Ampliar el campo de batalla / Hablemos de vinos

Ampliar el campo de batalla / Hablemos de vinos

Están aquellos que ven la tienda de libros como algo más que un negocio para ganar dinero.

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14 de febrero 2015 , 04:51 p.m.

Las tiendas de vinos y, por extensión, la gente que se dedica a importar vinos y comercializarlos al detalle, me recuerda al trabajo del librero. Hay algunos que optan por el gran negocio, por traer lo que se venden en cantidades masivas. El best seller de la temporada, la sección de libros de autoayuda.

Por otro lado, están aquellos que ven la tienda de libros como algo más que un negocio para ganar dinero. Esos son los libreros que se las rebuscan para traer pequeñas ediciones, autores desconocidos, escritores que probablemente darán de qué hablar en el futuro. Más que comerciar, su trabajo se asemeja al de una curaduría.

Néstor González, propietario de la importadora Viñas Boutique, va en esta última dirección, con un portafolio de bodegas que, en su conjunto, ofrecen una de las ofertas más atractivas que se conocen en Sudamérica. Vinos para nada conocidos en este lado del mundo, pero todos –casi sin excepción– de gran carácter, en especial su sección europea.

Viñas Boutique lleva diez años, tiene una tienda en Medellín y sus vinos se pueden encontrar en algunos de los mejores restaurantes paisas (El Cielo y Provincia, por ejemplo) como también en Bogotá, en sitios como La Brasserie o Bandido.

“Los consumidores, ante nuestros vinos, reaccionan con mucha curiosidad e incredulidad, pero escuchan. Una parte escucha y ensaya, y luego se convierten en apóstoles”, dice Néstor.

Entre lo que tiene y me gusta está una excelente selección de Niepoort, de Portugal; el inquieto Telmo Rodríguez, de España; los deliciosos albariños de Zárate, de Rias Baixas, o los blancos extra minerales de Lucien Crochet, de Sancerre. Ya con eso yo, al menos, quedo contento.

Lo que me gustaría, claro, es que hubiese más importadores como Néstor, personas jugadas por traer nuevos sabores y así desarrollar un mercado como el colombiano, que aún es embrionario, que necesita desarrollarse, pero que a la vez está fuertemente dominado por grandes marcas que casi han monopolizado las estanterías con sus vinos baratos y, a veces, también buenos.

Pero no se trata de competir con esos vinos. ¿Quién, en su sano juicio, pondría una importadora de pequeños vinos artesanales, para derribar los millones de litros de Casillero del Diablo, por ejemplo? Se trata, más bien, de ampliar la oferta, de ofrecer alternativas. Si a mi me gustan los best seller o efectivamente creo que me ayudan los libros de autoayuda, pues nada. No hay problema. El problema sucede cuando solo se ofrece eso y nada más.

PATRICIO TAPIA
Especial para EL TIEMPO

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