70 años después, Dresde sufre otro bombardeo

70 años después, Dresde sufre otro bombardeo

El aniversario del ataque se ha visto empañado por las marchas del movimiento antimusulmán Pegida.

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16 de febrero 2015 , 12:41 a.m.

Dresde, una ciudad alemana de medio millón de habitantes, es blanco del desagrado internacional por ser la cuna del movimiento de incitación al odio racial Pegida (Patriotas europeos en contra de la islamización de occidente).

El fenómeno, que comenzó en octubre, opera mediante manifestaciones silenciosas, realizadas casi siempre los lunes por la tarde. Ya ha habido 14 en esta urbe, capital de la próspera región de Sajonia. Un promedio de 16.000 simpatizantes han mantenido con vida las protestas contra todo lo que, según ellos, atenta contra la cultura local.

Unos 2.000 miembros de Pegida participaron en una manifestación en Dresde el lunes pasado. Foto: EFE

Su líder, Lutz Bachmann, un exconvicto de 40 años nacido en Dresde, se vio obligado a renunciar a la dirección del movimiento el 21 de enero, luego de que los medios evidenciaron su cercanía con la ideología de Adolfo Hitler y su gusto por imitarlo. Su dimisión produjo un cisma que le dio vida a una nueva entidad (Democracia Directa para Europa) y que mermó el ímpetu que traía Pegida. De hecho, la marcha convocada el lunes pasado en el centro de Dresde atrajo apenas a 2.000 personas –según la Policía–, menos de una décima parte de lo que sumó su masiva protesta del 15 de enero.

Pero a pesar de las divisiones internas de la organización, sus manifestaciones islamófobas lograron robarle protagonismo a la conmemoración del aniversario número 70 del bombardeo aliado contra Dresde, ejecutado el 13 de febrero de 1945.

De victimarios a víctimas

K. Eberhard Renner, de 82 años, sobrevivió al bombardeo de Dresde. Foto: Archivo particular.

El tema ha aumentado el malestar del resto del país con esta ciudad, porque el bombardeo es prácticamente el único episodio de la Segunda Guerra Mundial en el que los alemanes pueden, en rigor, contemplarse como víctimas y no como victimarios. “El ataque ocurrió, sin previo aviso, en la madrugada del 13 al 14 de febrero. Mientras la gente dormía, 1.765 bombas lanzadas por aviones británicos y estadounidenses provocaron un incendio descomunal en el casco urbano. Las llamas calcinaron a 35.000 habitantes y destruyeron el centro histórico, que constituía uno de los más grandes patrimonios de la arquitectura barroca en Europa”, explica el historiador Guido Knoop. “El trauma y el gran dolor histórico radica en que ocurrió cuando ya la derrota de la Alemania nazi estaba asegurada. Se trató de un ataque innecesario y cruel contra los civiles, aun en el marco de las circunstancias de una guerra provocada, indudablemente, por Alemania”, agrega.

Ser el escenario del principal drama bélico de los alemanes le ha significado a esta ciudad, a orillas del río Elba, una romería solemne que, todos los febreros desde la Reunificación –hace 25 años– llega a exaltarla por haber logrado su refundación. De hecho, en febrero del 2004, la reina Isabel de Inglaterra, que participó en la reinauguración de la Catedral (Frauenkirche), símbolo de la destrucción de Dresde, alabó la urbe como uno de los más “bellos motivos para visitar Alemania”.

Y el año pasado, siempre por estas fechas, la canciller Angela Merkel la puso como ejemplo de modernidad y espíritu de progreso, por haber logrado “con su capacidad de trabajo, innovación y creatividad convertirse en un centro universitario, de investigación y producción abierto al mundo”.

Ahora, el tufillo a odio racial que emana de Pegida amenaza con manchar la solemnidad del aniversario del gran drama alemán. No obstante, asesores del gobierno Merkel aseguran desde Berlín que de ninguna manera se va a estropear la conmemoración, pero admiten un considerable nivel de prevención.

“El Gobierno está inquieto y muy atento al desarrollo de ese movimiento de intolerancia incomprensible e inexcusable. La atención y el análisis mediático serio y crítico al respecto son muy saludables. Y lo propio está haciendo el gobierno regional. La Canciller no ha dejado pasar ocasión para expresar su explícito rechazo a Pegida”, subraya una fuente oficial.

La semana pasada, EL TIEMPO visitó la exposición ‘Panorama Dresde: 1945’, que reconstruye la imagen de la ciudad en medio del ataque, el incendio y las ruinas, en un espectacular despliegue fotográfico de 360 grados, junto con el cual también se reproducen los colores y los ruidos de una noche de guerra contra civiles dormidos.

La obra, del artista Yadegar Asisi, nacido en Leipzig, se inauguró el 23 de enero y, desde entonces, se ha convertido en centro de encuentro de los lugareños. “A los de Dresde les gusta mucho relamerse la herida, es su especialidad regional. Por eso, venir a la exposición es obligatorio. Aquí usted encuentra de todo un poco: gente de Pegida, gente contra Pegida, personas que no quieren saber mucho del tema y otras que sencillamente no se atreven a tomar partido”, dice una locuaz visitante, médica en retiro, que se identifica como una “ciudadana de Dresde, pequeñoburguesa, europea y abierta al mundo, sin prejuicios por ninguna nacionalidad o acento”.

Sin pausa, desde las 11 a. m., decenas de personas de todas las edades, comenzando por los colegiales en excursión educativa, asisten al recuerdo gráfico de lo que quedó de su ciudad hace 70 años.

En un rellano de la exposición, una profesional de 48 años dice con tono y semblante muy serios que no se debe condenar a todos los de Pegida porque no todos son racistas. “Allí hay gente buena, normal. Hay gente que simplemente tiene miedo”, explica. “¿Miedo de qué? En esta ciudad el progreso se ve por todas partes y, además, solo el 0,1 por ciento de la población es musulmana”, pregunto.

“Averigüe bien”, responde. Y añade que la consigna de llamar a la gente a posicionarse contra el islamismo puede estar equivocada. “Pegida es una olla en la que caben muchos temas de descontento y, por tanto, muchos tipos de personas. Aquí en Dresde, tantos años después de la guerra y otros tantos después de die Wende (la caída del Muro de Berlín), la gente ha logrado, con mucho esfuerzo, alcanzar una vida armónica, sin muchos lujos, pero ordenada y tranquila. Con tantos conflictos en el mundo que potencialmente pueden llegar a afectarnos, por la llegada de refugiados o demasiados inmigrantes, por ejemplo, muchos tienen miedo de perder ese estado. Eso es Pegida”, sentencia.

El miedo a lo que pueda llegar a suceder pero no ha sucedido, y contra lo cual se debe luchar para que no suceda, es, en resumen, la definición de Pegida que hace la mayoría de los consultados, cerca de 15, todos criados y residentes en Dresde. También expresan el deseo de vivir “lo más alejados que se pueda de la realidad mundial”. Desean que nadie toque su mundo y, si lo hacen, que sea mediante una visita corta, prudente y con previo aviso.

“Estoy listo para irme de este mundo en cualquier momento. Por eso me considero por encima del bien y del mal. No tengo derecho a condenar a nadie, pero desprecio a Pegida, no tanto por la gente que agrupa, sino por el concepto en sí mismo. Refinado”, opina K. Eberhard Renner, un odontólogo de 82 años que sobrevivió al bombardeo de Dresde y que vivió de principio a fin la era del nazismo alemán.

“Tenía 2 años cuando Hitler llegó al poder. Sobreviví al bombardeo a Dresde cuando tenía 12. Por eso sé, con certeza, que uno de los instrumentos de los nazis, desde el momento mismo de su llegada al poder, fue infundir el miedo y propagar el terror”, afirma.

“Cuando salimos de nuestro escondite, al que entramos cuando se inició el bombardeo y vimos las ruinas y la ciudad en llamas, mi padre dijo por primera vez ante su familia y otra gente: ‘Todo esto es también obra de Hitler’. Hoy eso suena repetitivo. En tiempos de los nazis, la mitad de la frase habría bastado para que lo enterraran vivo en un campo de concentración y torturaran hasta la muerte a su familia”, reflexiona el octogenario.

Para indagar más sobre eso el “refinado concepto de Pegida”, el doctor Eberhard aconseja buscar gente que ande por la calles, pero no vagando sino trabajando. “La gente sabe mucho”, enseña.

Un sajón, representante de una pequeña empresa familiar que produce vinos y los vende en restaurantes costumbristas del centro, comparte su análisis sobre Pegida.

“¿Sabe de historia?”, pregunta, de entrada, con una pícara sonrisa de vendedor. “Para mí, Pegida es un asunto social complejo, como todo en Alemania, y se compone de dos cosas. Una es la gente que la sigue: desempleados y empleados frustrados o cansados, amas de casa, desocupadas, borrachos, hooligans, pensionados empobrecidos, neonazis pandilleros, comunistas nostálgicos, en fín, todos los que han permanecido en voz baja durante muchos años. El segundo componente son los creadores de la idea. ¿Recuerda la historia? Los nazis empaquetaron en el concepto de ‘arte negro’ la obra de artistas como Gauguin, Chagall y Dalí para perseguirlos. ¿Cuántas personas de color había en Alemania entre 1930 y 1940? ¡Ninguna! El concepto radica en materializar un peligro inexistente. A pesar de que aquí en Sajonia solo vive una minoría insignificante de islamistas, los Pegida llaman a luchar contra la islamización de Occidente. ¿Sí entiende? La ‘islamización’ es el empaque que da forma a un peligro potencial en el que caben todos los miedos y prevenciones de una sociedad susceptible”, concluye este filósofo callejero.

Y quizás eso sea lo más preocupante: que en una región tan emblemática de Alemania todavía haya gente proclive a enrolarse en campañas antisemitas y, en un sentido más amplio, xenófobas.

“Siento rabia por Dresde. Mi mirada y mi opinión sobre el oriente germano han cambiado para siempre. Ese oriente germano de ira disimulada, resentimientos, frialdad e intolerancia frente a lo nuevo y diferente sigue latente. Yo, que soy ossi (germano-oriental), pensaba que mi región ya había superado esos estadios. Qué equivocado estaba”, escribió hace unos días el escritor y periodista Martin Machowecz, en un excelente análisis titulado Pegida y yo, publicado por el semanario Die Zeit.

PATRICIA SALAZAR FIGUEROA
Para EL TIEMPO
Dresde (Alemania).

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