Editorial: De estación en estación

Editorial: De estación en estación

Es de celebrar que le apuesten al Plan Nacional de Recuperación de las Estaciones del Ferrocarril.

13 de febrero 2015 , 07:48 p.m.

Las viejas estaciones de tren fueron, hasta hace muy poco, un extraño monumento de historia patria: un triste recordatorio de un tiempo mejor –principios del siglo XX, como recuerda la crónica aparecida en este diario hace unos días–, en el que el país trató de unir sus regiones por medio de una esperanzadora red de ferrocarriles que habrían podido hacer un poco menos extraño y menos lejano cualquier punto de Colombia. De las locomotoras de hace apenas unas décadas solo quedaron esas nostálgicas estaciones: casas desvencijadas que, luego de haber sido lugares elegantes y llenos de recuerdos, fueron convirtiéndose en testimonio del olvido y aun en guaridas de criminales y cavernas llenas de rincones en donde se traficaba.

Por cuanto significan, es de celebrar que el Ministerio de Cultura e Invías le apuesten decididamente al Plan Nacional de Recuperación de las Estaciones del Ferrocarril. Se ha trabajado seriamente en la restauración de algunas, como las de Albán, Nemocón, Sabana Norte y Sibaté, y –dicho sea de paso– se han invertido entre 700 y 900 millones de pesos por edificación. Pronto se seguirá con la reparación de viejas paradas en Antioquia, Tolima y Magdalena. Ya que los rieles se fueron perdiendo con el paso de los años –que es también el paso de los gobiernos indiferentes al pasado lejano y breve, pero glorioso, de nuestro sistema ferroviario–, en buena hora se ha pensado que recuperen su lugar como patrimonio de la nación.
Fue el Ministerio de Educación el que, en 1996, en cabeza de María Emma Mejía, impulsó la declaración de las estaciones de pasajeros como monumento nacional.

Valió la pena. Quien se acerca a las estaciones que ya han sido restauradas –luego de un trabajo enorme, que debe ser reconocido, como si hubiéramos regresado en el tiempo– tiene la sensación de que en cualquier momento va a aparecer una locomotora de aquellas épocas en las que el país superó, con admirable empeño, los obstáculos que le presentaba una geografía tan abrupta. Ojalá este sea el principio de tiempos mejores para el transporte férreo.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com
@OpinionET

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