La ruta de los agroquímicos que llegan a Colombia

La ruta de los agroquímicos que llegan a Colombia

Nacen en una pequeña población de Alemania que es hoy el corazón de la industria química del mundo.

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20 de febrero 2015 , 11:07 a.m.

Para BASF, una de las multinacionales más grandes del mundo, que en abril cumplirá 150 años, ‘la agricultura es el mejor trabajo del mundo’. En manos de esa actividad no solo está la seguridad alimentaria y el desarrollo de la economía, sino la sostenibilidad del planeta y de la raza humana. Por ello, la investigación permanente y la búsqueda de ideas nuevas está encaminada a hacerle la vida más fácil a millones de campesinos del mundo y de Colombia. (Vea también: Así nació BASF, la compañía que surte de agroquímicos el campo colombiano)

Todo empieza en la pequeña población alemana de Limburgerhof, situada a 10 kilómetros de Ludwigshafen, la sede matriz de la compañía química. Allí está anclado el laboratorio de investigaciones de agricultura que se instaló cincuenta años después de la primera aparición de BASF en el escenario de la industria, con la producción de tintes a partir del amoníaco. De hecho, ellos son los precursores del índigo que le da el color a los bluyines.

Un descubrimiento científico de la Universidad de Karlsruhe abrió múltiples caminos a la compañía y, en particular a los agroquímicos. Los investigadores habían logrado sintetizar el amoníaco, lo que abrió aún más el apetito científico de BASF que comisionó a Carl Bosch para desarrollar el proceso de producción a escala industrial. Esto ocurrió en las primeras décadas del siglo XX. Desde entonces, la innovación no se detiene y el crecimiento de la compañía tampoco.

En el 2013 (el dato más reciente que se tiene), las ventas de BASF, solo en Colombia -donde una de sus principales líneas de negocio ha sido la de productos para el campo- superaron los 345.000 millones de pesos, según la Superintendencia de Sociedades.

Una vivencia fabril

En Ludwigshafen el mundo parece girar alrededor de la compañía química. Su principal sede allí es como una pequeña ciudad. Tiene 10 kilómetros cuadrados de extensión y el río Rin, con su murmullo imparable, está siempre como testigo. En el área fabril hay 2.000 edificios, 115 kilómetros de calles y 211 kilómetros de vía para los trenes que sacan los productos e inician su transporte hacia los cinco continentes. El uso de la bicicleta al interior de la fábrica es casi necesario para muchos de los 40.000 empleados, de los 109.000 en total que hay en el mundo.

A un lado y otro se aprecian edificios completos destinados al parqueo de carros. En las calles y pasajes hacia las oficinas hay una señalización estricta, al estilo alemán. De vez en cuando, una columna de humo dibuja el cielo gris como muestra de la gigantesca producción industrial que se da en la fábrica, pues BASF no solo se encarga de producir moléculas para químicos y agroquímicos, sino que pone su toque en miles de artículos de uso humano, como los plásticos de las sillas o de las pelotas de tenis y los juguetes, las espumas, los cosméticos y los pigmentos singulares para colorear los carros de alta gama.

La lista podría ser interminable, porque BASF tiene áreas de negocio en química, plásticos, pinturas, con productos y servicios para la construcción, la empresa automotriz, de combustibles, textiles, adhesivos; la industria del papel, de plásticos, electrodomésticos y en general casi todas las áreas de la producción industrial. Con sus cinco divisiones principales, de las cuales, la del agro es la más pequeña, facturó 95.000 millones de dólares durante el año pasado (más de 190 billones de pesos, lo que equivale a más o menos un presupuesto general anual en nuestro país).

Un único edificio está dedicado al diseño. Allí se alza una especie de museo que refresca la memoria sobre los inventos, muchos de ellos lanzados para conmemorar aniversarios, como el caso del velocípedo de dos ruedas de diferente tamaño, inspirado en los históricos velocípedos utilizados en 1865 (año en que nació BASF).

El lugar es un monumento a la creatividad. Allí se confirma que 150 años de innovación dan para todo. Porque la compañía, además, ha incursionado en terrenos de la farmacéutica, con vitaminas, por ejemplo. Elaboran productos para la nutrición animal y la alimentación humana, entre otros.

La pasión por el campo

Después de conocer el corazón de BASF la ruta siguió hacia el centro de investigación agrícola en Limburgerhof, a unos 20 minutos de Ludwigshafen. La vista parece una postal. Las edificaciones son como lienzos pálidos en un cuadro de otoño, adornado con hojas secas en el suelo y en los tejados. Desde esa plataforma convirtieron en reto cada momento. Empezando por el que sortearon en un comienzo, para convencer a los agricultores de apropiarse de una forma más tecnificada de proteger y hacer producir más los cultivos, pues la idea del uso de productos químicos no era muy popular; hasta lo de hoy, cuando la compañía lidera la idea que citó el presidente mundial, Kurt Bock, en la rueda de prensa que abrió las celebraciones de los 150 años de BASF: “Creamos química para un futuro sustentable”.

54 países del mundo, entre ellos Colombia, tienen en sus campos los hallazgos de los 1.700 investigadores e innovadores que a diario van al laboratorio en Limburgerhof. Desde allí, cada región del mundo se convierte en un centro experimental en diversos climas y latitudes, lo que finalmente termina en insumos para productos que elevan la calidad de la producción tecnificada de alimentos.

Para llegar a las manos de los campesinos colombianos, muchos de los productos de BASF atraviesan 9.245 kilómetros sobre el océano Atlántico. Se trata de productos para proteger los cultivos, elaborados con la más moderna biotecnología, línea que invade las investigaciones y la innovación (a esta última, la compañía destina el 35 por ciento de su presupuesto).

Los cultivos de arroz, flores, banano, papa y hortalizas (que se dan en Colombia) son de particular interés para los científicos del agro que buscan maneras para darle la mano al campesino en su tarea de foliar y edaficar (nutrir), fertirregar y bioestimular, que son los conceptos de la agricultura moderna.

En adelante, cuando alguien vea en un estante de una tienda de insumos agrícolas en Colombia un nombre raro, casi impronunciable, como el Hakaphos Violeta, producto utilizado para estimular el enraizamiento y la floración de las plantas, tenga presente que el cordón umbilical de esa ‘medicina agrícola’ está en aquel lugar remoto, en Alemania, donde todas las horas del día equivalen a un amanecer para la investigación del agro.

MARTHA MORALES MANCHEGO

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