Tras siete años, el reloj de San Francisco volverá a cantar las horas

Tras siete años, el reloj de San Francisco volverá a cantar las horas

Es el más antiguo de la ciudad. El Instituto de Patrimonio lidera su restauración.

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19 de febrero 2015 , 09:08 p.m.

Pocos tienen memoria del canto de las horas que marcaba la torre de la vieja iglesia de San Francisco, en la carrera 7.ª con avenida Jiménez: corazón de las esmeraldas, las oraciones y los comerciantes.

En tiempos en los que Gabriel García Márquez era joven, antes de ser la pluma que inspira al cine, el sonido de las campanas al mediodía congelaba el tiempo: “Los hombres se detenían en la calle o interrumpían la charla en el café para ajustar los relojes con la hora oficial de la iglesia”.

Así inmortalizó el nobel colombiano en su autobiografía, Vivir para contarla, el reloj que hace 7 años se paralizó. Una reparación fallida hizo que algunas de sus piezas se esfumaran, como en el acto de un ilusionista.

 Es el más antiguo de la ciudad y, a mano de artesano, restaurador y relojero, está cerca de volver latir y detener a los nostálgicos que aún privilegian el reloj de pulso por encima de los celulares con geolocalización y precisión atómica.

“Intentamos arreglarlo, pero varios expertos coincidían en que debían sacar la maquinaria. La comunidad lo impidió, porque temíamos que se perdiera para siempre. Lo preferíamos parado que desaparecido”, contó el padre fray Marco Vinicio Mendieta, O. F. M.

Edad desconocida

No se sabe desde cuándo el tablero –que además de mostrar los números romanos tiene la mano de Cristo y la de San Francisco elevadas hacia la cruz– está incrustado en la blanca, y la torre, descascarada.

La única evidencia de su edad es la inscripción en la campana, que reza: ‘Este reloj con campana, donado para la iglesia de San Francisco por el fray Nepomuceno A. Ramos y el fray Rafael Almanza R. Marzo 19 de 1896’. Fue el mismo año en que se hizo la primera proyección de cine en España.

La restauradora del IDPC elimina las excretas de paloma, la suciedad y un recubrimiento que afea la campana. Natalia Gómez Carvajal / EL TIEMPO

Sin embargo, el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC) no se aferra a esa fecha, pues la inscripción solo dice cuándo se donó la campana, pero no si ese año la hicieron, ni tampoco si ese mismo año se construyó el reloj.

“Sabemos, por los cronistas de la época, que alguna vez tuvo un reloj colonial. El que tiene hoy, por su mecanismo, puede ser del siglo XIX, según el relojero que lo restauró, pero no conocemos la datación del tablero”, explicó el IDPC.

Algunos grabados y litografías antiguas que se conocen de la iglesia ya muestran las manecillas que hoy reposan en la torre: el minutero parece una lanza y el horario tiene una estrella de cinco puntas.

Se sabe más del templo, construido por los franciscanos que llegaron en 1550 a las tierras fértiles del altiplano cundiboyacense, en épocas en que la corona española regía sobre el Nuevo Reino de Granada.

En 1557 pusieron la primera piedra, justo donde hoy están. En aquel entonces, los cabellos del río que heredó el nombre del santo que amaba a los animales aún se derramaban entre las rocas y el pasto verde.

Ahí hicieron la iglesia y el convento, lugar de morada de los frailes que iniciaron la evangelización de los indígenas, que nunca más pronunciaron una palabra en chibcha.

Las obras estuvieron listas en 1611. Desde entonces, ha sido víctima del tiempo y la tierra: en 1785, un terremoto sacudió la torre de tal manera que debió ser demolida. En 1794 estuvo de nuevo en pie.

Si el reloj fuera una persona, contaría todo lo que ha visto desde ahí. Por ejemplo, delataría al asesino del caudillo Jorge Eliécer Gaitán, en 1948. Pero, en silencio, solo muestra los rastros de los balazos que en su fachada dejaron y las revueltas que marcaron el inicio de la violencia.

La restauración

Suspendida en un andamio, Margarita Acosta pasa horas con un bisturí y un hisopo de algodón, limpiando la campana. Es de las poquísimas restauradoras que tiene el país, y trabaja en este proyecto del Instituto de Patrimonio para preservar la historia del templo, declarado monumento nacional en 1975.

Las obras, que se iniciaron en diciembre, terminarán dentro de un mes. A estas alturas, ya eliminó la mayoría de las excretas y nidos de paloma, la suciedad y el recubrimiento que afean la campana.

El tablero tiene una representación del brazo derecho de Cristo y el brazo derecho San Francisco, elevaoas hacia la cruz. Milton Díaz / EL TIEMPO

Margarita y Ómar Guerrero, el relojero, ya repararon el mecanismo del reloj. A este solo le faltan la pieza que toca al campana con el paso de las horas y un mecanismo automático, para que los frailes no suban cada tres días a darle cuerda.

Luego, restaurarán el tablero que se ve desde la calle: será desmontado, limpiado y repintado. También remoldearán sus láminas de metal. Al final, le darán un soporte más sólido, pues hoy está suspendido apenas de unos alambres tensados entre el tablero y una baranda.

Por último, harán intervenciones mínimas en la fachada: limpieza total y lucimiento de la torre. También eliminarán los grafitis, con tizas de silicato; así no harán abrasión sobre la piedra, sino que camuflarán los rayones.

Solo falta ver si los oficinistas de la zona, tolerantes con la música a todo volumen, y los perifonistas de la 7.ª peatonalizada querrán escuchar el repique puntual de la campana que, según fray Mendieta, intentaron silenciar cuando el reloj tenía voz para cantar las horas.

NATALIA GÓMEZ CARVAJAL
natgom@eltiempo.com

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