Caverna

Por qué Colombia se da lujo de elegirle a un huérfano la orfandad sobre la compañía de un papá gay.

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19 de febrero 2015 , 07:50 p. m.

Uno cree que la historia está sucediendo en todas partes, que todos estamos leyendo la misma página del mismo capítulo del mundo, pero no: allá afuera es fácil cruzarse con algún reaccionario que aún piense que “progresista” significa “decadente”, y “comunista”, y que el humor es un peligro, y el único fin del sexo es la procreación. Uno suele convencerse de que a estas alturas del relato ningún caudillo bigotudo de ningún país suramericano de los 60 va a perder la paciencia por una caricatura –uno se dice: “es que la realidad no puede parecerse tanto a su parodia”–, y entonces el infantil Maduro se indigna oficialmente con Vladdo por pintar lo cierto. Uno cree que ya nadie va a perderse en la retahíla “yo no tengo nada contra los homosexuales, pero de ahí a que adopten a un pobre niño...”, y entonces un documento de la Universidad de La Sabana da la noticia de que la homosexualidad es una enfermedad, por Dios.

Y un profesor de la misma caverna, otro procurador de aquellos, Mora-Restrepo, que en un principio suena a sátira, se inventa en una de sus clases tres inverosímiles consecuencias de ese “mal”: pederastia, zoofilia e incesto.

Por qué la película 'El código enigma', que ve cómo un héroe de la Segunda Guerra es condenado por ser homosexual –su pena por obrar “contra natura” fue la castración–, parece estar sucediendo aquí. Por qué en un país que abolió la discriminación en 1991, pero que sigue siendo una patria de hijos ilegítimos, una senadora liberal propone que quede en manos de alias “el Pueblo” la decisión de que sea permitida la adopción por parte de parejas del mismo sexo. Por qué, si las batallas se han ido ganando acá en la historia, allá afuera sigue tomándose el homosexualismo como una elección moral. Por qué Colombia, “la nación suramericana con más niños que viven sin ambos padres”, según otro estudio de La Sabana, se da el lujo de elegirle a un huérfano la orfandad sobre la compañía de un papá homosexual.

Por qué el diario El Colombiano, cuyo nombre suena a calificativo, ha echado al columnista Yohir Akerman por haberse atrevido a decir lo menos ofensivo, lo más obvio: que hablar de la homosexualidad como una plaga es tan aberrante como defender la esclavitud.

Por qué pronunciar “educación”, “justicia transicional para todos”, “adopción igualitaria” en esta nación intermitente tiene tanto que ver con el coraje.

Porque buena parte del país se le sigue resistiendo, con asco, a la igualdad: se niega a reconocer que ni asustando a los vecinos, ni invalidando a los rivales, ni desconociendo a los otros, ni callando a los críticos, ni extirpando a los verdugos, ni exterminando a los enemigos –solo poniendo en escena una sociedad de hijos legítimos–, va a resolverse este conflicto, este círculo vicioso que ha sido Colombia. Contra natura es entorpecer la paz con las Farc luego de tener en frente las cifras de reclutamiento de menores; contra natura es sabotear una marcha por la vida en la misma primera plana que da la noticia de la masacre de los niños Vanegas; contra natura es que, mientras cientos de miles de huérfanos esperan en vano un hogar, la Corte Constitucional crea e insista en que la orientación sexual de los padres adoptivos no es lo de menos: a qué mente enferma puede importarle la orientación sexual de un héroe.

Que cada quien tenga fe en lo que quiera. Que cada cual viva a su tiempo su propia era de la historia si sucede dentro de la ley. Y que levante la mano el que se crea normal.

Pero que estos días de fallos cavernarios no solo nos dejen claro que no volveremos del infierno si no estamos todos en la página de la igualdad, sino que además nos sigan probando hasta qué punto se nos ha metido la guerra entre el cuerpo.

 

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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