Un actor de reparto / Hablemos de vinos

Un actor de reparto / Hablemos de vinos

Cuando aún el reino del chardonnay o del sauvignon blanc no emergían en el Nuevo Mundo.

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21 de febrero 2015 , 08:26 p.m.

La labor oculta de algunas cepas para resaltar el trabajo de otras es un tema para amantes de los papeles secundarios. En el cuasi anonimato, una uva apoya a otra, pero así, sin esperar mucho. Nada de firmar autógrafos.

Pienso, por ejemplo, en el cabernet franc. Fuera del Valle del Loire (y ahora último, en Mendoza), rara vez tiene el protagonismo de su primo, el cabernet sauvignon. No goza de su fama, no aparece en los rankings de popularidad. Lejos de las luces, es apenas aplaudido por un pequeño grupo de fanáticos. Tiendo a pensar que al semillón le pasa lo mismo.

Cuando aún el reino del chardonnay o del sauvignon blanc no emergían en el Nuevo Mundo, era el semillón la estrella de las cepas blancas, la uva de alcurnia, la que se usaba para hacer esos vinos medio oxidados que trataban de imitar al jerez. Claro que en esos años nadie en realidad hablaba de cepas; nadie iba a un restaurante y pedía “un semillón”, así es que eso de que fuera famosa era algo, digamos, relativo.

Luego vendrían las otras modas, y al semillón se le olvidaría casi por completo. Hoy hay algunos productores que tratan de levantarlo. Marcelo Miras, en la Patagonia Argentina; Roberto de la Mota con Mendel, en Mendoza; o Hulk de Matías Michelini, en Gualtallary, en el Valle de Uco.

Es bueno saber, sin embargo, que el semillón es protagonista en los grandes vinos dulces de Sauternes y Barsac, en el sur de Burdeos, esos blancos que se beben a la hora del postre o, mejor, con los quesos una vez que uno ya ha comido. Y, a propósito de Burdeos, cada vez que ustedes beban un vino blanco que diga en su etiqueta ‘Bordeaux’ o, incluso, una región al este de la ciudad ‘Entre Deux Mers’, es probable que lo que tengan allí en sus copas sea mucho sauvignon blanc, pero también algo de semillón. Y está ahí para hacer su trabajo, recibir la paga y volver a su hogar. Y su trabajo es dar cuerpo, es aportar “grasa”. Mientras el sauvignon es puro frescor y aromas, el semillón es recio y corpulento; dicen que a veces huele a miel y a flores blancas, pero también dicen tantas cosas.

Confían tanto los bordeleses en el semillón que, en ciertas oportunidades, gustan de criarlo en barricas. Creen, además, que el semillón les puede dar a sus vinos longevidad. Siguen vendiendo sus almas al frescor, a esa ingenuidad adolescente del sauvignon, pero confían sus ahorros al semillón. Es el hermano mayor que acompaña a su hermana en la primera cita, obligado por sus padres… o algo así.

PATRICIO TAPIA
Especial para EL TIEMPO

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