Arte urbano, la joya del turismo en La Candelaria

Arte urbano, la joya del turismo en La Candelaria

Entre fachadas coloniales y edificios que interrumpen la tradición, grafitis cuentan historias.

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13 de febrero 2015 , 04:08 p.m.

Cinco, diez o quince extranjeros mirando una pared, luego otra y luego otra. Así pasan casi tres horas muchos viajeros que buscan un rostro de Bogotá que sus habitantes a veces no ven.

Cada vez más coloridos, grandes y sofisticados, los grafitis se han convertido en una atracción turística poderosa, especialmente para aquellos que están acostumbrados a leer noticias sobre cómo los autores de esta forma de muralismo terminan tras las rejas en sus países de origen.

El epicentro es La Candelaria, donde las casas tradicionales e incluso cualquier muro son pizarras vírgenes para artistas inquietos. Ahí es donde Bogota Graffiti Tour, una iniciativa creada hace más de dos años por Christian Petersen, un australiano que hizo su vida, relación e hijos en la sabana de Bogotá.

Se encuentran a las 10 de la mañana en el parque de los periodistas, junto al monumental Templete de Simón Bolívar, que paradójicamente está pasando por un proceso de restauración patrimonial porque es una víctima constante de los rayones de quienes no saben hacer arte con una lata de aerosol.

Muy puntual, Reinaldo García, mejor conocido como Rey, se presenta y les anuncia que será su guía. Moreno, de baja estatura, pero con un inglés fluido y sin mácula, reúne al grupo del día. Nació en Buenaventura pero creció en Madison, Wisconsin (Estados Unidos). Hace poco volvió.

Uno con estilo mexicano en el taller Altares, de la calle del embudo. Foto: Milton Díaz / EL TIEMPO

Rápidamente lo rodean los turistas, expectantes por las imágenes que capturarán con sus cámaras de gama alta, media o baja, o apenas con un celular suficiente para compartir con amigos y desconocidos toda la experiencia en sus blogs, perfiles de redes sociales y chats.

“No se asusten si se les acercan y les piden limosna. Lo mejor es no prestarles atención”, dice al comienzo del tour o antes de pasar por un lugar.

De repente brotan de la boca de Rey los nombres, más bien, los seudónimos de los autores de las obras: DJ Lu Juega Siempre, Bastardilla, Stinkfish, Lesivo, Crisp, Dast... Muchos, no todos, colombianos que han dejado su interpretación del mundo hecha tinta sobre las paredes.

“Este fue hecho por Lili Cuca”, dice mientras señala una fachada en la que aves moradas y árboles con hojas en forma de corazón y un fondo color naranja, amarillo y rojo que evoca el atardecer adornan la fachada de un hostal junto a la plaza de mercado de La Concordia.

Una colombiana radicada en Francia hace muchos años llegó al tour gracias a su hija, que la arrastró hasta el centro, lugar al que no iba hace mucho porque recordaba la inseguridad de La Candelaria. “Esto ha cambiado, está muy lindo y hay colores. La gente saca sus cámaras con tranquilidad”, dijo.

Este fue hecho recientemente por artistas argentinos. Milton Díaz / EL TIEMPO

No hay grafiti sin política. ¿Cómo podría ser Rey un buen guía si no les explica a los viajeros por qué las alas de las abejas de DJ Lu son ametralladoras AK-47 o por qué una granada tiene follaje de piña? Hay muchas de ellas en un mural de la carrera 4.ª con 20, con coautoría del famoso Toxicómano.

“¿Alguien sabe qué son los ‘falsos positivos’? ¿Ni idea? ¿Ninguno conoce el Plan Colombia? Búsquenlo en Google, es muy fácil”, dice el guía y los prepara para un capítulo desgarrador sobre la historia colombiana. El estupor es unánime y varios toman nota, mientras hacen fotos.

Rey también les habla de la muerte del grafitero Diego Felipe Becerra a manos de la Policía. “Es importante que conozcan esas historias, para que no se repitan. El conocimiento da poder, y eso es grafiti”, dice.

Patrimonio y el grafiti

Hay una gran tensión entre los grafiteros y las autoridades. En Bogotá no están prohibidos los grafitis, pero hay reglas que muchos transgreden, como la protección a los bienes patrimoniales. Por ejemplo, la restauración del monumento a Gonzalo Jiménez de Quesada en la plazoleta de El Rosario costó $ 37 millones, pero ya está rayada. “El grafiti es positivo si lo apoyan en los espacios necesarios”, opinó Rey, quien mencionó una reunión entre la Alcaldía y los artistas: les dijeron que borrarían algunos grafitis de la Candelaria. “Hay una diferencia entre cultura y tradición, ¿pero quién dice que un movimiento como este no puede ser tradición?”, dijo.

NATALIA GÓMEZ CARVAJAL
natgom@eltiempo.com

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