Predicar el liberalismo, practicar el mercantilismo

Predicar el liberalismo, practicar el mercantilismo

El secreto que nadie quiere admitir es que en la economía internacional ya no se transan bienes.

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15 de febrero 2015 , 11:53 p.m.

Durante décadas se creyó que el mundo sería capaz de construir un régimen multilateral de comercio abierto y sin discriminaciones, con el cual todos íbamos a ganar y ser más felices. Soñamos con exportar ruanas de Cucunubá para espantar el frío en las estepas siberianas, hacer de la panela el alimento de los deportistas chinos y volver el bocadillo veleño un postre gurmé en los restaurantes parisinos. Pero no ha sido así. Algo ha desviado al mundo del camino hacia la utopía de la globalización.

El liberalismo económico, que trae consigo la apertura y la integración comercial, sin duda tiene mucho sentido. Colombia es una buena muestra del impacto positivo que traen los tratados de libre comercio, la privatización, la desregulación, la inversión extranjera y la vigencia de las fuerzas del mercado. Por ejemplo, hace 25 años despachar un contenedor de carga por Cartagena costaba diez veces más que hoy, en términos reales, y se demoraba tres días. Hoy se hace en horas. La inversión privada –como porcentaje del PIB– es tres veces superior al promedio del siglo pasado. La lista de beneficios económicos y sociales que le trajo al país haber adoptado ese modelo es bastante larga.

Por eso el problema no es que el liberalismo económico sea intrínsecamente malo, como creen algunos proteccionistas a ultranza. La cuestión radica en que si unos lo practican y otros no, quienes se pliegan ciegamente a la fe del libre mercado salen perdiendo. En Colombia, en esas materias somos más papistas que el papa. Pero en muchos otros países –que son feroces competidores de nuestros productos en los mercados mundiales– la actitud es muy diferente.

A pesar de que en nombre del libre mercado esas naciones patalean y exigen, en la práctica para los nuevos poderes internacionales en ascenso –China, Brasil, India, Rusia, Indonesia, Corea, México, Turquía, Sudáfrica, Taiwán, entre otros– el mercado mundial es un campo de batalla. La política de comercio internacional dejó de ser un espacio reservado para los técnicos o para los diplomáticos de la OMC. Es una arena para gladiadores.

El secreto que nadie quiere admitir es que en la economía internacional ya no se transan bienes y servicios, sino relaciones de poder. El mercantilismo, que parecía desterrado para siempre desde el triunfo del liberalismo inglés en el siglo XIX, ha regresado más fuerte que nunca. Su obsesión por obtener superávits en la balanza comercial y acumular reservas internacionales se ha convertido, nuevamente, en una cuestión de Estado para muchas naciones.

El comercio exterior se está volviendo un escenario donde, ante todo, se despliegan las rivalidades y aspiraciones geopolíticas. En un mundo multipolar y de intensa competencia, el comercio mundial es un alfil poderoso en la guerra por la preeminencia regional y orbital. Y está siendo jalado más por los designios de los Estados que por las fuerzas del mercado.

En todos los países mencionados anteriormente, no siendo estos los únicos, la política industrial y el dirigismo estatal han creado, de la nada, sectores completos que se han convertido en líderes globales, no precisamente porque aprovecharon ineludibles ventajas competitivas. La mano poco disimulada de las medidas gubernamentales ha suplantado la afamada “mano invisible” de Adam Smith. ¿Qué hacer? Aquello que están haciendo los demás: predicar el liberalismo, pero practicar el mercantilismo.

Díctum. Cuando la izquierda denunciaba por el mundo a Álvaro Uribe, eso era traición a la patria. ¿Cómo se denominaría, entonces, el tour global del Centro Democrático?

Gabriel Silva Luján

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