Solo nos quedó la dignidad

Solo nos quedó la dignidad

Nuestro deber prioritario es trabajar por la reconciliación y la paz de este pueblo extraordinario.

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24 de febrero 2015 , 06:31 p.m.

El miércoles pasado, día de la Ceniza, empezó la Cuaresma. Tiempo que tiene para los creyentes en Jesucristo una densidad especial de sinceridad con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Por eso esta columna lleva un testimonio personal.

Escribo cada semana desde una perspectiva de ética pública, pensando en los que buscan ser auténticos como mujeres y como hombres. La escribo para cristianos católicos y de otras denominaciones, y para quienes enfrentan las responsabilidades desde otras tradiciones religiosas o desde el agnosticismo o el ateísmo; la escribo con el mismo respeto por todos; la hago buscando el diálogo con todas las clases y posiciones sociales; consciente de la belleza y al mismo tiempo del dolor, de las pocas certezas y de las alegrías y de las luchas e incertidumbres que entraña el ser mujer y hombre.

Soy creyente en Jesucristo y recibí la fe en la Iglesia Católica y he tenido el regalo de vivir esta fe como jesuita, al lado de compañeros honestos y generosos, en la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola. La misma del papa Francisco, que nos invita a colaborar con el misterio de sentido y salvación que se abre paso en cada mujer y cada hombre. La misma de Pedro Claver, que, siguiendo a Jesús, entregó su vida por los derechos de las personas secuestradas, amarradas, empacadas en bodegas pestilentes y traídas por el mar a Cartagena como animales de trabajo, cuando la ambición convirtió en mercancía la grandeza humana de los africanos.

La relación con Jesús, en muchas horas de silencio y en el mucho trasegar al lado de la gente, me permitió ahondar a lo largo de la vida en el significado de Dios, que se manifiesta en lo más profundo de toda mujer y todo hombre para afirmarlos en la vida y llamarlos a crecer sin límites, en coherencia con la conciencia y en el amor verdadero. Así encontré lo sagrado de la dignidad humana, eje de los convenios internacionales de derechos humanos, y corazón de la enseñanza social de la Iglesia. En este mismo camino se me hizo patente el misterio sagrado que se nos da en la naturaleza. De allí mi resistencia a la minería y a la destrucción de la biodiversidad; y mi sintonía con las tradiciones indígenas de cuidado con la Pacha Mama.

Por todo esto, a pesar de las maravillas de nuestro territorio y de nuestra gente, de nuestras culturas y de nuestra economía, nada me ha conmovido y cuestionado más que la dolorosa crisis de Colombia; no crisis religiosa, sino espiritual, de destrucción del ser humano, con años de 30.000 asesinatos, con un acumulado de más de seis millones de víctimas de la guerra absurda; de secuestros, con minas antipersonales, desaparecidos, masacres y ‘falsos positivos’.

Frente a este abismo, se me cayeron todas las explicaciones filosóficas y teológicas, ideológicas y políticas. Solo me quedó la dignidad humana, portadora de sentido en mujeres y hombres que fueron arrebatados violentamente de los seres y las cosas que más querían, y que superaron el miedo y enrostraron a sus victimarios para dejar claro que no se iban a dejar vencer, no iban a huir, no se iban a doblegar, pues si lo hacían, la vida, que era lo único que les quedaba, perdía todo su valor.

Sé que este talante de grandeza está en el alma del pueblo colombiano, capaz de aceptar como propia la profundidad de la barbarie, y consciente de la responsabilidad de emerger desde allí, para demostrar que somos mucho más, que somos definitivamente humanos en la verdad, la solidaridad, el amor y el perdón. Por eso cargo un optimismo sereno, y la convicción de que nuestro deber moral prioritario es trabajar por la reconciliación y la paz de este pueblo extraordinario.

Francisco de Roux

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