Frank Ramírez, un gigante desde sus comienzos

Frank Ramírez, un gigante desde sus comienzos

Este llanero demostró su talento desde que estudiaba en la Escuela Nacional de Arte Dramático.

notitle
21 de febrero 2015 , 09:13 p.m.

En los primeros años de la Escuela Nacional de Arte Dramático, ese semillero de la actuación colombiana que se creó a mediados de la década de 1950 en Bogotá, ya se sabía que despuntaba una estrella para el recuerdo, que siempre fue foco de la admiración de sus profesores, del orgullo de sus compañeros y de la reverencia de sus espectadores.

Era Frank Ramírez, el respetado intérprete colombiano que falleció el jueves pasado a los 76 años; el actor-dibujante que llegó a Bogotá de los Llanos Orientales, el hijo del farmaceuta del barrio Santa Bárbara Centro que se la pasaba disfrazado de El Zorro repartiendo justicia a palazos.

Sus profesores en esos primeros años eran grandes figuras de la talla de la brasileña Dina Moscovici; de Víctor Mallarino Botero, fundador de la escuela, y del argentino Boris Roth. Y sus compañeros resultaron ser también figuras claves del arte nacional, como la actriz Consuelo Luzardo y Miguel Torres, director, actor, dramaturgo, novelista y creador de La siempreviva, uno de los grandes clásicos del teatro colombiano.

Ramírez incluso demostraba esas dotes histriónicas en su vida cotidiana, antes de ser un profesional, como lo recuerda el actor Humberto Dorado, que compartió trabajó con el fallecido actor en películas como Técnicas de duelo y La estrategia del caracol. Cuenta Dorado que ambos vivían en el barrio Santa Bárbara, donde el papá de Ramírez tenía una droguería, y que el primer papel que le vio al futuro actor fue el del héroe enmascarado.

“Yo hacía los mandados y muchas veces tenía que ir a la farmacia del señor Ramírez padre, cuyo hijo era un cafre que se disfrazaba de El Zorro y les pegaba a los más pequeños –bromea Dorado– (...). En ese momento, no tenía más relación con él sino la de una víctima de la equivocada justicia de El Zorro con un palo de escoba”.

Luego de dejar el antifaz y la capa negra, Frank Ramírez se concentró en sus clases de la escuela, en la que llegó a deslumbrar a sus propios profesores, como lo recuerda desde Río de Janeiro Dina Moscovici, amiga de Mallarino y quien fue maestra de figuras esenciales del teatro colombiano como Carlos Duplat, Carlos José Reyes, Enrique Vargas y Santiago García.

“Frank Ramírez fue un gran actor –le respondió la brasileña a EL TIEMPO–. Su talento me ha marcado mucho y dirigirlo fue también un aprendizaje para mí”.

En las aulas de esa extinta academia de formación, que funcionó hasta mediados de la década de 1990, el fallecido actor conoció a uno de sus principales cómplices de escena: Miguel Torres.

Juntos, recuerda el dramaturgo bogotano, montaron obras como Peer Gynt, del noruego Henrik Ibsen; El puente, del argentino Carlos Gorostiza, y Las convulsiones, de Luis Vargas Tejada, una de las primeras comedias de la dramaturgia colombiana (se estrenó en 1828).

“Compartimos muchas cosas de teatro, incluso, en uno de los primeros festivales que hubo hicimos una cosa que no sabíamos que después iba a ser algo muy notable y comentado: una creación colectiva de El escorial, de Michel de Ghelderode. Él hizo la escenografía y entre los dos armamos la puesta en escena y los dos papeles, que eran el Rey y el Bufón”. Fue una dupla que dejó una marca en el ambiente teatral de la época.

Gustavo Angarita, otro destacado intérprete colombiano que por esos días apenas comenzaba su carrera, cuenta que una de sus motivaciones para volverse actor fue cuando vio a la pareja Ramírez-Torres en el escenario.

“Cuando Frank era un actor joven, ya vigente, yo estaba empezando –recuerda Angarita–. Era admirable verlo haciendo teatro. Lo primero en lo que lo vi fue en Las convulsiones, a la par con Miguel Torres. A mí se me hacían unos actores soberbios, excelentes... Para mí ha sido un punto de referencia muy valioso tener a Frank como antecedente”.

Esa justamente era una de las facetas escondidas que más admiraban los compañeros del protagonista de Cóndores no entierran todos los días: su cordialidad para compartir el conocimiento. Lo hacía tanto con sus contemporáneos como con aquellos que apenas empezaban.

Así le sucedió a Consuelo Luzardo, que entró a la Escuela Nacional de Arte Dramático en 1959.

“Desde un comienzo con Miguel Torres y con Frank hubo una relación especial –comenta Luzardo–, tal vez, a ellos les enternecía que esta niñita estuviera tan emocionada, tan ilusionada y tan apasionada de haber descubierto el teatro. Siempre eran como unos hermanitos mayores cuando hacíamos improvisaciones bajo la tutela de Boris Roth... Ahora es que me doy cuenta de que eran muy generosos y muy queridos conmigo”.

Nueva York: amor y teatro

El Ramírez actor también escondía a un dibujante virtuoso. Luzardo relata que su amigo realmente se ganaba la vida dibujando y, de hecho, fue uno de los primeros en hacer dibujo animado en Colombia. Con su pluma se sostuvo los primeros años en los que vivió en Nueva York, donde acudió al Actors Studio (famoso centro en el que estudiaron centenares de estrellas de la actuación), de Lee Strasberg, y en donde hizo teatro bajo las órdenes de Joseph Papp, un destacado director estadounidense que creó varios festivales teatrales en esa ciudad.

Pero una razón escondida detrás de su llegada a La Gran Manzana fue el amor. “Él se fue para Estados Unidos porque los dos teníamos novias gringas, Martha y Loren. Frank se fue a buscar a Martha y como a los dos años yo me fui a buscar a Loren. Él se organizó con ella, pero cuando yo fui a buscar a Loren, ella ya estaba organizada”, comenta Torres entre risas cómplices. Luego de esa aventura neoyorquina, en la que consolidó su carrera teatral, Ramírez se instaló en Los Ángeles, donde consiguió papeles en populares series como La monja voladora y El gran Chaparral. Allí, conoció a Julio Medina, con quien comparte el honor de ser los primeros actores colombianos en pertenecer al Sindicato de Actores de Estados Unidos, que actualmente agrupa a más de 100.000 artistas.

En la serie 'El gran Chaparral', Ramírez hizo el papel de Santos, el líder de un grupo de indígenas apaches. Foto: Archivo particular.

“Nos conocimos y nos llevábamos muy bien. Yo lo visitaba de vez en cuando y él iba a ver mis cosas de teatro. Fue una amistad muy flexible, como llamo yo, muy sincera”, apunta Medina, quien agrega que la última vez que vio a su viejo amigo fue porque él necesitaba un dato de la pensión del Sindicato.

Aunque estudió con Strasberg, uno de los máximos representantes del famoso sistema de actuación ‘El método’, Medina dice que Ramírez no se especializó en ese sistema de interpretación que exigía que el actor desapareciera en su personaje. “Era un actor de su método, de su disciplina, de su valentía –dice el actor, de 82 años–. Cada cosa que hacía era diferente, por ejemplo, lo que hizo de televisión aquí en Colombia, todo era diferente y muy bueno”.

Pero también era un actor en la vida real, que se inventaba anécdotas sobre la marcha y se atribuía historias que alguien más le había dicho.

“Los actores nos la pasamos diciendo mentiras –dice Torres–, él también tomaba eso como préstamo para su vida. Frank a veces me contaba cosas que yo le había contado, pero contadas como si le hubieran pasado a él (dice entre carcajadas)”.

Sus compañeros también destacan ese sentido del humor irónico, aplastante –“un comentario de él podía ser como el vitriolo, podía derretir metales, porque era de una inteligencia y una certeza al hacer los comentarios”, dice Luzardo–. También dejó alguna frase memorable sobre el trabajo del actor.

“Recuerdo una genial –expone Dorado–. Como el trabajo en el cine es tan fragmentado, entonces él decía: ‘el trabajo de los actores se parece al del policía, son largas horas de espera por un minuto de pánico”.

Grandes papeles

Uno de sus personajes más recordados es el del teniente de la serie 'La mala hora', adaptación de la novela de Gabo. Foto:Archivo particular.

El amplio repertorio de Frank Ramírez dejó papeles para la historia. Está León María Lozano en Cóndores no entierran todos los días; el incansable pregonero Dionisio Pinzón, de El gallo de oro, y el teniente atormentado de La mala hora, adaptación televisiva de la novela de Gabriel García Márquez.

Para Dorado, el más representativo es el del Perro Romero de la película La estrategia del caracol, un abogado que arriesga todo para evitar el desahucio de los habitantes de un inquilinato. “Es el personaje más cercano y que la gente lee con gran claridad y se puede admirar todo el talento con que Frank lo representó. Él fue el héroe de la historia”.

La cinta de Sergio Cabrera, que se convirtió en un clásico del cine nacional, tenía un reparto de lujo: Fausto Cabrera, Florina Lemaitre, Edgardo Román, Víctor Mallarino (hijo), Delfina Guido, Vicky Hernández, Gustavo Angarita y el propio Dorado, entre otros. Fue una producción que dejó frases inolvidables, como: “Ahí tienen su hijueputa casa pintada”.

Algunas escenas se rodaron incluso en el barrio Santa Bárbara, donde Dorado y Ramírez crecieron, uno sufriendo golpes y el otro blandiendo un palo de escoba. Y también salieron tantas anécdotas que Dorado dice que se podría hacer un libro sobre ellas. “Por ejemplo esta: la fachada de la casa era adyacente a la iglesia Santa Clara y por ahí era la entrada a la Casa de Nariño –explica el actor–. El presidente Virgilio Barco tenía que parar hasta que termináramos la toma, nosotros le habíamos pedido permiso a través de Carolina, su hija. Imagínese al presidente de la República esperando a que grabáramos”.

Su retiro

Ramírez sufría de párkinson y en los últimos años se fue retirando de la actuación paulatinamente. Sus últimos papeles fueron en la serie ‘Metástasis’, adaptación de la alabada producción estadounidense ‘Breaking Bad’; y en La ruta blanca.

Torres dice que el suyo fue un retiro con una dignidad admirable, sobre todo porque Ramírez no disfrutaba de ese ambiente de la farándula.

“Hacía como dos años que no lo veía, pero el año pasado hablé por teléfono largamente con él, quedamos en vernos pero no lo hicimos... Cuando nos veíamos eran largas conversadas nocturnas, él tomando whisky y yo, vodka”.

Y en esa catarata de recuerdos, lo que más sobresale es la admiración de sus compañeros, de sus amigos. Muchos se sentían orgullosos de conocerlo, de considerarse sus amigos, de admirar su profesionalismo intachable y de compartir su pasión por la actuación, esa que, por ejemplo, lo hacía ir a ver cintas japonesas después de una jornada de rodaje.

“Es uno de los grandes que nos tocó en nuestra época”, finaliza Dorado.

YHONATAN LOAIZA GRISALES

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.