Epicentro colombiano

Epicentro colombiano

La Avenida Roosevelt en Queens en Nueva York

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13 de febrero 2015 , 02:18 p.m.

 Cuando llegué a Nueva York hace 25 años, uno de los primeros nombres que escuché, asociado con las palabras tren, bandeja paisa y el imaginario colectivo colombiano, fue la Avenida Roosevelt. El nombre de los Roosevelt está ligado a Nueva York porque los presidentes Teodoro (1858-1917), Franklin Delano (1882-1945) y su esposa Eleanor (1884-1962) nacieron, vivieron y realizaron sus carreras en la ciudad y el Estado de Nueva York. Por décadas un gran sector sobre la Avenida fue epicentro de la comunidad colombiana en Nueva York y el enlace con el país. Hace parte del escenario de poetas, escritores, cineastas, pintores, fotógrafos y artistas colombianos que viven y han pisado estas tierras.

Mi hermano me invitó a hacer un recorrido en el tren No. 7 por la Avenida. Nos montamos en el primer vagón en la estación de Corona Plaza, al lado de una oficina de correos. Recuerdo dos buzones verdes y uno azul sobre la calle porque allí también me asaltaron una vez por la mañana. Mi hermano quería que estuviera de pie para no perder ningún detalle del viaje hacia Manhattan.

Era primavera y los pasajeros todavía llevaban sus abrigos del invierno. Recuerdo que vi anuncios de restaurantes colombianos, agencias de viaje y envíos de carga, oficinas de propiedad raíz, salones de baile, belleza, academias de inglés y negocios que sin lugar a dudas servían a los inmigrantes. Era como si un extranjero llegara a Bogotá, se bajara en la 10ª con Jiménez y cogiera buseta hasta la Avenida de Chile.

Música, ruido, comida callejera, vendedores ambulantes, ladrones, mendigos, cines, discotecas, cafeterías. La otra ciudad iba apareciendo ante mis ojos, Chapinero se perdía entre muros de ladrillos y comenzaban los edificios de vidrio con vigilancia.

Cuando el tren se alejó de la Avenida y se aproximó a Manhattan pude notar el contraste entre los edificios de dos pisos y los rascacielos de la isla. Recuerdo que tenía los ojos pegados a la ventana y la emoción de ver por primera vez a Nueva York como siempre la había imaginado: un lugar alucinante.

Eran las 10 de la mañana y en el vagón todavía se veían los rostros de trabajadores, empleadas domésticas, aseadores, mujeres con cochecitos, músicos tocando guitarra o violín. Desde arriba, la carrilera por donde volaba el tren sobre la Avenida, se podían ver las personas pequeñitas en puestos esquineros vendiendo todo tipo de comestibles y chucherías hechas en China.

Un cuarto de siglo después volví a recorrer la Roosevelt. Esta vez llevé a mi hijo pero hice el recorrido en la vía opuesta, es decir de Manhattan hacia Flushing en Queens. En 10 años las torres que solo eran un privilegio de Manhattan ahora también bordean las orillas del río Este en el lado de Queens.

El río Este se forma cuando el Hudson se divide en dos ramales en El Bronx y baña Manhattan. El Queensboro Bridge, que se culminó en 1909, une el condado más grande de Nueva York, Queens, con la isla. Desde el puente se puede observar la isla Roosevelt tupida de edificios amarillentos que parecen clínicas psiquiátricas y la autopista Franklin Roosevelt FDR en Manhattan.

En Long Island City muchos de las centenarias destilerías, cervecerías, fábricas, refinerías y edificios administrativos ya fueron demolidos. Hoteles, oficinas, apartamentos y zonas verdes ahora ocupan grandes extensiones. Cuando el tren sigue su recorrido por la Avenida, los avisos en coreano y otras lenguas asiáticas han sustituido anuncios en español. Muchos negocios colombianos siguen allí, en una de mis paradas escuché en una panadería como si no pasara el tiempo canciones de Claudia de Colombia y Sandro de América. Los inmigrantes colombianos han establecido sus residencias en otros lugares de Nueva York o se han ido a Nueva Jersey o Pennsylvania.

Bibliografía sobre los Roosevelt.

Vi de nuevo rostros similares de inmigrantes como los que pude contemplar hace 25 años: colombianos, ecuatorianos, mexicanos, dominicanos, indios, paquistaníes, tailandeses, chinos, entre otras nacionalidades. Desde 1965 comenzaron a llegar grandes oleadas del sur de Asia y Latinoamérica. Algunas comunidades de inmigrantes han desplazado a otras.

Solo quedan en Woodside, Jackson Heights, Elmhurst, Corona Park y Flushing remanentes de los barrios de alemanes, irlandeses, italianos, polacos o judíos rusos pero el espíritu vibrante de la Roosevelt sigue intacto, lleno de promesas, esperanzas, aventuras, peligros, estafadores, proxenetas, escritores, sonidos de campanas, tambores, merengues, corridos y sabores a jugo de guanábana o tamarindo, guacamole, olor a nueces, aceites, azafrán, curry y canela.

Mi asociación con el nombre de los Roosevelt en Nueva York está vinculada tanto a la historia de la ciudad como a la vida de miles de inmigrantes. Son 55 millones de hispanos en EE. UU., un 17 % de la población. Me pregunto cómo resolverían Teodoro, republicano, Franklin y Eleanor Roosevelt, demócratas, la situación de más de 11 millones de indocumentados ante la indiferencia de los actuales gobernantes?

Un recorrido en el tren No. 7 sobre la Avenida Roosevelt obliga a examinar el pasado y el futuro de centenares de venidos de las regiones más remotas del planeta a la Gran Manzana.

Alister Ramírez Márquez

 

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