El dalái lama en Washington

El dalái lama en Washington

China y EE. UU. tienen intereses y obligaciones mutuas que no se desvían por actos simbólicos.

16 de febrero 2015 , 11:39 p.m.

El pasado cinco de febrero, el dalái lama asistió como invitado al Desayuno de Oración Nacional en Washington D.C., al igual que el presidente estadounidense Barack Obama. En sus palabras sobre la tolerancia religiosa, el presidente se refirió al líder espiritual y religioso de los tibetanos como un “buen amigo” y un “ejemplo vigoroso de lo que significa practicar la compasión”. En el transcurso del desayuno, se saludaron a lo lejos con gestos de respeto y amistad. Aunque los dos no hablaron en ningún momento cara a cara, el Gobierno chino lo clasificó como un “encuentro” y levantó sus habituales críticas, expresando su descontento con esta y similares reuniones y presentando su convicción de que el dalái lama es un secesionista buscando aliados políticos en el mundo entero “bajo el manto de la religión”. Agregaron que este encuentro desalienta la energía positiva lograda últimamente en las relaciones entre China y Estados Unidos.

Este patrón de encuentros entre el dalái lama y dirigentes internacionales, seguidos por una rueda de prensa donde el vocero del Gobierno chino declama la “interferencia en asuntos internos”, ya es práctica frecuente. Es una tradición que va en su tercera década y tiene un aspecto de lo absurdo, es como ver un estrellón sobre hielo en cámara lenta o como observar un niño de dieciocho meses descubriendo la gravedad regando agua al piso una y otra vez: uno ya sabe qué sigue. Sin embargo, lo que está al fondo de esta batalla de palabras no tiene nada de absurdo, se trata más bien de una amarga y algo confusa realidad.

El Tíbet era un reino teocrático cuya extensión histórica representa una quinta parte del territorio de la China moderna, incluyendo el Himalaya y las fuentes de tres de los principales ríos del mundo. El Gobierno en Beijing, al igual que la mayoría de los chinos, sostiene que el Tíbet ha sido una parte integral de China desde al menos la dinastía Yuan en el siglo trece: si esto es cierto o no, depende en parte de cómo uno interpreta el sistema de tributos de la China imperial y en qué medida se puede hablar de estados nacionales en Asia oriental antes del siglo XIX.

Hoy en día, el dalái lama insiste en que solamente busca un grado de autonomía para el Tíbet dentro de China y en marzo de 2011 renunció públicamente a su rol como líder político de los tibetanos. Sin embargo, los gobernantes en Beijing siguen describiéndolo como un separatista peligroso y se erizan ante cualquier contacto público o privado entre el dalái lama y líderes políticos de otros países, y se rehúsan por su parte a la posibilidad de dialogar con él.

Puede sorprender darse cuenta de que China se distingue históricamente por su tolerancia religiosa: no solamente es el confucianismo un pensamiento que rige el orden familiar y social, sin ofrecer una idea del más allá o exigir una lealtad excluyente, sino que hasta la llegada del comunismo a China, convivía el islam con el budismo, los judíos con cristianos nestorianos. Hoy nuevamente se tolera el ejercicio –a veces en combinaciones sorprendentes– de prácticas taoístas y cristianas, budistas y musulmanes. No obstante, el asunto del Tíbet no es de carácter religioso, sino geopolítico.

Habrá entonces tensiones, como concede el tibetólogo Robert Barnett de la Universidad de Columbia en Nueva York, pero serán de corta duración. China y Estados Unidos tienen intereses y obligaciones mutuas que no se desvían por actos simbólicos como el ocurrido. Habrá ahora mismo asesores del Gobierno en Beijing quienes recomiendan nada más que una reclamación pro forma, presentando el caso de que este ejercicio fue más que todo un acto del presidente destinado al público doméstico, no un desafío al 'statu quo' con Beijing. Sugiere Barnett que esto demuestra que los norteamericanos están aprendiendo, gradualmente, cómo integrar el lenguaje diplomático chino a su discurso político y sus relaciones internacionales: no se trata de obedecer a las demandas chinas ni de ignorarlas o burlarse de las mismas.

Obama expresó su aprecio personal por el dalái lama, pero evitó otorgarle un espacio oficial a una persona 'non grata' en Beijing. Actuando así, demostró una madurez y una sensibilidad que no tiene muchas paralelas entre líderes occidentales. La política internacional es un juego para niños grandes. No es para personas inmaduras como Cristina de Kirchner con su ofensivo tuit luego de una cumbre con el presidente Xi, ni para los incumplidos como Juan Manuel Santos quién viajó a China hace tres años, pero no hizo el seguimiento prometido de estudios comerciales (y tampoco los preparativos adecuados): no es de sorprender que Colombia sea hoy en día uno de los países en Suramérica con menor inversión china y esto a pesar de sus evidentes necesidades.

En 1793, el representante del rey de Gran Bretaña, Lord MacCartney, se negó a inclinarse debidamente ante el emperador chino: se estrellaron dos soberbios, y como ninguno quiso ceder, ganaron el comercio y las armas, y llevaron a China al borde de la colonización. Hoy en día China tiene una mano cada vez más firme, tanto en el comercio como en las armas, pero esperemos que pueda seguir creciendo con la madurez que ha demostrado el presidente norteamericano. El dalái lama es un tesoro de la humanidad, el budismo tibetano una religión de fanáticos no beligerantes, es una obligación de los pueblos del mundo proteger lo que queda de esta cultura y el Gobierno chino debería ser entre sus principales defensores.

Benjamin Creutzfeldt*
* Sinólogo y politólogo, profesor asociado para estudios de China contemporánea y Asia Pacífico en el Colegio de Estudios Superiores de Administración, CESA. Columnista invitado del Centro de Estudios Internacionales, CEI, de la Universidad de Los Andes.

Las opiniones expresadas por los autores que contribuyen en este espacio se hacen a título personal y no comprometen el nombre de las instituciones a las cuales los autores se encuentran afiliados.

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