Editorial: La estrategia del 'Bronx'

Editorial: La estrategia del 'Bronx'

En el afán por aplicar una táctica a una ploblación se descuidó un plan para el resto de la ciudad.

18 de febrero 2015 , 08:42 p.m.

Aceptando que el método que la Administración de Bogotá quiso aplicar en el sector del ‘Bronx’ –epicentro del consumo, venta de estupefacientes y desarrollo de otras actividades ilícitas– estuvo inspirado en devolverles la dignidad a quienes allí habitan y convertir al sector en una zona más segura, también debe reconocerse que los resultados, dos años después, son agridulces.

La atención a grupos altamente vulnerables, como el de los miles de hombres, mujeres y niños que han quedado en la calle, atrapados en el vicio y a merced de la delincuencia organizada, es quizás una de las tareas más complejas que enfrentan los gobiernos locales. Ninguna ciudad del país puede hoy decir que tiene solucionado este punto en su agenda.

Las políticas que se han implementado en estas áreas –denominadas ‘ollas’– han terminado convertidas en paños de agua tibia ante lo enmarañado del asunto, pues su origen tiene profundas raíces sociales y culturales que resultan entremezcladas, por causa de la calle, con conductas delincuenciales y, por ende, reciben un tratamiento policivo.

Lo más lejos que se ha llegado en un intento por extirpar tales lugares fue la orden presidencial del 2013 de eliminar 24 ‘ollas’ a lo largo y ancho del país. Un mes después, algunas de ellas habían sido intervenidas con éxito, pero hoy, sin la lupa de las autoridades ni de los medios, varias de ellas han vuelto a ser los sitios lúgubres de siempre.

La Alcaldía de Bogotá, a través de su Secretaría de Integración, hizo otro intento: apostarle a la resocialización de la población que habita en la llamada ‘L’, en el ‘Bronx’. Para ello, puso en marcha programas de atención integral en salud, alimentación, educación y espacios habitacionales.

Para el Gobierno, la táctica ha funcionado y se mantiene. Pero a la luz de los acontecimientos, también cabe advertir que el costo que se ha pagado y se está pagando es muy alto: amenazas contra líderes, el asesinato de uno de ellos, la presencia de mafias y lo más grave: la expansión de las redes del microtráfico a otras áreas de la ciudad, un veneno para los barrios y una angustia permanente para sus vecinos.

Los denominados ‘ganchos’ –clanes dedicados a la distribución y venta de drogas– se multiplicaron por 33, según voceros de la Administración. La Secretaría de Educación ha detectado 76 ‘ollas’, 126 parques y 150 barrios en los que el microtráfico hace de las suyas. Muy grave.

No es, entonces, gratuito que la Policía haya interpretado como “contraproducente” la intervención del lugar, pero no porque no debiera hacerse, sino porque el afán por aplicar una estrategia puntual dejó de lado un plan para evitar que el problema explotara en el resto de la ciudad y que hoy se hable de pequeños ‘Bronx’ en Kennedy, Engativá, Bosa o Suba.

Por las cifras que la propia Alcaldía maneja, llama la atención que este fenómeno esté prácticamente mapeado (pandillas, bandas, zonas de operación) y no se haya atacado con la efectividad deseada. Incluyendo, por supuesto, ese otro foco de narcotráfico que es la zona rosa, en Chapinero, que, además de tener las calles destruidas, es reconocida por la venta de todo tipo de alucinógenos y el desarrollo de otras actividades non sanctas.

EDITORIAL
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