'Sweet Home Alabama' / Séptimo arte

'Sweet Home Alabama' / Séptimo arte

Esta mirada a escala humana engrandece aún más la narración de DuVernay.

14 de febrero 2015 , 04:52 p.m.

Las escasas dos nominaciones al premio Óscar que tiene Selma (2014) ya consiguieron algo: que esta película tan valiosa sea estrenada comercialmente en Colombia. De otra forma nos hubiéramos privado de apreciar una obra que antes que intentar hacer una biografía convencional sobre el reverendo Martin Luther King, lo que busca ante todo es hacer una reflexión sobre el valor de las ideas y de los actos simbólicos de no violencia, enfrentados al brutal peso de la intolerancia racial.

La directora Ava DuVernay se circunscribe, en su tercer largometraje, a los meses que siguieron a la ceremonia en la que King recibió el premio Nobel de la Paz, en los que liderará unas protestas en la ciudad de Selma, Alabama, buscando asegurar el derecho de la población negra a votar, mediante su estrategia de negociar, protestar y resistir. La movilización incluye una marcha entre Selma y la capital del estado, Montgomery, que enfrentará la oposición –por vías de hecho– del gobernador George Wallace, mientras el presidente Lyndon Johnson se muestra irresoluto y cauto.

Lo que DuVernay hizo fue buscar entre la historia de Estados Unidos un evento que simbolizara el enorme desbalance entre un grupo humano que defendía sus derechos y una sociedad, apalancada por las fuerzas del estado, que se negaba a otorgárselos. Y lo encontró en algo que ocurrió hace apenas cincuenta años, pero que era necesario revivir para que nos diéramos cuenta de la utilidad de la no violencia, apreciemos aún más todo lo que se ha logrado en estas décadas y lamentemos que aún persista la inequidad racial, entra tantas otras injusticias.

Selma no es, por fortuna, un relato hagiográfico. King (interpretado con enorme convicción por el actor inglés David Oyelowo) aparece como una figura central llena de magnetismo, pero así mismo se pueden observar sus contradicciones y temores, la tensión que había en su hogar, sus disputas dentro del movimiento que lideraba. Esta mirada a escala humana engrandece aún más la narración de DuVernay, pues nos habla de las naturales fisuras de una organización civil que tenía una misión más grande que ella misma. Al final, a lo que asistimos es –tras golpes, amenazas y muerte– a una celebración del espíritu humano, empeñado en defender su dignidad contra las sombras más oscuras.

JUAN CARLOS GONZÁLEZ A.
Para EL TIEMPO

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