A la cárcel abuelo de niños que habrían sido asesinados por su madre

A la cárcel abuelo de niños que habrían sido asesinados por su madre

Autoridades legalizaron la captura de Johana Montoya, presunta autora de la muerte de los menores.

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22 de febrero 2015 , 12:31 a.m.

A la penitenciaría de El Bosque, en el suroccidente de Barranquilla, fue enviado de manera preventiva Cipriano Montoya, padre de Johana Montoya, la madre que habría asesinado a sus tres hijos de 3, 6 y 9 años, el pasado Miércoles de Ceniza, en el municipio de Palmar de Varela (Atlántico).

El padre de Montoya, de 52 años, tendrá que responder en unos dos meses ante un juez de conocimiento por el delito de acto sexual abusivo y agravado con menor de 14 años, porque no aceptó ser responsable del delito que le imputó la Fiscalía.

Su aprehensión se registró el pasado sábado en la mañana por medio de una orden de captura, producto de una denuncia que instauró su propia hija el 9 de diciembre del año pasado, en el Centro de Atención Integral para las Víctimas de Abuso Sexual (Caivas).

Las bases de la denuncia eran confesiones que la niña les hizo a su madre y a las autoridades. En esa ocasión la menor dijo que su abuelo la tocaba. Mientras Montoya instauraba la denuncia, explicó que también había sido abusada por su padre cuando tenía 9 años de edad. (Lea también: ¿Quién es la mujer que presuntamente mató a sus hijos?)

Fue a raíz de ese proceso con las autoridades que la madre tomó la decisión de marcharse de la residencia que compartía con su progenitor en el barrio Las Flores, en el nororiente de Barranquilla, y se ubicó en el municipio de Palmar de Varela, donde ocurrieron los hechos.

Foto: Vanexa Romero / EL TIEMPO

A la investigación del triple homicidio, que tiene consternado al país, se sumó la verificación de una carta escrita por Johana Montoya en la que reconoce haber sido víctima de abusos sexuales por parte de su padre desde que era una niña. "No quiero que mis hijos pasen lo mismo que yo", aparece escrito en la misiva que es analizada por los investigadores.

Wilson Diaz, actual compañero sentimental de Montoya, reveló que al preguntarle a su mujer sobre su responsabilidad en la muerte de los tres niños, esta le asentó con la cabeza y le dio un corto “sí”. Sin embargo, el cuerpo médico del Hospital Universitario ESE Cari, donde está recluida, explicó que a pesar de que se encuentra consciente no puede hablar, dado que fue conectada a un respirador artificial.

La Fiscalía legalizó la captura de Montoya el pasado viernes en las instalaciones del hospital, por ser la presunta responsable del homicidio de sus hijos. (Solo hasta que un juez la declare culpable podrá ser catalogada como asesina).

Ella presenta dos hematomas en el muslo de la pierna derecha, permanece con sedación mínima y se le cogieron varios puntos de sutura en una herida superficial en la muñeca izquierda.

Lo que más le afecta es la cantidad de sangre que se le fue para los pulmones a raíz de la herida que se causó en el cuello, dice el cuerpo médico que la trata.

Triste despedida entre lágrimas y cantos

Que canten los niños, que alcen la voz, que hagan al mundo escuchar. Que unan sus voces y lleguen al sol, en ellos está la verdad..., cantaba una larga fila de hombres, mujeres y niños palmarinos este viernes, a las 3:40 p. m., mientras seguían a los tres pequeños ataúdes.

Foto: Vanexa Romero / EL TIEMPO

A pesar de que todos iban con las caras desencajadas y los corazones arrugados, cantaban por las tres vidas infantiles que, al parecer, silenció violentamente Johana del Carmen Montoya Rosario, su propia madre.

Cantaban también porque desde el pasado miércoles en la noche, cuando se conoció la noticia del homicidio de los tres menores (dos niños, de 3 y 9 años, y una niña de 6), en el barrio Alfonso López, la tristeza y la indignación se han quedado alojadas en sus días.

La marcha iba encabezada por dos motocarros que no cesaban de pitar, luego venían los féretros junto con los familiares de los menores y detrás unas 800 personas que además de cantar la conmovedora canción de José Luis Perales, 'Que canten los niños', movían pañuelos blancos y globos del mismo color.

Yo canto para que me dejen vivir, yo canto para que sonría mamá. Yo canto porque sea el cielo azul y yo para que no me ensucien el mar..., seguía la canción y también los pasos sobre una calle destapada y con ellos las lágrimas de Palmar.

Foto: Vanexa Romero / EL TIEMPO

El cortejo fúnebre llegó hasta la casa donde sucedieron los hechos y allí expusieron arengas en contra del suceso y la violencia contra los niños.

La canción terminó y junto con ella la sombra de un nubarrón silenció al grupo. Más pasos tristes continuaron, al igual que algunos sollozos de mujeres que no podían evitar pensar en sus hijos mientras se secaban las lágrimas con pañuelos.

Después de unos 25 minutos el grupo se convirtió en una ola de aplausos en honor a las nobles víctimas. Para este momento los ataúdes entraban a la vía Oriental y el tráfico se detenía. Los buses que iban hacia los municipios del sur del Atlántico frenaban al otro lado de la carretera y accionaban sus pitos para despedir a los pequeños.

Cada cajoncito era cargado por seis hombres, quienes se rotaban constantemente. Parecía que todo el pueblo quería despedirse de los niños. Gente llorando desde las entradas y ventanas de las casas, agitaban las manos lanzando silenciosos y ahogados “adiós”.

En el recorrido hubo cuatro ocasiones en las que se alzaron los féretros como mostrándole al pueblo lo que nunca debió pasar, mostrando la amarga realidad que se esconde detrás de muchos de los hogares del Caribe y del país, y de los adultos que los comandan.

La marcha hizo una estación en la iglesia principal para que los cuerpos de los niños recibieran la absolución de sus pecados antes de ir al cementerio. Muchos dijeron que no era necesario porque se trataba de niños. “Son unos ángeles, ellos no tienen por qué recibir ese ritual...”, comentaba la población.

Después de una corta misa donde les dieron el descanso eterno a los menores, la triste procesión continuó rumbo hacia el cementerio del municipio.

Para este instante las 800 personas se habían duplicado y las calles estaban atestadas. Había tensión entre la masa porque se sabía que era el momento final.

A las 5:50 p. m. los féretros ingresaron al camposanto. El silencio que los acompañó por un largo trecho se convirtió en un llanto que se escuchó más por parte del pueblo que de los mismos familiares.

Foto: Vanexa Romero / EL TIEMPO

Cada cajón sepultado fue como una daga directa a los sentimientos de un pueblo que nunca había sufrido una pena de ese tipo.

Parecía que el tiempo se detenía cuando iban metiendo los cajones. Primero sepultaron los cuerpos de los dos niños menores al fondo del cementerio. El mayor no cupo en la bóveda y tuvo que ser sepultado 20 minutos después cerca a la entrada del camposanto.

Muchos decían que era increíble que eso estuviese pasando en Palmar de Varela, pero sucedió y además dejó huella en el país y en el cementerio que hoy se traga la parte más dolorosa de la historia.

Daniel Escorcia Lugo
Redactor de EL TIEMPO
Barranquilla

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