¿Quién lo dijo?

¿Quién lo dijo?

Conviene saber de qué manera entienden la sexualidad quienes han llamado "enfermos" a homosexuales.

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23 de febrero 2015 , 07:47 p.m.

“Faja de cerdas o de cadenillas de hierro con puntas, ceñida al cuerpo junto a la carne, que para mortificación usan algunas personas.” Así define la palabra 'cilicio' el Diccionario de la Real Academia Española.

Estoy seguro de que muy pocos han visto en vivo un cilicio. Pero muchos quizás lo recuerdan por las duras escenas de 'El código Da Vinci' en las que un personaje llamado Silas castiga su cuerpo precisamente con un cilicio hasta hacerlo sangrar.

Tristemente, aquellas escenas que escandalizaron al mundo no pertenecían al reino de la ficción ni a un lejano pasado, como pensaba la mayoría de los espectadores.

El cilicio forma parte del mundo real y del mundo de hoy. Los miembros numerarios del Opus Dei, congregación a la cual pertenece la Universidad de La Sabana, están obligados a usarlo seis días a la semana, durante dos horas cada día, muy apretado en alguno de los muslos.

Con un principio similar al del sadomasoquismo, con el dolor que produce el cilicio pretenden inhibir el deseo sexual. Reemplazar el placer por dolor.

Esta cadenilla, parecida a un collar de castigo para perros, y un látigo con el que deben azotar la espalda todos los sábados son los grandes aliados de los numerarios en su intento por cumplir con un voto que les prohíbe contraer matrimonio y tener relaciones sexuales.

De no ser porque en un alto grado quienes optan por el celibato en el Opus Dei han sido forzados a tomar esta decisión antes de cumplir la mayoría de edad, uno podría pensar que se trata de una legítima opción de vida, por extraña que parezca la práctica de castigar el cuerpo para alejarlo de los placeres sexuales.

Lo cierto es que conviene saber de qué manera entienden la sexualidad quienes se han atrevido a llamar “enfermos” a los homosexuales. Son los mismos que en sus colegios arrancan las páginas que dedican los libros de biología a la explicación anatómica del cuerpo humano. Los mismos que han separado por sexos las casas de su congregación: allí donde viven los hombres, las mujeres que realizan el aseo de la casa deben entrar por otra puerta y hacer sonar un timbre cuando van a cruzar la frontera, para que los hombres se escondan en el oratorio o en la biblioteca y eviten el contacto visual con ellas.

¿Tal vez han debido declararse impedidos para opinar sobre un tema con el cual tienen una relación tan dolorosa?

Fernando Quiroz
@quirozfquiroz

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