La maldición del petróleo

La maldición del petróleo

El problema de Venezuela es que el 28% de la población no cree necesario trabajar para vivir bien.

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14 de febrero 2015 , 08:42 p.m.

Sí, es lamentable la tragedia de Venezuela, idéntica a la de Polonia, Hungría, Rumania y todos los países de la Cortina de Hierro durante la era soviética; una crisis de escasez con un pueblo resignado y sometido. Porque más grave que la inflación desbordada, la escasez, el desmantelamiento de la tradicional producción agrícola e industrial del país, del colosal endeudamiento, es la persecución, esa sí judicial, contra la oposición.

Porque más penoso que el control de las instituciones por parte del régimen opresor venezolano, que el cercenamiento de la actividad empresarial privada, e incluso más que el secuestro comunicacional de la población para que no pueda dimensionar los problemas y evaluar alternativas, es el miedo con el que hoy viven 26 por ciento de los venezolanos, como muestran estudios de Alfredo Keller, uno de los encuestadores más reconocidos del país. Un porcentaje que cree que sus únicas opciones son someterse o irse del país.

Frente a un panorama tan sombrío parecieran tener razón quienes con cierto voluntarismo critican la política de ‘apaciguamiento’ de Colombia hacia Venezuela y exigen que sea modificada por una de mayor compromiso con las demandas democráticas. Pero en realidad la postura colombiana es la más acertada a la luz de los intereses presentes y de largo plazo del país. Lo que no obsta para que Colombia permanezca

vigilante y cuestione el agravamiento de la violación de derechos humanos en Venezuela.

En primer lugar, porque a pesar de la profundización de la crisis de gobernabilidad y del choque interno a mediados de 2013 y mediados de 2014 entre pragmáticos y radicales del chavismo, purga que ya casi finaliza con la victoria temporal de los radicales, es altamente probable que el régimen adquiera rasgos cada vez más autoritarios y se perpetúe en el poder al estilo de otra Cuba. El oficialismo tiene el control de las fuerzas militares y de policía y del paramilitarismo chavista, y demostró que está dispuesto a reprimir cuando hace dos semanas el Ministerio de Defensa autorizó el uso de armas “potencialmente mortales” en manifestaciones de protesta.

En segundo lugar, porque los demócratas venezolanos no parecen ser tantos como se cree y lo que más bien prima es la ‘maldición del petróleo’. Se trata de una cultura tradicional del venezolano, como indican los estudios de Keller, en la que un 82 por ciento de la población cree que el país es inmensamente rico; el 86 por ciento, que la función del Estado es repartir equitativamente esa riqueza y el 44 por ciento vive del asistencialismo y del proteccionismo del Estado. Con consecuencias aún más graves, y es que el 28 por ciento cree que en Venezuela no es necesario trabajar para vivir bien, lo cual se traduce en un ambiente extremadamente propenso a la corrupción.

Derivado en buena parte de lo anterior, en tercer lugar, persiste en algunos sectores tradicionales de la política opositora la prioridad por ocupar los pocos cargos que puedan quedar y por su creencia en que a pesar de la naturaleza del régimen se permitirá la competencia democrática para

compartir cuotas de poder, con lo cual terminan ingenuamente legitimando y lavándole la cara al lado más oprobioso del régimen.

Un cuarto factor es que, a pesar del drama, la oposición tiene el propio, y es la falta de unidad por el protagonismo de sus líderes, que crea fricciones personales que les impide crear una plataforma unitaria ante la crisis, no obstante el liderazgo de Henrique Capriles, Leopoldo López o María Corina Machado.

Es muy posible entonces que, frente a un panorama tan adverso, un cambio de política de Colombia fuera inútil. Pero además, y más importante aún, no se puede olvidar que la relación con Venezuela no solo es de hermandad, comercial o de cooperación, sino que también existe un diferendo marítimo sin resolver en el golfo de Coquivacoa. No se puede olvidar que en agosto de 1987, en el incidente de la corbeta Caldas en la zona de Castilletes, Venezuela impuso una política de contención y disuasión ofensiva militar.

Por eso en los años 80 la debilidad militar colombiana la obligó a ceder y el conflicto interno fue superior a la conservación de su territorio; la transposición de las condiciones, como las actuales, debe conducir al país a mantener una política acorde a los intereses nacionales de largo. Naturalmente desoyendo a los voluntaristas, que en el fondo lo que quisieran es complicar la gobernabilidad vía la reedición de las confrontaciones con el chavismo de la era Uribe.

John Mario González

@johnmario

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