Creced y multiplicaos

Creced y multiplicaos

Uno de los hechos verdaderamente revolucionarios del siglo XX fue la píldora anticonceptiva.

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16 de febrero 2015 , 12:19 a.m.

Sin llegar al extremo de nuestro controvertido escritor iconoclasta Fernando Vallejo, quien afirmó que traer hijos a este mundo es el crimen máximo, es indudable que el buen juicio hace aconsejable que la reproducción humana se lleve a cabo con ponderación, vale decir, con mesura, “con cierto ritmo y en cierta proporción”. Así lo aconsejó recientemente el papa Francisco, con una frase bien gráfica: “No hay que reproducirse como conejos”.

Durante mucho tiempo la mujer fue considerada solo la almáciga de la especie, la máquina reproductora de la humanidad. Confirma esto una anécdota referida por el erudito escritor español del siglo XIX Severo Catalina, en su conocido ensayo La mujer. Dice así: Cuentan que un día preguntó Madame de Stäel al emperador Napoleón cuál era a sus ojos la mujer más grande del mundo. Sin vacilar, respondió que la que hubiera tenido más hijos. Y así era –digo yo–, pues en la cultura occidental la Iglesia católica preconizaba que la unión matrimonial tenía como misión primordial dar hijos al mundo y fieles a la Iglesia. Para Napoleón, la misión era dar hijos para sus ejércitos. Por eso la santidad de los hogares se medía por el tamaño de la prole: cuanto más numerosa, más méritos tenía ante Dios y ante los Napoleones.

La Iglesia católica, de tanta injerencia en el comportamiento de su rebaño, fue muy reticente a que la reproducción se hiciera de manera controlada. Por eso el choque con los científicos y los gobiernos que preconizaban el control natal por medios artificiales, pues ella solo aceptaba la continencia periódica.

Cuando en la década de los sesenta del siglo pasado advino la píldora anticonceptiva, ¡ahí fue Troya! Las palabras del papa Pío XI recogidas en la encíclica Casti Connubi se pusieron en circulación profusamente: “... y estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destruyen adrede de su naturaleza y virtud obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta”. No obstante esta admonición, pudo más el sentido común y las parejas católicas comenzaron a usufructuar los beneficios de la píldora, lo que llevó en 1968 a Pablo VI, en la encíclica Humanae Vitae, a dejar en libertad a los fieles para decidir el número de hijos que quisieran y pudieran tener, sin aceptar –claro está– métodos anticonceptivos no naturales.

Uno de los hechos verdaderamente revolucionarios del siglo XX fue el aporte que la ciencia hizo a la humanidad al poner a su disposición la píldora anticonceptiva, pues abrió la posibilidad de que las parejas pudieran controlar la natalidad a su leal saber y entender. Además, la relación sexual, que fisiológicamente tiene también una dimensión placentera o recreativa, podía practicarse sin temor al embarazo. Este aporte, y el empleo de otros métodos anticonceptivos, permitió que entre nosotros la tasa de fecundidad, que en 1964 era de 7 hijos por mujer en edad fértil y en un unión conyugal, pasara a 2,8 en 1990; en la actualidad se mantiene en un rango ligeramente superior a 2.

De no haberse oficializado la política de planificación familiar durante el gobierno de Carlos Lleras Restrepo, tendríamos hoy una población cercana a los 70 millones de habitantes, con todas sus funestas consecuencias. Menos mal que pudo más el pragmatismo político que las admoniciones clericales.

Desde las teorías de Roberto Malthus (1798), se sabe que el crecimiento desbordado de la población es, en cualquier país, una bomba de tiempo. Bien decía John Rock, el verdadero padre de la píldora, que la superpoblación es al cuerpo social, sea este familia o nación, lo que el peso excesivo es al cuerpo físico: una constante amenaza para la integridad del cuerpo.

Fernando Sánchez Torres

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