La tormenta perfecta

La tormenta perfecta

Los sueños mesiánicos comienzan siempre con grandes discursos y terminan en grandes colas.

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25 de febrero 2015 , 06:28 p.m.

Hace años, a comienzos de los 2.000, en un hotel de Maracaibo donde debía presentar mi libro Adiós, muchachos, me tocó ver el ir y venir de los participantes a un entusiasta cónclave de partidarios del comandante Hugo Chávez, recién llegado entonces a la presidencia, que se celebraba en otra sala vecina, todos de boinas y camisas rojas, broches en las boinas e insignias en las camisas, y todos con rostros sonrientes y entusiastas, como si acabaran de atrapar el futuro y no estuvieran dispuestos a soltarlo.

Para entonces yo ya venía de vuelta de mi propia revolución en Nicaragua, y precisamente en aquel libro de memorias contaba mis experiencias, un libro lleno de nostalgias por lo que pudo haber sido y no fue; y para quien quisiera leerlo buscando lecciones, que yo no me proponía dar, también estaba lleno de advertencias acerca de los errores y equivocaciones que una revolución incuba desde el primer día, a lo mejor sin proponérselo, pero que indefectiblemente conducen a la fatalidad.

Y mientras escuchaba al otro lado del tabique corear las ardorosas consignas bolivarianas, me invadía un sentimiento confuso en el que se mezclaban mis recuerdos de cuando los diques se rompen, se sueltan las aguas caudalosas y entonces todo parece posible; mi respeto por la devoción con la que aquellos militantes improvisados, de diversas edades, compartían aquel sueño que creían realizable; y la voz que por dentro me decía que esa película yo ya la había visto.

Para entonces ya sabía que lo mejor de una revolución ocurre el primer día, cuando se puede ver el mundo desde la altura, tan pequeño que se piensa que la empresa de transformarlo no tendrá mayores obstáculos, y que lo peor empieza al mismo día siguiente, cuando se decide que los sueños necesitan un reglamento. Y los sueños reglamentados se vuelven siempre pesadillas.

Es cuando el socialismo redentor empieza por acaparar la verdad absoluta, y para entrar en el reino de los justos se necesita del carné, una estrecha vía de acceso exclusiva para quienes piensan de la misma manera, o fingen que piensan de la misma manera. Es cuando los sueños de cambio entran en un rígido orden burocrático. Cuando toda voz o pensamiento distinto se castiga primero como disidencia, y luego como traición. Cuando todos los errores que se cometen por estulticia burocrática, o por estrechez de miras, se achacan al infaltable imperialismo.

Ya había aprendido para entonces en mi propia experiencia algo que una vez escuché decir a Lula da Silva en Managua, cuando nosotros ya habíamos perdido la revolución y él seguía aún intentando ser presidente de Brasil: y es que el gran error de la izquierda, un error estratégico, era pensar que la democracia se dividía en democracia burguesa y democracia proletaria, cuando lo que existía era una sola clase de democracia, sin apellidos.

Aquellas palabras desafiaban el díctum de exclusión que sigue caracterizando a la izquierda populista de América Latina en el siglo XXI, y que solo revela un sentimiento primitivo profundo, que es el de sentirse dueño exclusivo de la verdad: el díctum que divide al mundo entre feligreses y traidores. Para pertenecer a la fila de los buenos hay que ponerse la camisa roja.

Con esta concepción simplista, todos los que no rezan el credo que el caudillo y su camarilla dictan están destinados a ser silenciados, o a pasar el resto de sus días en las prisiones políticas que el Estado redentor establece en beneficio de la sanidad ideológica, y de la permanencia sin fin de los mismos en el poder: ellos, sus esposas o sus hijos.

Cuando alguien se considera dueño exclusivo de la verdad, y tiene en el puño las llaves del paraíso donde los justos con carné deben vivir hacinados, todo lo malo que ocurra dentro de las fronteras cerradas de ese paraíso será culpa de quienes se niegan a ponerse la librea ideológica. Porque para quienes dictan la regla no es posible advertir que esa regla está fundamentalmente equivocada.

Mientras la regla excluya el consenso, mientras el sistema que todo lo quiere monopolizar niegue espacios de convivencia, mientras la democracia siga teniendo apellidos, mientras desde las tribunas oficiales se siga predicando el discurso obsoleto de que el pueblo está formado solo por los partidarios del régimen, y todos los demás, cualquiera que sea su condición económica, aun los más pobres, son la derecha aliada del imperialismo, la tormenta seguirá acumulando nubes oscuras hasta convertirse en la tormenta perfecta.

Y el ogro burocrático, frente a la imposibilidad de lograr que la sociedad funcione con la normalidad pacífica que se necesita para la vida diaria (alimentos, medicinas, servicios básicos), lo único que puede hacer es ponerle más cercos a la libertad. Dictar más leyes y más reglamentos de control, más medidas de represión, confiscar más supermercados y farmacias, buscar más culpables, cuando la culpa está en el sistema mismo, que agotó hace tiempos sus sueños, y solo conserva y multiplica sus pesadillas.

Los sueños mesiánicos comienzan siempre con grandes discursos y terminan en grandes colas.

Sergio Ramírez

www.sergioramirez.com

@sergioramirezm

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