Los detalles inéditos de la masacre de los cuatro niños en Caquetá

Los detalles inéditos de la masacre de los cuatro niños en Caquetá

La confesión de 2 de los 5 capturados permitió a las autoridades aclarar la muerte de los menores.

notitle
21 de febrero 2015 , 09:12 p.m.

El sábado 17 de enero se concretó el siniestro plan que terminó en uno de los crímenes que más han sacudido a Colombia en los últimos años: el asesinato a sangre fría de cuatro menores de edad, entre ellos dos niños, de 4 y 10 años, en la vereda Las Brisas, en Florencia (Caquetá). Ocurrió en un rancho ubicado en el Cuarto Túnel, en la nueva vía que une a Florencia con Altamira (Huila).

Ese día, entre cervezas y chistes de mal gusto, Luz Mila Artunduaga –la mujer señalada de ser el cerebro del crimen– le propuso a Édison Vega Ramírez que buscara a alguien que fuera capaz de ‘asustar’ a una familia: los Vanegas Grimaldo. El propósito era obligarlos a salir de un predio de 1.800 metros que, aunque es del Estado, había generado una confrontación entre vecinos. La ubicación del lote es clave en la macabra historia: está a orillas de una vía principal y cerca de una zona con potencial turístico. Luz Mila le ofreció a Vega darle parte del negocio que pensaba montar en el lugar.

“Necesito quitar del camino a los ‘Potros’ –así apodaban a los niños porque los veían correr de un lado a otro–, que me tienen mamada”, dijo Luz Mila, según la reconstrucción de los hechos que hizo Cristian Hurtado, el fiscal 11 seccional de Florencia, que llevó la investigación.

Fue así como el 4 de febrero, 21 días después del ofrecimiento, dos sicarios se aparecieron por Las Brisas y escribieron con sangre uno de los capítulos más aterradores de la historia judicial del país. Uno que es paradigmático por la rapidez con la que actuó la justicia, pero que refleja también los peores males de Colombia: la inoperancia de las autoridades que a lo largo de dos años no prestaron atención a las denuncias del padre de las víctimas, la impunidad que permitió que un asesino condenado a 44 años saliera de prisión para volver a matar y la descomposición social que lleva a que una humilde mujer se rebusque un millón de pesos para mandar matar a los vecinos con los que tiene una disputa.

Así se cumplió el plan

“Suban, que la vía está libre, no hay Ejército”, se escucha en una grabación que la Fiscalía reveló esta semana en la audiencia contra los asesinos. Eso se lo dijo Édison Vega a Cristopher Chávez Cuéllar, un hombre con una condena previa de 44 años por homicidio que no pagó más de 10 años y que salió de la cárcel a seguir delinquiendo. Él y Enderson Carrillo Ordóñez, otro curtido asesino, conocido como el ‘Enano’, fueron contratados para cometer el crimen. (En video: la confesión del 'Enano', sicario de los niños de Caquetá)

Alias el Enano se entregó por muerte de niños en Caquetá. Foto: Archivo particular.

Todos están presos. Carrillo Ordóñez se entregó a la Policía el lunes. Su figura menuda y su tatuaje en el brazo derecho con la ‘oración del sicario’ sorprendieron a los investigadores.

La llamada se hizo el miércoles 4 de febrero desde una tienda, La Esperanza, que está ubicada a un costado de la vía en la vereda Las Brisas. Es el único lugar donde hay señal de celular. Hacia las 6 y media de la tarde, una hora después de la llamada de Vega, arribaron los dos gatilleros en una moto. Buscaban a su contacto, que se había comprometido a mostrarles dónde vivían los Vanegas.

“¿Ustedes son los que Édison estaba esperando?”, les preguntó la propietaria de La Esperanza. Eso fue corroborado por cuatro personas que en ese momento estaban en la tienda. Ellos se convirtieron en testigos y ayudaron a los investigadores de la Policía y del CTI a elaborar los retratos hablados que aparecieron días después del crimen en todos los medios del país.

El hombre ya no estaba en la tienda, pero dejó la razón de que lo buscaran por los lados del Cuarto Túnel. En una casa vieja y abandonada lo hallaron. Estaba con Luz Mila Artunduaga, quien, según la Fiscalía, pretendía quedarse con el predio, ubicado en zona de páramo, para montar un puesto de comidas. En la reunión dieron las instrucciones sobre cómo llegar hasta donde los Vanegas Grimaldo y acordaron el pago de 500.000 pesos por sacar, como fuera, a la incómoda familia.

Luzmila Artunduaga, presunta autora intelectual del crimen. Foto: Archivo particular.

Poco después, los asesinos estaban frente a una construcción rudimentaria que, en vez de paredes de concreto, tiene una lona de colores verde y negro. En el cambuche estaban los dos hermanos mayores de la familia Vanegas Grimaldo. “Necesitamos a sus papás. Traemos un mensaje para ellos de parte de las Farc”, dijo Chávez Cuéllar.

Intimidados, los hermanos les dijeron que sus padres estaban en otra casa, un par de kilómetros más arriba. Como los sicarios desconocían el lugar, obligaron al joven de 17 años a ir con ellos. “Por favor, no le vayan a hacer nada a mi hermano. Lo regresan acá”, les dijo a los sicarios el otro muchacho, que tiene apenas 16.

Él tomó la precaución de anotar en un papel la placa de la moto: TUF 67C. La matrícula fue una de las primeras pistas para esclarecer el crimen. La motocicleta había sido robada en Acevedo (Huila).

A sangre fría

Hacia las 8:15 de la noche, los dos sicarios llegaron al rancho con el muchacho. Estacionaron a orillas de la carretera y ordenaron abrir la puerta. Dentro de la humilde vivienda estaban dos niños, de 12 y 4 años, una niña de 10 y otra de 14 años, todos hermanos. De nuevo, Chávez Cuéllar y Carrillo Ordóñez preguntaron dónde estaban Jairo Vanegas y Victoria Grimaldo, los papás.

Ellos habían viajado a Florencia a buscarles colegio a los hijos más pequeños. La niña de 14 años se ofreció a ir a llamarlos por teléfono, pero Chávez se lo impidió.

Por casi media hora esperaron dentro del rancho y, sin explicación alguna, de un momento a otro, decidieron asesinarlos. Chávez Cuéllar llevó a cuatro de los rehenes a otra habitación de la casa y los obligó a acostarse en el piso, uno junto al otro. Según la Fiscalía, el joven de 17 años fue la primera víctima, a pesar de que, dice el expediente, intentó resistirse. Después disparó contra el niño de 4 años; luego, contra la pequeña de 10, y finalmente, contra el de 12 años, que sobrevivió milagrosamente. (Vea también: Las claves en la investigación por la masacre en Florencia)

En la audiencia de esta semana en Florencia, el fiscal dijo que Chávez, que en la región es señalado como responsable de extorsiones y otros crímenes, usó un revólver calibre 32. Además, que al notar que el mayor de los hijos aún respiraba, le descerrajó otro disparo. Después volvió a la sala, en donde estaban Carrillo Ordóñez y la joven de 14 años.

Fue el momento que su hermano, malherido, aprovechó para escapar. Saltó por una ventana, rodó por un pequeño desfiladero y salió corriendo en busca de ayuda. Alcanzó a escuchar la voz de su hermana, que gritaba que se devolviera, pero no lo hizo. Minutos después ella también sería asesinada. El niño tuvo fuerzas para llegar hasta la casa de una prima y contar lo que había pasado, antes de desmayarse. (Lea: Piden revivir debate de cadena perpetua)

Fue la familiar quien dio aviso de los hechos en la base militar La Fortaleza, que de inmediato desplegó hombres hacia la zona.

Chávez Cuéllar y Carrillo Ordóñez, no satisfechos con la masacre, decidieron robarse los pocos elementos de valor que había en el rancho. Se apoderaron de un computador portátil, en el que los niños veían películas. Lo vendieron en una prendería en Florencia por 50.000 pesos.

Menos de una hora después de la masacre, Chávez estaba de regreso en su casa del barrio Nueva Colombia, en donde vivía con su compañera sentimental y tres hijastros. Carrillo Ordóñez se quedó con la motocicleta.

Testimonio clave

Uno de los vecinos, que también entregó detalles para la elaboración de los retratos hablados, le dijo a la Fiscalía que un mes antes de la masacre fue abordado por Édison Vega García y que este le dijo que estaban ofreciendo “una plata” para quien atacara a los Vanegas.

Aleiser Vega García, otro de los implicados. Foto: Archivo particular.

Por eso el primer teléfono interceptado en el proceso fue el de Vega. Los investigadores lo grabaron cuando hablaba con Carrillo Ordóñez, quien se oía desesperado porque ya era pública la placa de la motocicleta.

“Colabóreme, hermano, que estoy emproblemado. Necesito un motorcito para desbaratar esto”, le dijo a Vega. Se refería a herramientas para desguazar el vehículo utilizado en el crimen.

En el allanamiento que hizo la Dijín a la casa en donde vivía Chávez, los agentes hallaron la moto desarmada y enterrada en el patio. En ese mismo lugar, a medio quemar, los investigadores descubrieron unas hojas de cuaderno con dos nombres: Jairo Vanegas y Victoria Grimaldo, los padres de las víctimas. Los Vanegas fueron víctimas de un ataque contra su casa en diciembre pasado. Les quemaron un rancho y, a pesar de que denunciaron ante las autoridades locales, no pasó nada.

En la misma diligencia, las autoridades descubrieron unas botas de color café y con punta de acero. Coincidían con las que había descrito el niño que logró escaparse de los asesinos.

El lunes, dos días después de su captura, Cristopher Chávez decidió hablar. Señaló a quienes lo habían contratado, confirmó la identidad del otro sicario y dijo que por “ese trabajo” recibieron 500.000 pesos. También contó que una hija de Luz Mila Artunduaga, capturada el mismo lunes, se encontró con él al día siguiente de la matanza y le pagó en efectivo. La ganancia fue menor porque tuvo que conseguir un revólver para compensar el que habían utilizado para el crimen, y que ya no tenía en ese momento. La hija de Artunduaga y su compañero, conocido como el ‘Llanero’, tienen orden de captura, pues no solo entregaron la plata, sino que pusieron el arma homicida.

El revólver aún no aparece. Carrillo Ordóñez le dijo a la Policía que lo arrojó al río Hacha, pero sus indicaciones no han dado resultados. De hecho, algunos testigos dicen que fue empeñado por 600.000 pesos.

Esa parece ser la única ficha suelta en la investigación de un crimen para el que la Fiscalía pedirá la máxima condena –60 años de prisión– y por el que el país volvió a embarcarse en un debate no solo viejo, sino recurrente: la cadena perpetua.

Claves de una masacre

1. Tierra de nadie

El crimen se dio en medio de una disputa por un predio que es reserva forestal y no se puede ocupar.

2. Vida sin valor

El homicidio se cometió por 500.000 pesos prestados, que se tenían que repartir entre más de 4 personas.

3. Asesino libre

El sicario Cristopher Chávez solo pagó diez años de cárcel por violar y asesinar a una mujer. Quedó libre para seguir delinquiendo.

Cristopher Chávez Cuéllar, de 42 años, fue capturado el sábado. Es investigado por la masacre de cuatro niños en Caquetá. Foto: Leo Medina / EL TIEMPO.

LEO MEDINA JIMÉNEZ
Enviado especial EL TIEMPO
Florencia (Caquetá).
justicia@eltiempo.com

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.