Veinte años de una tragedia en bicicleta

Veinte años de una tragedia en bicicleta

Un accidente acabó con la vida de los ciclistas Néstor Mora, Hernán Patiño y Agusto Triana.

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20 de febrero 2015 , 07:51 p.m.

El lote de 22 ciclistas del equipo Manzana Postobón partió de la población caldense de Chinchiná rumbo al departamento de Antioquia, en una jornada de entrenamiento normal con miras a la Vuelta a Antioquia, que comenzaba a mitad de semana. El día amaneció gris, el cielo estaba encapotado: en cualquier momento se soltaría el aguacero.

Era el 21 de febrero de 1995, quizás el día más triste que ha vivido el ciclismo colombiano en su historia; una fecha que nadie quiere recordar y sí olvidar, aunque será muy difícil, y hoy más, porque se cumplen 20 años de esa tragedia en bicicleta, un hecho que no se ha podido borrar de las mentes de los aficionados al ciclismo, amigos y familiares de Néstor Mora, Augusto Triana y Hernán Patiño, quienes entregaron sus vidas en la carretera.

Los tres hacían parte del grupo dirigido por José A. López y Patrocinio Jiménez, quienes, con sus compañeros, arrancaron una dura jornada con una sonrisa en su cara, pues dos días antes habían celebrado el título de la Vuelta al Tolima que se logró en las piernas de Mora.

La lluvia arreció, como se esperaba, pero el aguacero duró poco y escampó. Sin embargo, el piso se puso como un jabón. Los ciclistas iban de dos en fondo y en el sitio conocido como Tres Puertas ocurrió lo inesperado.

La tractomula de placas SAW 238 venía en sentido contrario al lote y a una velocidad inusual. Delante de ella transitaba un camión con ciclindros de gas.

Al tomar una curva y para evitar irse encima del camión, su conductor Marino Londoño pisó el freno, con tan mala suerte que el tráiler vacío derrapó, se fue de lado y embistió al jeep conducido por Conrado Pulgarín, que sobrepasaba al grupo de ciclistas.

Estos fueron los más perjudicados, pues recibieron todo el impacto del tráiler y del jeep.

Néstor Mora, título y volantes en Vuelta al Tolima 1995. Augusto Triana tenía 27 años cuando encontró la muerte. Hernán Patiño envió un mensaje de amor a su familia al morir. Foto: Archivo/ EL TIEMPO

Gritos de auxilio

Momentos de pánico se vivieron. En el piso quedaron bicicletas despedazadas, ruedas destrozadas, los ciclistas se trataban de parar. Se escuchaban gritos de auxilio, de dolor. Los que no sufrieron con el accidente trataron de golpear a los dos conductores culpables de la tragedia.

De los carros acompañantes saltaron Libardo Leyton, hoy técnico del equipo Continental Movistar, Patrocinio Jiménez y los pedalistas que cerraban el grupo. Nadie podía creer lo que pasaba. Unos se sentaron a llorar, otros corrían de lado a lado buscando ayuda. Rúber Alberto Marín, especialista en las llegadas al embalaje, fue el que despertó del letargo a sus compañeros.

“¿Los vamos a dejar acá? Traigan la camioneta”, gritó.

“Mora iba en la quinta fila con José L. Vanegas, en la siguiente estaban los Patiño, Hernán y Asdrúbal, y en la cuarta estaba Triana. Me senté en el manubrio y quería enterrarme con bicicleta y todo. Todos gritaban, se echaban culpas, querían linchar a los conductores. Caminé al lado del cuerpo de Triana, que murió en el instante; lo reconocí porque llevaba una pañoleta que yo le había regalado”, relata Julio Bernal, uno los integrantes del equipo.

Leyton acomodó la camioneta auxiliar para recoger a los heridos, pero Luis Alberto González y Efraín Rico le preguntaron por Mora. “No lo he visto”, les dije, y “comencé a buscarlo. Tenía una gran amistad con Néstor, pero el destino es así. Lo encontré en el barranco. Recibió el golpe y rebotó dos veces. Le cogí la cabeza, él movía los brazos, estaba vivo y de una lo montamos en la camioneta. Rico se subió, pero decidimos que con nosotros fuera González, porque era de Manizales y conocía la ruta”, señala Leyton, quien refleja en su voz quebrada la tristeza al recordar esos trágicos momentos.

En la camioneta, conducida por Leyton, iban Mora y los Patiño: Hernán, quien vivía en Armenia, y Asdrúbal, que era del Valle; González, el guía, y Bernal, que con sus oraciones encomendaba la salud de sus compañeros.

“Nunca estudié primeros auxilios, tampoco había dado respiración boca a boca y me tocó. Asdrúbal iba descompuesto. Los huesos de la pierna derecha se le salieron de la piel; el fémur estaba partido en dos partes, arriba de la rodilla y en la cadera. El hueso de la mandíbula estaba por fuera, y él se quejaba”, recuerda Bernal, quien varias veces impidió que Asdrúbal se tirara de la camioneta. “Loco, estos dolores no los aguanto, me quiero morir”, le decía Asdrúbal.

Hernán Patiño, de 28 años, aparentemente no tenía ninguna herida grave, pero era el más delicado. “Le di respiración, le hablé de Dios. Iba lúcido. Le decía que esta carrera la íbamos a ganar; aceptó a Jesucristo en su corazón. Cuando se dio cuenta de que se iba a morir, me dijo que le diera muchos saludos a la esposa y a la hija, que les dijera que las amaba y se me fue como a dos kilómetros de Manizales en mis brazos”, dice Bernal.

Más problemas

Mientras tanto, adelante, Leyton abría el camino. No sabe cómo llegaron al hospital; recorrieron esos 30 kilómetros del sitio del accidente a Manizales en un dos por tres, pero encontraron un obstáculo: el celador se paró frente a la camioneta y no los dejó pasar. La razón, no era una ambulancia.

Leyton le echó el carro encima, se llevó la malla y a ‘las malas’ ingresó el carro. Pocos segundos después llegaron las camillas, pero Bernal dijo que solo necesitaban dos, porque Hernán había fallecido. Asdrúbal se bajó de primero y pidió que auxiliaran a sus compañeros, algo de no creer, pues momentos antes se quería tirar del carro porque no soportaba los dolores.

Mientras sus amigos eran atendidos, Libardo, González y Bernal se fueron para una cafetería. Allí llegaron los otros integrantes del grupo que se habían quedado en el sitio del accidente. No pasó mucho tiempo cuando los abordó el médico Carlos Alberto Osorio, quien les comunicó que Mora también se había ido y que hacían todo lo posible por salvarle la vida a Asdrúbal.

“No hay un momento que más recuerde, porque todos son imborrables. No poder hacer nada cuando te das cuenta del accidente, ver a tus amigos muertos, escuchar lo que Bernal hablaba con Patiño cuando moría, recibir la noticia del fallecimiento de Mora, pues son cosas duras que nunca se olvidarán”, cuenta Libardo.

Después de varias operaciones, de semanas en el hospital, Asdrúbal Patiño se salvó de milagro, se recuperó, volvió a montar en la bicicleta, pero al darse cuenta de que no era el de antes, en medio de lágrimas tomó la decisión de retirarse, luego del Criterium Nacional de la Agricultura que se disputó en Palmira (Valle del Cauca), en agosto de 1996.

La tristeza no ha pasado

Hoy, 20 años después, las familias de Mora, Triana y Patiño los recuerdan con cariño y los lloran. Mario, el hermano de Néstor, hace parte del equipo de auxiliares del equipo Movistar, y supo del accidente por un mensaje de beeper.

“Me dio durísimo, pues era mi hermano, una persona especial. Éramos ocho y quedamos siete. Mis padres, Pablo y María, están vivos y no se han podido recuperar. Los días fueron terribles. Hubo mucha tristeza, aburrimiento y soledad. Néstor fue un buen hermano, era el guía de la familia”, declara Mario.

Néstor dejó dos hijos: Néstor Camilo y Paola; ella sintió mucho el accidente, era consciente de las cosas, según cuenta Mario. “Cuando él ganó la Vuelta de la Juventud en 1982 fue un momento importante, tal vez el más feliz que lo acompañé durante toda la carrera. Néstor era un tipo alegre, recochero. El momento más duro fue cuando fui al aeropuerto a recoger los restos”, señala Mario Mora.

Carrera en homenaje

Fernando Triana es el hermano de Augusto y el encargado de planificar la carrera en homenaje al ciclista de Fusagasugá (Cundinamarca), la que comenzó tres años después de su fallecimiento, cuando se organizó un ciclopaseo. Hoy, la prueba hace parte del calendario nacional de la Federación Colombiana de Ciclismo.

Fernando tiene muy presente todo. En esa época, él era ciclista y corrió con Augusto esa Clásica del Tolima, pero una vez terminó la carrera se devolvió para Bogotá, mientras su hermano siguió en concentración.

“Yo era ciclista juvenil y Augusto era mi guía, pues él era profesional. Entrenaba y corría con él y compartí muchas cosas, fue una época muy bonita. Mis padres José Antonio y María aún lloran a Augusto, lo mismo que nosotros”, dice.

A la familia le cambió la vida la muerte de Triana. Casi que todos vivían a su sombra, más a su esposa Rosita y sus hijos, Viviana, César y Fabián. “Me acuerdo que para las familias de los fallecidos hubo una indemnización, como que $ 30 millones, pero en esos momentos, pues uno está metido en el dolor y no pensamos en demandas, en nada de eso”, asegura Fernando Triana, a quien le costó dos años pararse de ese duro golpe.

Un mes después, en el sitio del accidente, se construyó un monumento. Una imagen de la Virgen del Carmen, tres cruces, tres caramañolas y una bicicleta formaron parte de un altar de un metro y 40 centímetros, en el que también se exhibió la camiseta de campeón del mundo de ruta del francés Luc Leblanc, y la amarilla de Duván Ramírez, quien era el líder del Clásico RCN, prueba que pasó por ese sitio y rindió homenaje a los ciclistas fallecidos.

Hoy, en ese lugar no existe casi nada, porque los ladrones se llevaron la bicicleta, las caramañolas, las camisetas y la imagen de la Virgen. Solo quedan las tres cruces, el único recuerdo que hay en las carreteras del país de Néstor, Hernán y Augusto, a quienes 20 años después sus familias aún los lloran porque murieron haciendo lo que más les gustaba, lo que los hacía feliz y con lo que se ganaban la vida: montando en bicicleta.

Para Belén es un martirio acordarse de Hernán

Belén de Patiño sí que no ha podido pararse de ese golpe que le dio la vida. Ese día del infortunado accidente, ella trabajaba como aseadora del Colegio Nacional de Armenia cuando le comunicaron que su hijo Hernán había fallecido. De inmediato pidió permiso para irse para su casa, de la que partió hacia el apartamento donde vivía Hernán con Ameida, su esposa, que hoy reside en Pitalito (Huila), y su hija Teresa, que reside en España.

Ya ha pasado mucho tiempo, pero Belén no se repone de ese mal rato. Extraña a su hijo; eso lo demuestra cuando comienza su relato, el que poco se entiende, porque su llanto es incontrolable y desgarrador. “Es duro, muy duro. Fíjese, ya han pasado 20 años y todos los días lo recuerdo. Fue un buen hijo, esposo y padre. Es un martirio acordarme de él”, agrega Belén, quien no para de llorar. Durante varios días no pudo conciliar el sueño, tampoco comió. Se la pasó viendo las fotos de Hernán y recordando los momentos más felices a su lado.

“Es que perder a un hijo no es tan fácil, porque uno quiere irse primero que ellos. Cuando subí al apartamento, ese día intenté tirarme del quinto piso varias veces, pero me atajaron. Es que el dolor era tan grande que hoy no lo puedo describir. Hernán, para mí, era un tesoro”, señala Belén, que hoy tiene 78 años.

No recibió un peso de indemnización. El dinero quedó para su familia.

A Belén le correspondía un seguro, pero tenía que viajar a Barranquilla para reclamarlo, algo que nunca hizo porque no había dinero para el transporte. “Además, no sé leer ni escribir, así cómo iba a ir. Por eso no me tocó nada”, dice, y vuelve a llorar.

LISANDRO RENGIFO
Redactor de EL TIEMPO

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