La otra faceta de Julio Garavito, el colombiano con cráter en la Luna

La otra faceta de Julio Garavito, el colombiano con cráter en la Luna

En tributo a su labor y a los 150 años de su nacimiento, la U. Nacional creó cátedra con su nombre.

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16 de febrero 2015 , 07:07 p.m.

Su nombre lo llevan colegios, universidades, edificios, becas, estampillas, una Orden al Mérito, un billete y un cráter en la Luna.

En la historia de Colombia lo sitúan junto a José Celestino Mutis y Francisco José de Caldas como uno de los tres sabios. Astrónomo, matemático, ingeniero, meteorólogo, estadista, profesor, actuario…

Julio Garavito, el hombre de mirada seria, puntiagudo mostacho y pelo arisco, peinado hacia atrás, imagen de nuestro billete de 20.000 pesos, es uno de los más reconocidos científicos colombianos del siglo XIX y comienzos del XX.

Este 2015 se conmemoran los 150 años de su nacimiento y como tributo a su labor científica, la Universidad Nacional abrió una cátedra que lleva su nombre.

El profesor emérito Marcelo Riveros, coordinador de la cátedra, dice que se trata de un homenaje a uno de los más reconocidos egresados de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional.

Los cuadernos de Garavito dejan ver a una persona dedicada, responsable y estudiosa. Su calidad docente se valora al nivel de la que mostró como estudiante.

Su personalidad, en cambio, era compleja. Clara Helena Sánchez, profesora del Departamento de Matemáticas de la Universidad Nacional, en su análisis sobre la vida del astrónomo, halló a un ser lleno de angustias y depresión. En 1893 se casó con María Luisa Cadena, con quien no tuvo hijos. El golpe que le dejó la muerte de ella, en 1916, fue el inicio de la decadencia de Garavito, ya aquejado por una tuberculosis, enfermedad que al parecer cobró su vida a los 55 años.

Se dice que no toleraba las críticas y que le preocupaba el rechazo de sus ideas, pese a su impresionante producción en astronomía, física y matemáticas. No solía ser buena su relación con periodistas.

Estudiante sobresaliente

Julio Garavito Armero entró al colegio San Bartolomé a los 10 años, dos años después de la muerte de su padre, Hermógenes Garavito, un comerciante que se había arruinado.

Su formación en ese colegio, que ya no pertenecía a los jesuitas, estuvo a cargo de liberales interesados en educación y ciencia. Callado y poco sociable, fue un estudiante sobresaliente. Luis María Lleras, uno de sus profesores, lo calificó desde joven como promesa para las matemáticas.

La guerra civil de 1885 aplazó su ingreso a la Universidad Nacional. Lo hizo en 1887 y matriculó Geometría Práctica, Trigonometría y Geometría Analítica.

En esa época –explica Sánchez– en Colombia había tres carreras: Derecho, Medicina y sacerdocio. La cuarta opción era enlistarse en el Ejército.

Los ingenieros, que eran los matemáticos de entonces, tuvieron que abrirse paso como nueva profesión. Les ayudó el estatus que arrastraba ser matemático, una ciencia distinta a como se conoce hoy; reunía la física, la astronomía, la topografía y la meteorología. Garavito era quien más sabía del tema en el país. Su manejo de un amplio espectro de la ciencia, dicen, remplazó el poco carisma de este hombre admirado.

La profesora Sánchez, hurgando en los 43 cuadernos que de él se conservan en el Observatorio Astronómico Nacional y en el archivo histórico de la Universidad Nacional, encontró que presentó tres tesis.

Imagen no fechada del Observatorio Astronómico Nacional. En la actualidad el edificio se mantiene. Archivo

Para lograr el título de Profesor en Ciencias Matemáticas –fue el primero en conseguirlo– presentó dos. La primera, el ‘Juego de la aguja’. “Era una manera de calcular el número pi a través de la probabilidad. Se trazan unas líneas paralelas equidistantes en un papel, se lanza una aguja de cierta dimensión y se van contando las veces que esta corta las líneas. Ese número, que relaciona las veces que se lanza la aguja con las que corta alguna de las líneas tiende al número pi”, explica Sánchez.

La segunda consistía en calcular en un manómetro (dispositivo para medir la presión) todas las posibilidades matemáticas que tiene este instrumento. Finalmente, para optar al título de Ingeniero Civil elaboró un tipo de estructura triangular para construir puentes.

Habilitó por no sacar 5

La inteligencia de Garavito siempre fue destacada, aun cuando se ‘rajó’ en dos materias. Para graduarse en la Facultad de Matemáticas e Ingeniería de la Universidad Nacional era obligatorio aprobar todas las materias con la máxima calificación: 5. La profesora Sánchez encontró solicitudes de Garavito para habilitar álgebra y geometría analítica. En ambas había sacado 4. Con la habilitación las dejó, como el resto de sus notas, en 5.

Se graduó en 1891 y fue nombrado director del Observatorio Astronómico Nacional, el cargo más importante para la ciencia en ese momento, y profesor de matemáticas, encargado de los cursos de cálculo, mecánica racional y astronomía.

La labor de Garavito –explica Sánchez– era monitorear el clima de Bogotá y entregar reportes al ministro de Instrucción Pública. “Si había un eclipse, tenía que explicar por qué ocurría, pues la gente se asustaba mucho. Aunque los temblores no se pueden predecir, él debía tranquilizar a la gente frente a estos fenómenos. Si la gente veía que Garavito salía del Observatorio a horas no habituales pensaba que algo malo iba a ocurrir”, añade.

Gregorio Portilla, director del Observatorio Astronómico Nacional, encontró evidencia en los cuadernos de las observaciones que Garavito hacía cuando levantaba terrenos. Explica que en su época, para construir mapas, la inexistencia de satélites era remplazada por la observación de estrellas. Así calculaban latitud y longitud.

Garavito enfocó su trabajo en mecánica celeste, una rama de la astronomía que consiste en estudiar el movimiento de los astros.

Su mayor contribución fue el desarrollo de una serie de resultados sobre movimiento lunar, que en su momento fueron recogidos en el Methods of Celestial Mechanics, un texto clave sobre esa especialidad, de Brouwer y Clemence.

Además, hizo observaciones de un eclipse, desde Puerto Berrío (Antioquia), y del cometa Halley, así como de otros más.

El otro lado

“Hay sentimientos encontrados, porque si no es por Garavito nadie hubiera cultivado la astronomía a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Pero él era del pensamiento de que la astronomía debía servir para algo. No estaba muy de acuerdo con la forma como la vemos hoy: aquella ciencia que busca el origen, la evolución del Universo, de qué están hechas las estrellas, el Sol y sus manchas, la explicación de los meteoros”, señala Portilla.

Garavito no contó con grandes instrumentos, subraya, pues la apatía del Gobierno para adquirirlos lo impidió.

¿Freno a la ciencia?

Para Garavito, la idea de que por un punto exterior a una recta pasa una y solamente una paralela, axioma de la geometría de Euclides, 300 años antes de Cristo, era irrefutable. Aceptar que por un punto exterior a una recta pasa más de una paralela o que no pasa ninguna era una teoría sin sentido, simplemente un juego lógico de “locos”.

El rechazo de las geometrías no euclidianas implicaba el rechazo a la teoría de la relatividad de Einstein. “Él se queda con la geometría euclidiana y la mecánica de Newton como si fueran verdades reveladas”, apunta Sánchez.

Una de las notas de matemáticas en sus cuadernos dice: “Las ideas de Einstein sobre el eje de los tiempos muestra de manera palmaria cómo se pueden formar generaciones de locos intelectuales, es decir, de gentes que nacen locas sin volverse locas”. Curioso que, pese a rechazar sus teorías, Garavito no ocultó su admiración por el padre de la relatividad.

Vinieron críticas, años después, a sus argumentos para descalificar esas teorías, pues –dicen– no eran científicos, sino objeciones desde sus prejuicios impulsados por el ambiente político y la cultura conservadora en que vivió.

La duda que alimenta las discusiones hoy, sin ánimo de dar un veredicto de culpa, es si la influencia de Garavito y su férreo rechazo a estas teorías frenaron la entrada de la matemática y la física modernas al país, que tardaron en llegar hasta la década del 50.

Sus defensores señalan que esas “revoluciones científicas” no fueron aceptadas de inmediato por los científicos en el mundo, entonces ¿por qué acá habría de ser diferente?

Garavito dejó tres herederos académicos: Jorge Acosta Villaveces, en la parte matemática; Darío Rozo, en la física, y Jorge Álvarez Lleras, su más firme defensor, en astronomía. “Muy pocos años después de su muerte sus mismos alumnos comienzan a publicar artículos sobre las geometrías no euclidianas y la relatividad”, señala Sánchez.

Sus discípulos y la sociedad en el país le tuvieron un amplio respeto. Su huella permanece hasta hoy, particularmente en el gremio de la ingeniería.

Además de dirigir el Observatorio Astronómico Nacional y oficiar como profesor en la Facultad de Matemáticas e Ingeniería de la Nacional, Garavito fue rector de la misma facultad, presidente de la Sociedad Colombiana de Ingenieros y director de la revista Anales de Ingeniería.

Criticó a los políticos de su época, pero terminó involucrado en esa arena como concejal de Bogotá y diputado de la Asamblea de Cundinamarca, faceta de la que no se conoce mucho.

La lista de cargos que ocupó, algunos de gran relevancia, no le representó ingresos sustanciales. Se dice que siempre fue un hombre austero. Su mayor riqueza la representa hoy como cara de ese billete que, sin explicación alguna, frotan los travestis en su tumba, en el Cementerio Central de Bogotá. Por qué se convirtió en amuleto de quienes trabajan en prostitución en esa comunidad, es algo que solo explica su rostro en el ansiado billete azul, que por mucho tiempo fue el de más alta denominación.

El rostro de Garavito aparece en el billete de 20.000 pesos.

En 1970, durante una reunión de la Unión Astronómica Internacional, un cráter en el lado oculto de la Luna fue bautizado con el nombre de Garavito, con lo que se convirtió en el único colombiano en tener un mérito como ese.

Permaneció frente al Observatorio hasta su muerte, el 11 de marzo de 1920.

Sus aportes a la ciencia

Con motivo del sesquicentenario del nacimiento del astrónomo Julio Garavito Armero, la Universidad Nacional abrió este año una cátedra que lleva el nombre del científico.

El homenaje a Garavito se inició el pasado miércoles y tendrá ocho sesiones en el presente semestre, los miércoles de 6:00 p. m. a 9:00 p. m., en el auditorio del edificio de Ciencia y Tecnología, en Bogotá.

“Se cubrirá, en buena parte, la obra de Garavito, con una óptica crítica y objetiva, teniendo en cuenta sus indiscutibles aportes a la ciencia y las varias polémicas que planteó por algunas de sus posturas científicas e ideológicas”, explicó el profesor emérito Marcelo Riveros, coordinador de la cátedra.

NICOLÁS CONGOTE GUTIÉRREZ
Redactor de EL TIEMPO

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