El cerebro y el corazón

El cerebro y el corazón

Yo sigo pensando que algo de corazón y de tino le faltó al admirable científico Rodolfo Llinás.

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17 de febrero 2015 , 06:17 p.m.

Cuando un ciudadano se siente maluco, como se dice, acude a sus fármacos habituales o a remedios caseros. Cuando la molestia reviste el carácter de enfermedad se dirige al médico, y sigue al pie de la letra sus instrucciones. Cuando el mal está revestido del carácter de incurable y de irreversible, como en el caso de la ELA, esclerosis lateral amiotrófica –que atrapó a Óscar Collazos, gloria nacional de las letras–, no queda más remedio que encomendarse al Ser Supremo o al doctor Llinás. Al primero tuve a bien dirigirme encomendando al amigo en una plegaria. El enfermo consideró más expedito dirigirse el científico.

El doctor Rodolfo Llinás es un sabio a carta cabal, admirado, respetado y acatado por todos. Es manifiesto su afecto por las artes y por las letras. Todos los descubrimientos y aportes que ha hecho en el campo de la neurociencia, sus trabajos sobre fisiología comparada del cerebro y sobre las propiedades electrofisiológicas intrínsecas de las neuronas, así como la Ley Llinás, referida a la no intercambiabilidad de neuronas, son para exclamar ¡eureka!

Las neuronas en deterioro que conducen a ir perdiendo movilidad son el problema central de nuestro escritor. Quien es además una de las personas éticamente más delicadas, como que nuestro ‘Negro’, como le decimos cariñosamente por su ascendencia chocoana, ha pasado a mesa de reyes y posado de caballero intachable. Espadachín contra la injusticia, pero enamorado de la buena vida y de su mujer milagrosa. De la manera más natural consideró dirigirle una carta, a través de su proverbial columna de EL TIEMPO, al brillante neurofisiólogo, de cuya respuesta estuvo pendiente el país. Con claridad, elegancia y valentía se jugó una carta maestra, que quedará en los anales del reposado desespero, el testimonio crudo y trascendental de un hombre encarado a unos designios pávidos, estirando su brazo fuera del agua.

Le brindaba la oportunidad a nuestro magno científico de lucirse ante la comunidad y el acervo de pacientes perdidos en la impaciencia, como el humanista que es, a más de lumbrera, con una respuesta reposada acerca de la situación actual de la medicina frente al mal de la ELA, deslizando tal vez alguna vislumbre esperanzadora.

Una frase del respetuoso requerimiento rezaba: “Dr. Llinás: ¿qué podemos esperar de la ciencia a corto o a mediano plazo? ¿Se está trabajando en esta enfermedad con entusiasmo, como para abrir ventanas esperanzadoras a los pacientes? Si no hay un camino de regreso, ¿se conocen al menos casos en los que la enfermedad haya frenado su ímpetu? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que la ciencia le devuelva la “paternidad” a esta otra “enfermedad huérfana”?”. No inquiría solo por él, sino, según ha sido su sempiterno compromiso social, por todas las personas que en hoy padecen esa amenaza.

Por la radio escuché sobrecogido las declaraciones de nuestro reputado investigador, quien entre titubeos lo único claro que reportó a la audiencia fue que había sentido como una agresión el que se hubieran dirigido a él a través del periódico –sin valorar el grado de desesperación ni el espíritu respetuoso del remitente–, sobre temas personales que él no tiene tiempo de responder. Fui testigo dolido de cómo Collazos tuvo la dificultosa decencia de disculparse por la emisora. Y llegué a pensar que a nadie le luce menos la arrogancia que a un sabio. Óscar oyó las declaraciones de Llinás y, en delicada carta a la emisora, las consideró sinceras y responsables. Yo sigo pensando que algo de corazón y de tino le faltó al admirable científico. Con semejante cerebro luchando contra el alzhéimer, por lo que nunca será olvidado. Espero que el Ser Supremo no se porte tan displicente.

Jotamario Arbeláez
jmarioster@gmail.com

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