El espinoso camino de las rosas en San Valentín

El espinoso camino de las rosas en San Valentín

Uso de químicos, distribución de la tierra y condiciones laborales: los dilemas de la floricultura.

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13 de febrero 2015 , 11:22 p.m.

Patricia García nunca celebra San Valentín, y aun si lo hiciera, preferiría recibir girasoles en lugar de rosas.

No es que haya perdido su lado romántico. De hecho, sigue tan perdidamente enamorada de su esposo como hace dos décadas en los cultivos de flores donde ambos trabajaban y se flecharon.

Sucede que su vida entera son las rosas. A las 4:00 a. m., cuando despierta, Patricia quisiera dormir un poco más, pero debe preparar el almuerzo para sus tres hijos y estar lista a las 5:20 en el parque de Cajicá, donde la recoge una ruta que luego la llevará a una finca en Nemocón.

A las 6:30 de la mañana, Patricia, supervisora de poscosecha de Agrícola El Redil, una empresa con 38 hectáreas de la codiciada flor, se alista para la faena de coordinar a 116 operarios para cortar, pelar, medir, organizar y, por temporadas como la de San Valentín, empacar 6 camiones diarios de rosas: cada uno con 700 cajas, y cada caja con 600 tallos.

Patricia García, floricultora de 42 años, se ha dedicado a la actividad desde hace 20 años en Nemocón, Cundinamarca. Mauricio Moreno / EL TIEMPO

A las 3:30 p. m., o a las 6:00, o a las 8:00, o a la hora en que culmine el trajín (todo depende de si es época corriente, o de madres, de mujer o de enamorados), ella vuelve a casa con el peso del día, la esperanza de encontrar a la familia despierta y la certeza de que al día siguiente, como ha sido desde los 16 años, encontrará de nuevo, sutiles, presumidas, espinosas, aromáticas, rojas, púrpura, blancas o amarillas, a docenas, cientos, miles de rosas.

Cuando las flores enferman

Más allá del hastío ocasional y la jaqueca, Patricia, una empleada ejemplar, no tiene reparos del negocio. Gana un salario mínimo, tiene vacaciones anuales, se siente a salvo frente al peligro que significa el contacto con agroquímicos y la emociona imaginar a una enamorada en Estados Unidos (a donde van el 76 por ciento de las flores colombianas) recibiendo las rosas que pasaron por sus manos.

Pero si bien la temporada de San Valentín significa para los floricultores el 12 por ciento de las ventas anuales y 10.000 puestos de empleo adicional en 60 municipios del país, Amanda*, una operaria del sector de las flores de Facatativá que prefiere proteger su nombre por temor a las represalias de la empresa en la que trabaja, lleva 20 años en el sector y dice que “trabajar en la flora implica enfermarse”.

Esta madre soltera de dos adolescentes ha desempeñado labores de cultivo y de clasificación de rosas. Sufre de migraña y, según dice en su expediente médico, “los movimientos repetitivos le desgastaron el conjunto de músculos y tendones del hombro derecho”.

La han operado en dos ocasiones y el problema persiste, y como pertenece a un sindicato logró que mientras se recupera de la última cirugía, se desempeñe en tareas de menor carga, pero hay compañeras suyas que sufren de inflamación en los codos, muñecas y bursas, y que deben continuar trabajando porque no tienen más opción.

“En general, sobre todo para San Valentín, tenemos demasiado trabajo para realizar en muy poco tiempo, y eso nos deteriora”, argumenta Amanda, quien también habla de enfermedades respiratorias y fuertes dolores de cabeza derivados del contacto directo o indirecto con los agroquímicos utilizados para proteger las rosas y mejorar su producción.

Al respecto, Marcela Varona, docente de la maestría en Salud Ocupacional y Ambiental de la Universidad del Rosario y quien ha investigado el efecto de los agroquímicos de la industria floral en sus trabajadores, explica que el uso de químicos en el sector ha cambiado significativamente en los últimos 20 años.

Si bien pudo corroborar que hace dos décadas la industria utilizaba plaguicidas clasificados como “extremadamente tóxicos” y “altamente tóxicos” con capacidad de permanecer hasta 70 años en agua, aire, suelo y lodos, en la actualidad los floricultores certificados emplean estrategias de control biológico para proteger a las plantas, así como plaguicidas “ligera y medianamente tóxicos”, que según dice Varona, tienen efectos “significativamente menores sobre la salud de los humanos y el medio ambiente”.

La experta argumenta que hallazgos de su autoría, como que en 1998, de 120 trabajadoras del sector, el 43 por ciento había trabajado en cultivos de flores donde se usaban 44 plaguicidas diferentes, algunos catalogados como alta o extremadamente tóxicos, puso el tema en debate y alertó a Asocolflores (Asociación Colombiana de Exportadores de Flores) sobre la necesidad de mejores prácticas.

Pese al escenario alentador, de acuerdo con el informe ‘Flores colombianas: entre el amor y el odio’, de la Corporación Cactus, ajena a las grandes empresas exportadoras de flores, preocupa el bienestar de los operarios del sector.
En 2011, Cactus consultó a 231 empleados que laboran en 84 empresas, ubicadas en 14 municipios de la Sabana de Bogotá, y concluyó que las prácticas en relación al uso de agroquímicos todavía deterioran la salud de los empleados.

Por época de San Valentín la actividad en los cultivos de flores aumenta y algunas operarias afirman que las extenuantes jornadas afectan su estado de salud. Mauricio Moreno / EL TIEMPO

Durante la investigación, basada en encuestas, entrevistas y grupos focales con floricultores, “muchas personas se refirieron a la afectación de la salud en razón al uso de agroquímicos, a través de vía respiratoria y/o dérmica”, “al incumplimiento en los tiempos de reingreso a los invernaderos por presión de las demandas del mercado externo”, y a “los problemas de cefaleas, de visión, de piel”.

Marcela Varona acepta que es posible que algunas empresas persistan con prácticas irregulares, pero también es consciente de que en el sector informal de la producción de flores es alta la exposición a plaguicidas.

Sin embargo, estudiar esta problemática ha resultado difícil, en la medida en que el trabajo de campo es muy complejo, los investigadores deben buscar persona por persona, en grandes distancias y con la negativa de muchos. He ahí el nuevo reto del sector.

¿Plástico, agua o tierra?

“Las comunidades de la Sabana se enfrentan hoy a un problema de gran calado: los proyectos de la clase dominante se han apropiado del territorio de tal manera que ponen en riesgo la alimentación de las generaciones actuales y las venideras”, dice el informe ‘Más cemento, menos alimento’, publicado por la Corporación Cactus a finales de 2014.

De hecho, la información recopilada indica que la producción de alimentos ha perdido 43.282 hectáreas en los últimos 50 años, mientras los tradicionales cultivos de trigo, cebada y maíz están en vía de extinción.

A Ricardo Zamudio, uno de los investigadores, le preocupa el uso que se le está dando a los suelos más fértiles del país para productos ornamentales, como son las rosas.

“El argumento es que pensamos que la tierra debería estar orientada al tema de producción de alimentos para las regiones, mientras en los últimos años economía se viene pensando en función del comercio internacional y los territorios se están adaptando al libre comercio, mas no a resolver las necesidades básicas”, discute Zamudio.

Si bien Mercedes Farfán, operaria de un cultivo de flores en Nemocón, dice no haber tenido notables efectos por el contacto con agroquímicos, su esposo renunció al trabajo de fumigador porque perdió el apetito con la actividad. Mauricio Moreno / EL TIEMPO

De otro lado, según el informe de Cactus, actividades como la floricultura demandan enormes cantidades de agua para el riego. Ésta, a su vez, se extrae del subsuelo y afecta el equilibrio hídrico, situación que empeora cuando los productos químicos utilizados para el mercado de exportación de flores contaminan los suelos y los hacen infértiles en el mediano plazo.

Al respecto, Ximena Franco, directora del programa Florverde de Asocolflores, cuya tarea es implantar prácticas sostenibles en la floricultura, dice que el trabajador de un cultivo de rosas certificado que manipula plaguicidas solo puede hacerlo por periodos de máximo cuatro meses, labora menos de ocho horas al día, tiene una dieta especial, exámenes médicos periódicos y dotación de elementos de protección.

Cada día, una vez termina la aspersión, va a unas duchas donde lava su uniforme por partes, y el agua restante no va al alcantarillado, sino que termina en canales cerrados y se usa al día siguiente para más aspersión o para riego de jardines de la finca.

Por su parte, el profesor Tomás León Sicard, investigador del Instituto de Estudios Ambientales (IDEA) de la Universidad Nacional, se atreve a decir que “muchos de los suelos de la Sabana se han salinizado por efectos del manejo de la floricultura”, y según argumenta, se debe al uso de grandes cantidades de fertilizantes que van a parar a las aguas subterráneas.

¿Y si Colombia diversifica la oferta de flores para el mundo?, ¿si deja de ser el país de las rosas y explota, por ejemplo, el mercado internacional de las heliconias, los follajes tropicales, las orquídeas y los anturios?, ¿podrá entonces reducir los impactos de los cultivos que hoy predominan en masa?

Ximena Franco responde que si bien le convendría al país diversificar su exportación, la logística para este tipo de flores que no tienen que refrigerarse no existe. “Hay que desarrollar el mercado, hacer que comprador internacional admire tanto esta flor como la rosa, cautivar a los floristas y lograr que Colombia tenga suficiente producción, aun cuando el Eje Cafetero, que es la zona donde el mercado se está desarrollando, solo representa el 2 por ciento de la producción de flores del país”.

“Las rosas no son veneno. No tenemos que dejar de ser el país de las rosas”, termina.

MARIANA ESCOBAR ROLDÁN
marrol@eltiempo.com

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