La Cartagena del alma

La Cartagena del alma

Muchos líderes opinan que a Cartagena le hace falta un modelo de gestión como el de Barranquilla.

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17 de febrero 2015 , 06:07 p.m.

Oriundo de la periferia de Cartagena, como es San Estanislao de Kostka, residente de esta durante todo el periodo de estudios de primaria, bachillerato y primeros años de universidad, y miembro de la diáspora residente en Bogotá, nunca he perdido mi contacto con tan querida ciudad, que visito por lo menos dos veces al año.

Esos contactos se han fortalecido en los últimos tiempos gracias a las redes sociales, con las que se mantiene permanente vinculación con los muchos amigos y parientes que allí residen, de manera que uno está enterado del día a día de sus problemas y principales acontecimientos.

Debo decir, a manera de mea culpa, que metí baza en la elección del actual alcalde con una columna en este espacio, por cuanto consideré que la ciudad necesitaba respirar un nuevo aire después de esas administraciones corruptas, ineptas e ineficientes de los últimos años, y pensé que una persona joven, con alta formación gerencial y perteneciente a una distinguida familia con varias generaciones de servicio a la ciudad, podría crear un nuevo escenario para su despegue y desarrollo futuro.

Sin embargo, hace una semana me desperté alarmado al escuchar el programa que Julio Sánchez Cristo le ha dedicado en su cadena W Radio a la actual situación en Cartagena, con entrevistas a un espectro variopinto de personas. Unas notables, como el propio alcalde, y otras que, aprovechando el estilo de micrófono abierto de esa cadena, han desahogado sus angustias y visiones sobre lo que pasa en Cartagena. Hay que agradecerle a Julio Sánchez, verdadero ciudadano global, ese espacio de opinión con lo cual considero se ha ganado el noble título de cronista excelso de nuestra querida ciudad.

Lo que se observa a simple vista de este debate es que el estilo del gobernante parece ser distante de la gente, que poco escucha a los voceros ciudadanos, ni, al parecer, a su propio equipo; impone sus ideas con un talante bastante autoritario, que fluyen hacia el ciudadano del común a través de una bien aceitada maquinaria de relaciones públicas. Parece que todavía subsistiera, en ciertos sectores de la aristocracia cartagenera, ese gen de la ‘libido imperandi’ que, por ejemplo, ocasionó el publicitado gesto de maltrato cultural y social de Raymundo Angulo al popular artista Mr. Black.

Entre tantas versiones escuchadas me ha llamado la atención que obras de fondo, sobre cuya necesidad se han ocupado varias agremiaciones, entre ellas las de ingenieros y arquitectos con el liderazgo de Alfredo Pineda, como son el programa de mantenimiento de las redes de aguas pluviales y prevención de inundaciones, siga en la gaveta de las dilaciones, ante el peligro inminente de que a la ciudad le suceda un evento, Dios no lo quiera, similar a los sunamis del sudeste asiático.

Es tal la desidia sobre estos temas que, dice el ingeniero Pineda, una actividad como es el mantenimiento permanente de los ductos y canales que antes estaba a cargo de las desaparecidas empresas públicas, no fueron asumidas, por olvido, por el nuevo ente Aguas de Cartagena, y como no hay entidad responsable, solo se lleva a cabo cuando al alcalde de turno otorga contratos al efecto.

Otra cosa aberrante es la subcultura de las contrataciones a dedo, de las de un solo proponente, pues las condiciones de los pliegos son tan específicamente orientadas que, los potenciales participantes, ya saben que el contrato tiene nombre propio, todo lo cual sucede a la luz pública sin el menor escrúpulo por lo que digan los organismos de control y las veedurías ciudadanas.

Muchos voceros gremiales y líderes cívicos ponen de presente que a Cartagena le hace mucha falta un modelo de gestión gerencial como el que exitosamente se practica en Barranquilla, pero en lugar de imitarlo lo que actualmente se está haciendo es importar las malas prácticas, como el contubernio antes existente en esa ciudad, entre una clase política que consigue financiamiento bastardo, con unos cuantos empresarios cuya cuenta de cobro son los contratos posteriores.

Ello es apenas una parte de la degradante radiografía de una ciudad, antes noble y heroica por mis títulos, pujante y orgullosa, con el agravante de que se está marginando a la ingeniería local de participar en la ejecución de grandes obras, con lo que se les está infringiendo una ofensa a un gremio profesional respetable, cuyos miembros son ingenieros formados casi todos en la más antigua facultad de ingeniería civil del Caribe colombiano.

Creo que si aún viviera el poeta insigne de la Cartagena de antaño, el gran Luis Carlos el ‘Tuerto’ López, remplazaría aquella frase de “cuando tus hijos no eran una caterva de vencejos” por la de “caterva de indolentes y corruptos”.


Amadeo Rodríguez Castilla

* Economista consultor

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