¿Un alcalde simpático? / Voy y vuelvo

¿Un alcalde simpático? / Voy y vuelvo

No dejemos que sea la apariencia y no la esencia de un candidato lo que nos anime a votar por él.

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14 de febrero 2015 , 06:20 p.m.

Me enerva ese fenómeno que ha venido haciendo carrera en la ciudad. A falta de partidos serios y fuertes, han surgido figuras individuales que atraen votos y se ganan la simpatía de la gente. Algunos le añaden ideas claras, consecuentes, responsables; otros, por el contrario, solo acuden a su encanto personal o a sus poses de estadistas para convencer a electores incautos.

Hace un par de semanas dije en este mismo espacio que tenemos que ser responsables a la hora de elegir a nuestros gobernantes.Y que debemos mirar con cuidado su trayectoria, su pulcritud, pero sobre todo, su deseo sincero de entrega absoluta a la causa de sacar a Bogotá adelante, aprovechando lo bueno que quede y proyectándola hacia un sitial más honroso, que es lo que se merecen la capital y los bogotanos que aún confían en ella. (Lea también: Elecciones en Bogotá: ¿se repetirá la historia?)

Por eso me revuelve el estómago que haya comenzado a surgir ese mal inveterado de que para ser buen candidato hay que ser simpático, hay que adoptar estrategias para que el aspirante luzca más conmovedor, sonría a la fuerza, alabe sin convicción o se indigne sin motivo. ¿Cuál es –pregunto yo– la obsesión de querer presentarnos candidatos excedidos de libreto y maquillaje en lugar del auténtico y natural, con valores propios y propuestas sensatas?

Si vamos a hablar de simpatías, nuestro actual mandatario no es que sea un dotado. Si vamos mucho más atrás, a Peñalosa se le suele tildar de arrogante y dictatorial, pero ahí están los resultados. Y si de simpáticos se trata, pues eso era en esencia Samuel Moreno: encantador, sociable, carismático… Y hoy está preso por el ‘carrusel’ de contratos.

Ahora pretenden aplicar el mismo matoneo a Rafael Pardo, el aspirante del Partido Liberal. Que muy serio –dicen–; que muy distante, que de pocas palabras. Le aconsejan que se esfuerce por sonreír, por ser más ‘popular’, que se unte de pueblo. Yo no sé si llegará a ser alcalde, no se conoce aún el alcance de su proyecto político, no sé quién lo apadrina. Pero eso es exactamente lo que deberíamos estar viendo en lugar de entretenernos en si es gracioso, hechicero o seductor. Hay que ir más allá, mirar lo que ha hecho a lo largo de su vida pública y cómo ha sorteado las adversidades, qué decisiones ha tomado y bajo qué circunstancias, es la mejor manera de conocer el talante de un gobernante.

Si nos vamos por el lado simplista de la percepción, ¿vamos a cuestionar a Clara López porque para algunos luce demasiado maternal? ¿O a Pacho Santos porque es demasiado dicharachero? ¿Hay que aseriarlo?, ¿ponerlo a posar de estadista? ¿O vamos a fijarnos en el mechón de Hollman Morris y en que pica el ojo a la primera cámara que ve?

A los hombres y mujeres públicos hay que admirarlos por su esencia, porque es allí donde llevan impregnado el ADN de sus convicciones, como Galán; porque es allí donde anidan sus principios y donde esperamos también aniden las propuestas juiciosas, honestas, integras y leales con los ciudadanos. Eso es lo que necesita Bogotá.

No me cabe duda de que detrás de esa esencia hay también unos valores que han acompañado el proceder de cualquier candidato; es ese algo que, como dicen las abuelas “viene de cuna”. Pero si ocurre todo lo contrario –que también puede pasar, ni más faltaba–, si resulta que al candidato encantador o al serio y formal los inspira otro tipo de intereses personales (contratos y prebendas, por ejemplo), gremiales (venderse al mejor postor) o politiqueros (entregarles todo a los compravotos, a las maquinarias), es porque llevan consigo el ropaje adultero de las falsas promesas. Y eso, mis queridos amigos, se nota. En una próxima ocasión les daré algunos tips para detectarlos.

Tenemos muchos problemas por resolver –qué tal el chicharrón de la seguridad, el metro, el desempleo, para citar solo algunos– como para que ahora caigamos en el debate insulso de que necesitamos un candidato “que venda”. No, necesitamos uno o una que gobierne, que lo haga bien, con autoridad, convicción y arrojo.

Dicho esto, amables electores, menos atención a la apariencia y más esmero en entender lo que dicen y dirán de aquí en adelante nuestros candidatos. Porque una cosa sí es segura: si dejamos que el espejismo sea quien nos gobierne, la cruda realidad se encargará de cobrarnos el error.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
@ernestocortes28

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