El fin del populismo

El fin del populismo

¿Por qué caudillajes y personajes autoritarios se han prodigado y perpetuado?

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22 de febrero 2015 , 11:14 p.m.

Es cuestión de tiempo, de desgarro y fractura de una sociedad partida en dos mitades, de espaldas una a la otra. Fin de ciclo, fin de farsa. La farsa de la historia, la misma que juega con elecciones, mensajes, adoctrinamientos y manipulaciones. Dos y tres Américas, distintas, pero no distantes.

Una América de la que nos unen lazos y vínculos extraordinarios. Una América herencia de su pasado, errante en lo político y débil en lo económico en algunos países, pujante y dinámica en otros, que anhela mirar hacia el futuro con un presente muy diferente, y huérfano de esperanzas y múltiples engaños donde el populismo germinó y brotó con fuerza empobreciendo a sus poblaciones, ignorando los derechos y secuestrando las libertades.

Una América que se debate entre el populismo y la socialdemocracia de los setenta y comienzo de los ochenta, con discursos vacuos en unos casos, y más serios y rigurosos en otros, como Chile o Uruguay. Solo en unos pocos países, ni siquiera un puñado, gobiernan opciones conservadoras. La deriva populista estuvo presente en la primera década del siglo y ha entrado en declive lento pero inexorable ahora. Pero ¿por qué América basculó hacia ese populismo?, ¿cuál es la cultura política de América Latina? , y ¿por qué a lo largo de sus dos siglos de independencia, caudillajes y personajes autoritarios, sean de izquierda, sean de derecha, significativamente militares, se han prodigado y perpetuado? América Latina busca su propia identidad, su personal camino, su independencia real.

El populismo no ha sido sino una nueva forma de autoritarismo disfrazado de hueca retórica. Ahonda la fractura social, polariza los antagonismos, los azuza con maestría y fomenta redes clientelares, sobre todo entre las clases más bajas a las que se subvenciona y hasta la vida misma se hace depender del partido más que del Gobierno.

Una y otra vez el esquema se ha repetido en su filosofía pero no en su implementación entre los países de América Latina. La consigna es clara, las formas también.

Primero, fidelizar a los propios, adoctrinarlos –no educarlos–, luego confrontarlos con las viejas élites económicas y conservadoras, mitigando de paso la clase media, diluyéndola.

Acto seguido, reformas constitucionales. Uno tras otro de los países –sobretodo bolivarianos–. Esa suerte de chavismo expansivo a merced del petróleo y la financiación de los partidos gubernamentales de todas estas naciones, que se lanzan a esas reformas que ahoguen una inexistente separación de poderes, multiplicándolos incluso, y creando los poderes del ciudadano y del electorado en textos constitucionales a medida.

A continuación, prohibición o anatematización de algunos partidos, normalmente opositores, censura y control de los medios de comunicación.

Arbitrariedad, abuso de poder, quiebra de todo derecho y toda moral. Este es el ADN del populismo, la falsa redención de América Latina. Una América víctima de un jacobinismo confundido de liberalismo y un trasnochado pensamiento gramsciano que han hecho de ella a lo largo de todo el siglo XX el escenario macabro de la ausencia real de libertades entre revoluciones de izquierda y autoritarismos de derecha.

¿Es propensa América al caudillismo? Hablamos de democracia, pero ¿qué democracia es esa que vulnera los derechos, confunde partido con Gobierno, anula e instrumentaliza el Estado? El populismo no es democracia; es una forma subrepticia de autoritarismo, de ausencia real de libertades y derechos, que no nos confundan. Empieza a vivir su recta final. Pero ¿qué vendrá después y qué reemplazará el populismo en su caso?

Abel Veiga

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