Respeto

Respeto

Toda expresión, por ofensiva que sea, excepto la que provoque un daño inminente, amerita protección.

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17 de febrero 2015 , 07:46 p.m.

“Respeto su opinión, pero no la comparto”, reza la fórmula de cortesía. Pero el respeto está sobrevalorado: existen opiniones que no son respetables.

¿Por qué merece respeto la concepción de homosexualidad de la Universidad de La Sabana o la comprensión de la libertad de expresión de El Colombiano?

No respeto la opinión del racista cuando habla de negros, del homofóbico cuando habla de homosexuales, del machista cuando habla de mujeres, del neonazi cuando habla de derechos políticos.

Nada de esto implica falta de respeto a la persona en sí. Un ser humano no se reduce a una sola faceta de sus pensamientos o de sus sentimientos. Si el neonazi me resulta intolerable, tengo en mi entorno, como mucha gente de mi generación, varios machistas y homofóbicos con quienes mantengo relaciones cordiales y hasta de amistad.

El respeto del ejercicio de la libre expresión no obliga al respeto por su contenido. Las expresiones más detestables, aquellas que menos respeto merecen, son las que más necesitan de una respuesta. No podemos permitir la evasión del debate político con la fórmula de que toda posición merece respeto.

Para la Universidad de La Sabana, la homosexualidad constituye una anormalidad y, como sociedad, debemos reaccionar ante esta afirmación. Toda expresión, por ofensiva que sea, a excepción de aquella que pueda provocar un daño inminente, amerita protección.

En una democracia, son los mecanismos sociales que deben entrar en juego para aislar el lenguaje del odio, la exclusión, la discriminación. Las ideas se debaten en un mercado y las mayorías se inclinan por unas u otras. Es nuestra responsabilidad marginar las más radicales, las más violentas, las más repulsivas.

Cuando las mayorías no confrontan con determinación el lenguaje del odio, no queda más que la mordaza judicial. Es cobarde una sociedad que se ve obligada a poner una barrera de contención al odio mediante ordenanzas de los jueces.

El precedente que crean las leyes europeas que prohíben la negación del Holocausto u otros genocidios, como el armenio, inspira miedo. ¿Hasta dónde puede llegar la reglamentación? Tiemblo al pensar en el poder de un juez que pueda callarnos antes incluso de hablar.

Daniel Moynihan, un congresista de EE. UU., afirmaba que todo el mundo tiene derecho a una opinión propia, pero no a hechos propios. Quienes hemos participado en programas de opinión sabemos lo difícil que resulta discutir con quienes inventan o niegan hechos, los disfrazan de análisis u opinión y luego exigen respeto.

Hoy debemos levantarnos contra quienes, desde una posición pseudocientífica, alegan, con supuestos hechos probados, la anormalidad de millones de seres humanos. No se trata de prohibir la expresión ofensiva, sino de derrotarla.

La columna de Yohir Akerman, publicada en El Colombiano, buena, mala o regular, mostró rechazo a la Universidad de La Sabana. Para callarlo, El Colombiano acudió a la vieja fórmula de la falta de respeto y lo echó.

Una voz ofensiva, errada, peligrosa está en todo su derecho de levantarse. Pero nosotros, los demócratas, estamos en todo el derecho de responder; y es más, cuando esta voz cobra fuerza, estamos en la obligación de repudiarla.

La supervivencia de la democracia depende, en gran parte, de la prevalencia de la sensatez. Todos tenemos prejuicios, algunos más evidentes que otros, y la redención está en luchar contra ellos. Nuestro deber es confrontarlos y confrontarnos.
La libertad de expresión permite la creación de sociedades fértiles para el debate robusto. No les temamos ni a la una ni al otro.

Laura Gil

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