De Davos a Cartagena

De Davos a Cartagena

La reunión de Davos es un evento único y su poder de convocatoria es inimitable.

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14 de febrero 2015 , 08:41 p.m.

Mientras que la reunión de Davos es buena para el cerebro, la de Cartagena es fantástica para el alma.


No debe haber dos ciudades más diferentes. Davos es un nevado pueblo en los Alpes suizos y Cartagena de Indias es una soleada ciudad colonial en la costa caribeña colombiana. Como ciudad, Davos no es muy agraciada. Cartagena, en cambio, es probablemente la ciudad más bella de América.

Hace unas semanas, ambas ciudades hospedaron reuniones tan diferentes como su historia y su geografía. En Davos se reunió el Foro Económico Mundial y en Cartagena, el Hay Festival. En el primero predominaron las discusiones sobre negocios, geopolítica, tecnología y poder. En el segundo, las conversaciones fueron, principalmente, sobre libros y literatura.

Como se sabe, desde hace 45 años el Foro Económico Mundial reúne en Davos, a finales de enero, a una multitud de líderes mundiales. Este año, el Foro tuvo 2.500 participantes, provenientes de 100 países; 40 jefes de Estado, 300 altos funcionarios gubernamentales y 1.500 ejecutivos de las más grandes empresas del mundo. También asistieron 14 premios Nobel y un buen número de académicos, líderes de organizaciones no gubernamentales, de medios de comunicación y fundaciones filantrópicas, así como artistas.

El Hay Festival nació hace 27 años, en Hay-on-Wye, un pueblito de Gales de solo 1.900 habitantes, y reúne anualmente a un buen grupo de escritores con un nutrido grupo de amantes de la literatura y el arte. Bill Clinton dijo que el Hay Festival es un “Woodstock para la mente”. El festival ha sido exportado a otras ciudades (Segovia, Nairobi, Kerala, etc.) y, desde hace 10 años, también se lleva a cabo, con creciente éxito, en Cartagena (Colombia). Este año atrajo a 183 conferencistas (incluidos dos nobeles) así como a novelistas, ensayistas, poetas, cineastas y periodistas que participaron en 115 sesiones, distribuidas en seis sedes. Y mientras que los asistentes al Foro Económico Mundial en Davos fueron conmovidos por un maravilloso concierto de

Andrea Bocelli, los de Hay de Cartagena aplaudieron a rabiar una magistral conversación\concierto con Juan Luis Guerra.

La reunión de Davos es un evento único y su poder de convocatoria es inimitable. El Foro atrae un gran número de participantes conocidos por su poder político, económico o mediático, por su activismo social, sus descubrimientos científicos o por su capacidad para moldear la opinión pública. Por supuesto que es una reunión de una cierta élite mundial, y es obvio que en los corredores del centro de congresos de Davos no se va a gestar la rebelión que va a poner de cabeza el injusto orden existente en el mundo de hoy. Pero es igualmente cierto que en Davos se pueden detectar tempranamente tendencias, temas e ideas con el potencial de tener un gran impacto internacional. Así, mientras muchos perciben la reunión de Davos como una conspiración, yo la veo como un interesante barómetro de los humores y temores de un grupo de gente con mucha influencia. Este año, por ejemplo, hubo un ambiente que contrastó con el de reuniones anteriores. Desde la crisis económica del 2008, las conversaciones en Davos estuvieron dominadas por una gran ansiedad acerca de los peligros económicos: ¿cuál es el próximo país o gran institución financiera que colapsará? era la pregunta más frecuente. Ya no. La preocupación por la economía mundial sigue y la anémica situación de Europa está muy arriba en la lista de riesgos. Pero ya no hay la sensación de que el mundo está al borde de un precipicio económico. Este año la ansiedad pasó de la economía a la geopolítica: ¿cuál será la próxima guerra, insurrección o conflicto no tradicional que descarrilará al mundo? No hay consenso sobre la respuesta: algunos ven el riesgo en la beligerancia de Rusia y otros, en Oriente Próximo o en la fricciones entre China y sus vecinos. Pero un interesante indicador es que, mientras hace unos años Vladimir Putin se presentó en Davos y su estilo y discurso hicieron que muchos concluyeran que era el hombre más poderoso del mundo, este año su imagen es más la de un líder debilitado, aislado y peligroso, que la de un estadista mundial.

En el Hay Festival de Cartagena, tanto la audiencia como las angustias fueron de otro tipo. Mientras que el 67 por ciento de los asistentes a Davos vinieron de Norteamérica y Europa, en Cartagena el público era casi todo latinoamericano, principalmente colombiano. Y para muchos, la preocupación era cómo llegar a las sesiones antes de que se llenara la sala, lo cual casi siempre ocurrió. Vi largas colas de gente que esperaba bajo el

inclemente sol caribeño para entrar a... oír hablar de libros. Cuando muchos pronostican el fin de los libros y la degradación de la literatura y su reemplazo por breves mensajes digitales, en Cartagena había revendedores que ofrecían entradas un poco más caras que el precio oficial (8 dólares), como si fuese un partido de fútbol o un concierto de rock. Y las vendían todas. Parece un milagro.

Así, mientras que la reunión de Davos es buena para el cerebro, la de Cartagena es fantástica para el alma.

Moisés Naím

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