–Isidro: usted mañana va a lanzar –le manifestó a secas–. No se lo diga a nadie. Váyase para su casa con su familia y lo espero a las nueve de la noche.

Herrera regresó a su habitación, se cambió la ropa y partió en una chiva al cercano barrio de Lo Amador, a casa de sus padres.

Según sus propias palabras, allí le faltó un megáfono para decirle al barrio entero que sería el lanzador del último partido de la Serie Mundial. Vecinos y curiosos ‘invadieron’ la casa para saludar al integrante del seleccionado, que en ese momento tenía a Colombia expectante por su desempeño en el campeonato con sedes en Barranquilla y Cartagena.

Poco después de la nueve de la noche, regresó al hotel, no soltó una palabra a nadie cuando los compañeros indagaban quién sería el lanzador y se fue a cama. Pero solo logró dormirse pasada la medianoche, imaginando la jornada del día siguiente, con el estudio que tenía de los bateadores mexicanos.

Cerca de las ocho de la mañana siguiente, sábado de Carnaval, fue el último en despertarse en la habitación, y eso porque el asistente técnico Castillo, aprovechando que no había nadie, lo hizo tomándolo por un brazo al ver que no reaccionaba por el sueño profundo.

–Eres tú –le dijo ‘Capi’–. Eres tú, Isidro, el lanzador de hoy.

–‘Capi’ –respondió Isidro, mirando a todos lados–, yo lo sé desde anoche.

–Pacheco nos reunió a todo el cuerpo técnico anoche –aseguró Castillo– y nos preguntó quién debía ser el abridor del último partido. Todos dijimos que tú. Entonces él nos mostró un papelito que tenía en la mano derecha y allí estaba tu nombre. Quería saber si estábamos de acuerdo…

Esa mañana, en el desayuno-almuerzo, entre 10:30 y 11 de la mañana, los beisbolistas se preguntaban cuál era el lanzador. El misterio creció porque Pacheco, esa mañana, por única vez en el campeonato, no hizo ‘el mitin’, la reunión técnica sobre el partido.

El bus salió rumbo al estadio sin saberse en el equipo quién sería el abridor. La intriga era mayor entre los lanzadores. Ascensión Díaz, perdedor el jueves en el primer partido extra, y Rafael Castro, ganador en la víspera, estaban descartados, al igual que Astolfo Alvear, utilizado como relevo, y Juan Guerrero, que no había tirado una bola en todo el torneo. Quedaban Arthur Forbes y Herrera.

¡Lanzador de 17 años!

Sentado en la mitad del vehículo, en la parte izquierda, Herrera miraba cómo los aficionados sobre la Avenida Pedro de Heredia ovacionaban cuando descubrían que se transportaba al seleccionado nacional.

Se decía de manera mental ‘soy yo’, cuando los otros lanzadores creían que el elegido, por la exigencia del juego, era Forbes, un sanadresano y militante de la Liga de Atlántico de amplia experiencia y velocidad.

Podrían tener razón porque Isidro Herrera Acuña era un jovencito nacido en el barrio Getsemaní de Cartagena, el 20 de abril de 1947 –el mismo año que Colombia ganó el primer y único título mundial en su historia deportiva hasta entonces (el de béisbol con el equipo encabezado por ‘Petaca’ Rodríguez y ‘Chita’ Miranda)–. Es decir: ¡Herrera era un muchacho de apenas 17 años!

Séptimo de nueve hermanos del matrimonio entre Isidro Herrera Arnedo (trabajador de Ferrocariles de Colombia) y Sara Acuña (ama de casa), creció en un ambiente beisbolero, actuando en playones en todas las posiciones de la ‘pelota caliente’. Ingresó al béisbol oficial como receptor del equipo infantil de Tigres, a los 9 años. Tiempo después, entre 1957 y 1958, como tenía buen brazo, lo emplearon en el rol de lanzador. En 1964, a los 16 años, debutó en Primera Categoría con el equipo Base Naval y luego integró la Selección Bolívar. Por su nivel, pasó a la Preselección Colombia.

Cuando asumió Tony Pacheco como técnico de Colombia para esa serie mundial, inaugurada el 12 de febrero de 1965, lo incluyó en la nómina al decirle que tramitara el permiso en el colegio (estudiaba cuarto de bachillerato en la Universidad Libre). “Usted va a ser pitcher intermedio… Me gusta su coraje”, le dijo el también jefe de operaciones de los Astros de Houston en las Grandes Ligas.

El muchacho, cuya cara representaba menos de 17 años, era motivo de bromas de sus compañeros, todos mayores y de largo recorrido en el béisbol. El jardinero izquierdo Óscar Luis Gómez, el popular ‘Rompe chécheres’, lo mandaba a comprar patacones. Otros lo ponían a embolar los zapatos o a comprar gaseosas y pudines.

A todas las órdenes Herrera cumplía. Siempre era llamado como ‘culicagao’. Pero no le molestaba porque esos mismos hombres que consideraba maestros deportivos cambiaban de opinión cuando de béisbol se trataba. “¡Pongan a ‘pitchear’ al pelao, que tiene cojones!”, pidieron en varias oportunidades al cuerpo técnico, como antes de su victoria 9-0 sobre Guatemala, el 18 de febrero en Barranquilla, y en sus estupendos relevos en el triunfo contra El Salvador y en la derrota ante México, en el primer partido de la serie extra.

El llanto y la gloria

Ese 27 de febrero de 1965, al llegar al estadio Once de Noviembre, Colombia inició la práctica ofensiva. Uno a uno los titulares agarraron los bates. Pero cuando Isidro Herrera tomó el suyo, como noveno turno, lugar usual del lanzador, se escuchó una voz desde la caseta del equipo nacional:

–¡Qué batee Forbes! –gritó alguien.

Herrera se molestó y buscó a Pacheco, que miraba la práctica de bateo desde la caseta.

–¡Usted me engañó! –dijo llorando, como lo que era: un niño–. Anoche me anunció que iba abrir y hoy me cambia. ¡Yo me voy, me voy!

Pacheco no le hizo caso y siguió observando la práctica. Herrera no se fue, pero se refugió al fondo del camerino, solitario. Al rato llegó hasta su lado el receptor Gerardo ‘Pájaro’ Guzmán y le preguntó qué pasaba. Herrera, sin dejar de llorar, contó la historia.

–Bobo, tú eres el que va a lanzar –le dijo Guzmán.

–¿Verdad, ‘Niño Gera’? –, preguntó Herrera.

–Sí, vamos al campo –respondió Guzmán–. Necesitas batear y calentar el brazo.

Herrera abrazó al receptor y lo besó en la frente. Se lavó la cara y salía al campo, cuando Pacheco lo detuvo.

Herrera, de 17 años, en foto publicada por EL TIEMPO el 28 de febrero del 65.

–Espero que no me haga quedar mal –le dijo el director técnico cubano–. Confío en usted, hijo (a Herrera se le eriza la piel al recordar 50 años más tarde estas palabras). Póngase de acuerdo para las señas con Gerardo Guzmán.

Ese día, con 20.000 fervorosos aficionados en las gradas –entre ellos su padre y tres hermanos–, Herrera, con el número 10 en el uniforme blanco que utilizaba el equipo como local (ese día jugó como visitante), comenzó mal. Tiró seis bolas altas y malas. De inmediato ingresó al campo el asistente técnico Néstor ‘Champeta’ Martínez, y a él se le unió Guzmán hasta llegar a la ‘lomita de los sustos’.

–¡No me vengan hablar de nervios! –gritó un exaltado Herrera.

–No te aceleres –le manifestó Guzmán, maestro para guiar a los lanzadores.

–Estás dejando el brazo en lo alto –le dijo ‘Champeta’ Martínez.

–Ah, ¿era eso? –dijo el lanzador–. Perdóname, ‘Champeta’… Tranquilo, ‘Niño Gera’...

A partir de entonces, con variedad de envíos –recurriendo a rectas y curvas y a un lanzamiento que él llama ‘tornillo’: recta que se baja en el home– y mucho control, Herrera, que tras el juego fue bautizado como ‘El chiquillo del brazo de oro’, dominó por completo a la peligrosa artillería mexicana. Permitió dos aislados imparables y concedió tres bases por bolas. Llevó a Colombia al triunfo 4-0 y al título mundial.

En medio de una locura colectiva en el país, esa noche los aficionados lo despojaron del uniforme en el mismo estadio. Al día siguiente, al viajar a Bogotá, donde el seleccionado sería homenajeado en el Hipódromo de Techo, fue levantado en hombros por los aficionados y perdió la medalla de campeón mundial que colgaba en el pecho.

Sin la casa prometida por el Gobierno Nacional, con la carrera truncada por un accidente automovilístico en 1966, entrenador por años de varios seleccionados, el padre de cuatro hijos y hoy jugador de sóftbol recreativo, el primer héroe infantil del país a nivel mundial en mayores recuerda la celebración esa noche en un hotel de Bocagrande, cuando Tony Pacheco lo llamó aparte.

–Hijo, yo no me equivoqué con usted: mostró coraje y temple –dijo Pacheco–-. Otro lanzador que no quiera comprometerse se queda callado.

–Maestro: ¿de usted fue la voz que dijo que bateara Forbes? –preguntó Herrera.

–No, yo no fui –contestó Pacheco–. Pero no hablemos de eso…

ESTEWIL QUESADA FERNÁNDEZ
Enviado especial de EL TIEMPO

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